El frío de la barandilla de hierro no consigue apaciguar el fuego que me quema por dentro cuando se me pone tan cerca. Estamos codo con codo en el balcón y me parece que todo mi cuerpo es ese codo, que todo mi mundo y todo el universo están en ese codo. El deseo me sube por las piernas, un batallón de hormigas hasta el vientre que se derrama luego como agua templada. El sol de septiembre ya no quema, pero casi…

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Y pensar que hace sólo unas semanas que llegara a este piso, con una pequeña maleta de ropa, un montón de cajas con libros y la mesa de madera maciza de mi padre. La dichosa mesa pesaba un quintal, como cualquier mueble de familia. No es sólo el material, hay que sumar los años, los recuerdos y el peso de lo simbólico: mi padre había fabricado esa mesa con sus manos.

Subiéndola por aquella escalera antigua y desconchada nos encontraste encallados a mi padre y a mí, discutiendo el cómo, como debe ser.

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Él aprovechaba la dificultad de la operación para disuadirme de vivir en este viejo edificio de la c/ Cuba, situado en la zona que disfrutaba en llamar la «periferia de Ruzafa». Abrigo de clubs, puticlubs, Halals y barberías argelinas. Salpicada aún de casas abandonadas y algunos solares. Sus ojos no podían ver el encanto de las casas habitadas, ni adivinar las delícias de los dulces árabes. No podía disfrutar de las conversaciones en la cola de la panadería, ni sentir curiosidad por el masajista misterioso del patio de al lado. Siempre asomado a la puerta del negocio, con edad de jubilarse, aire de vampiro y la bata blanca abierta siempre hasta mitad del pecho.

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Estábamos ya al borde del grito cuando apareciste. Por suerte, tu mirada ajena y alegre serenó la discusión. Tu aspecto es más bien delicado y no eres corpulento, pero eres hombre y eso pareció bastarle a mi padre. Nos ayudaste y subimos la mesa. Cuatro pisos sin ascensor. Tú vivías en el primero. Te ofrecí una comida en agradecimiento y se está volviendo costumbre sentarnos en el balcón largos ratos, en silencio, viendo pasar los trenes…como ahora.

El sol empieza a quemar, llegan olores de cafés vecinos y la abuelita Julia ya sube el volumen de la tele para enterarse de la telenovela. Por lo demás, luz y silencio. Nadie se mueve, ni la brisa. El tiempo se estira, se hace elástico y ligero como en vacaciones. Respiro con dificultad, la garganta se me cierra y el frío ardiente del vértigo me recorre el pecho. Al fín te miro y digo algo:

-¿Tú y yo nos gustamos o son imaginaciones mías?

Sonries con los ojos. Espero. Es el momento más dulce y más intenso, el eterno segundo antes del abrazo animal. Aún no nos hemos besado, pero casi…

En las cercanas vías silba un tren, rompiendo el denso silencio del mediodía mediterráneo.

FIN

C/CUBA, VALENCIA

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