De un latido a un pensamiento

De un latido a un pensamiento

Ana Yépez

05/05/2017

Antes de conocerlas me pasaba el día concentrado en sentir los latidos de mi corazón, tomando en cuenta que mi corazón late doscientas veces por minuto, sentirlos me llevaba todo el día. En aquellos días el tiempo era plano, no habían días o noches, antes o después. Un día dos manos calientes me sacaron de la jaula de cristal y me acercaron a un corazón que latía con más fuerza, pero más lento, más tranquilo. Ese día comencé a ser único, antes no me distinguía de entre los otros que latían al mismo ritmo que yo.

Quizá fue precisamente ese día cuando comencé a recordar; el día en el que me pusieron un nombre, Sócrates. Al principio era un sonido, más bien una entonación, después comprendí que aquel sonido me nombraba, me distinguía; a partir de esa comprensión, ya no era sólo una bola de pelo que latía, era único, era Sócrates, ese que vivía con ellas en la terraza del estudio y al que acercaban a su pecho para que yo sintiera como otro corazón podía hacer que el mío latiera a otro ritmo.

A partir de aquel día mi vida comenzó a tener relieve, perspectiva; un antes, un durante y un después. Comencé a distinguir los momentos del día, por la luz, por los sonidos, por sus movimientos en la casa. Poco a poco fui perdiendo conciencia de mis latidos, ya no los escuchaba. Ya no era consciente ni siquiera de mi respiración, no respiraba, pensaba. Entonces Sócrates comenzó a crecer dentro de mí, comenzó a tener ideas, proyectos, recuerdos. El espacio también cambió; antes yo no ocupaba un espacio definido, solamente estaba, ahí, donde latía. De pronto tenía un territorio, me desplazaba, iba y venía; incluso comprendí que había un espacio distinto del que yo ocupaba. Así que nació en mi un nuevo sentimiento, quizá el primero, la curiosidad: ¿cómo sería el espacio que ellas ocupaban cuando no estaban conmigo?

Otra cosa que también me dieron fue el tiempo, ese tic tac insistente que no se detiene y nos obliga a mantenernos sobre una cinta transportadora, solo podemos mirar atrás para echar un vistazo al lugar de donde partimos y resignarnos a que un día veremos de frente el lugar donde la cinta nos dejará bajar. En la caja de cristal no esperaba que saliera el sol, que me dieran de comer, que me acariciaran, que me nombraran. Yo no era Sócrates, era un latido entre otros, era una conciencia vacía que existía al margen de los pensamientos, de la historia; no estaba vivo, no estaba muerto, simplemente era.

No digo que lamento el día en el que me sacaron de aquel paraíso lejos de la razón, lejos del tiempo, lejos del bien y el mal; pero ahora añoro aquellos momentos en los que no pensaba, no sentía con la mente sino con los golpes de mi acelerado corazón, no era consciente ni del ayer ni del mañana y, menos aún, de la muerte.

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