Caminaba por Great Neck mientras iba pensando, pensando en el papá de mis hijos, que hace unos días se enfermó de la columna y ahora no puede ni caminar, en el retraso de los buses, en que iba a llover, en conseguir un segundo trabajo, en la señora con la que vive el papá de mis hijos que no deja que yo vaya y lo visite, en fin, iba caminando y pensando y pasando la cebra bajo un semáforo, cuando un tipo que venía en dirección contraria me dijo “adiós”, así, sin más, “adiós”. A mi eso me pareció muy extraño porque yo en este país no conozco a nadie y no hay motivo para que me hablen en la calle, así que instintivamente voltee a ver entre confundida y asustada, y el tipo al verme voltear paró y se regresó hacía mi rápidamente. 

Me hablaba en un mal español, un español de gringo chistoso. Me decía “señora bonita”, me decía “usted es una señora bonita”, o así yo le entendía. Por mi parte, le decía “gracias”, le sonría por amabilidad y porque a mi me gusta sonreír, y seguía caminando no fuera que se me fuera a pasar el bus. Era un tipo viejo, de más de sesenta, canoso en las patillas y el resto de pelo anaranjado claro y escaso, de cadenas de plata gruesas en el cuello y muchos anillos en los dedos arrugados de la mano. Olía a cigarrillo. Me decía “vamos a mi casa, señora bonita”, y yo “¡veh!, ¿y a este qué le pasa?”, “no señor, yo no voy a ir a su casa”, le decía yo. Pero el tipo insistía “vamos a mi casa, señora bonita”, y yo le decía que “¡no!”, que iba a llamar a la policía, y fue entonces cuando se me atravesó y me dijo “¿cuánto?,” y luego repitió “¿cuánto?”.

Una cada vez está peor y no solamente por la edad. En mi país, por ejemplo, era química farmacéutica, trabajaba en un laboratorio, pero entonces todo eso se acabó y acá simplemente me toca de niñera arrimada en la sala de una amiga del papá de mis hijos. Cuarenta y tantos años, y de arrimada en la sala de una amiga del papá de mis hijos. Pero claro que trato de mantenerme bonita, si es que las latinas somos así, nos gusta arreglarnos, nos gusta combinar bien la ropa, nos gusta sentirnos lindas. ¿Y para qué?, para que le ofrezcan plata a una en la calle.

Yo le dije que no porque yo soy una niñera, porque no sabía dónde era su casa, porque olía a cigarrillo. Menos mal que justo en ese momento apareció una patrulla de la policía y se la señalé y solo entonces fue que el tipo se desapareció asustado. Detrás pasó mi bus que me dejó porque aun estaba a una media cuadra de la parada. 

Y ahora me toca esperar cuarenta minutos al siguiente.

FIN

GREAT NECK RD, NY, 11021

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