Una tarde cualquiera, hace mucho o simplemente ayer, escuché una frase que me dejó helada. Algo que dijo mi hermana a uno de esos periodistas que insisten en hacerle reportajes desde que ganara no sé qué premio por unos poemas que, para mí, podría haber escrito un chico con sólo conocer todas las letras.

Como ocurría en esas ocasiones, yo estaba en la cocina preparando una bandeja con algo de café, té, masas que permitieran un encuentro más íntimo y además que mi hermana demostrara, como correspondía, que la familia estaba para agasajarla del mismo modo en que la agasajan los fanáticos que compran sus libros.

Las palabras sonaron fuertes y precisas: “yo nunca tuve madre”. ¿Y Madre? ¿Dónde queda la mujer que acompañó a Padre en cuanto proyecto decidió? Es cierto que no recuerdo que fuera la falda de Madre el mejor lugar para llevar nuestras penas, pero para eso estábamos nosotras, las dos, para escucharnos, para entender la vida, para cumplir los roles determinados.

Porque fue Padre quien decidió que Mariana debía dedicarse de lleno a los estudios, que ella era la cabeza pensante de la familia, y fue Madre quien ordenó todo para que así resultara. A mí han de haberme visto tan aburrida que sólo se acordaban de que existía cuando era necesario ayudar a Madre en el jardín, o ir de compras, porque conseguía las mejores ofertas del mercado.

“Yo nunca tuve madre”: me ponía en igualdad de condición. Madre, una mujer a la sombra de Padre. Nunca supimos por qué se casó con ese hombre, qué la llevó a una vida de silencio y complacencia, que no demostró nunca sus emociones. Una mujer incógnita que manejaba sus relaciones a través de las miradas. Siempre tuvimos que estar atentos a la intensidad de esas miradas que aprobaban, desaprobaban o ignoraban, estas últimas son las que más recuerdo.

Y Mariana se había atrevido a desnudar nuestra intimidad con algo de desparpajo frente a un extraño. Ahora que Madre ya estaba muerta y pocas cosas tenían sentido, salvo las miradas que reinaban en la casa y que ahora reinan en mis sueños como verdaderos tormentos.

Entonces recordé que Padre también había muerto y lo había hecho con la suficiente antelación a nuestra madre como para permitirle unos años sin que tuviera que agachar la cabeza ante su mirada, porque Padre también marcaba la vida con la mirada.

Si Padre y Madre estaban muertos, si Mariana podía reconocer que nunca habíamos tenido madre, entonces ya no había miradas que obedecer.

Acomodé la bandeja con mayor atención que la habitual, recuerdo que incluso agregué un florero de cristal, esos finitos, para una sola flor. Fui al jardín y corté una hermosa rosa, la coloqué a la izquierda de la bandeja. Caminé hasta el living. No pronuncié palabra. Me detuve frente a Mariana, abrí mis manos y café, tazas, florero se hicieron añicos a sus pies.

Ya no tuve padre, ni madre, ni hermana, ni mandato que cumplir.

FIN

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