Cogito, ergo sum

Hoy, luego de procesar dudosa información existencial, filosofaré hipocresías convincentes. Cuestiones acerca de nuestro viaje terrenal, del porqué de la existencia y las causas que la originan.

Citaré a griegos pensantes y hasta me daré el lujo de usar palabras del latín tan solo para impresionar.

También voy a conjeturar de cómo la naturaleza o el Dios de nuestro antojo, con democrática saña, nos iguala o nos distingue.

Para empezar por quien fui me remontaré a la infancia. A los tiempos en los que jugar e ir a la escuela eran mi mayor preocupación. Con amigos y una familia con los que disfrutaba estar, no había lugar para incómodas preguntas.

Era un niño y eso tenía que ser.

Debía experimentar, sentir, oler, reír, llorar, volver a reír, amar y hundirme en todo lo que el mundo colocara delante de mis narices.

Pero las vacaciones terminan. Y así como llega la decepción de un Papá Noel que no existe, llegaron las preguntas y los tiempos verbales.

Interrogantes huérfanos de respuestas y de resultados iluminadores.

Leer a Platón aportó dudas a quien soy. Cuestionó mi esencia y decretó mi existencia en la conjunción de una con la otra. Me remitió al comienzo, a ese Dios que creó el antes de yo ser, aquello que me daría la forma, el ser y la existencia.

Allí las primeras frustraciones.

Cuando era alguien sin saber que debía ser alguien, era alguien. Cuando supe que debía ser alguien, ya no lo fui.

Y a la inversa llegaron más confusiones.

Sartre me contó una mañana que sólo después de existir podría obtener mí esencia. Que yo no era igual a lo que existía a mí alrededor, que era distinto.

Para amigarnos con este juego de palabras que me marea cada vez que lo leo, daré el ejemplo de la silla.

Platón y Aristóteles me avalarían en esto de la esencia precediendo a la existencia.

Una silla de madera es madera antes de ser silla. Si no es madera, no es silla y se acabó.

Para ellos, a la contra de Saint-Exupéry, lo esencial, el algarrobo lustrado donde estoy sentado, no es invisible a los ojos. Se ve y se siente madera.

Es madera a la que un carpintero le dio forma de silla.

Para Jean Paul Sartre lo dicho no cuenta en lo que al ser humano se refiere; la materia que nos conforma no es la esencia de nuestra existencia ¿huesos y músculos? Ella se adquiere durante la misma.

El alma, el instinto, la razón, el amor se dan en nuestras vidas en la medida de que lo existente nos alimenta de experiencia y conocimiento.

Y acá sí lo esencial es invisible a los ojos.

El lugar, el tiempo y los seres con los que compartimos el espacio son el carpintero que da forma a la silla de nuestra existencia.

Ya más grande y después de mucho carpe diem, las preguntas se multiplicaron en vez de disminuir. Mis cuestionamientos requirieron de filosofías baratas que cambiaron el tiempo de los verbos.

Ya había creído quién era.

Ya me había preguntado qué soy.

Ahora debía elegir quién y qué querría ser.

¿La bomba o la explosión qué genere el cambio?

¿La chispa o el fuego de la luz y el abrigo?

¿La estaca o el corazón estacado?

¿La silla o la madera?

¿Quién o qué?

Y si la filosofía me sigue adeudando hoy en día esta respuesta es porque no la tiene. No está ni en Platón ni en Aristóteles, ni tampoco en el Sartre que le hizo ese traje tan bonito al Principito…

La respuesta a esa incógnita de quién y qué debo ser y hacer con mi existencia, las tiene mi filósofo interior, tu filósofo de puertas adentro. Ese que se llena de dudas antes de responder, en soledad y delante del espejo, la misma pregunta de ayer, de hoy y de siempre.

Ser o existir.

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