Era su cuarto año tras la jubilación anticipada, pero parecía una eternidad. Como a tantos otros había escuchado lamentar, no se sentía incapacitado para seguir con sus labores en fábrica pese a que estas, en los últimos años, se le antojaban residuales. Todo lo contrario.

Ahora le embargaba la sensación de pasar los días en vano, de ser un mueble más que cada mañana descubre con una capa de polvo, con otra más. Un cadáver víctima de la rutina. Entre esas decaídas que eran cada hora, le llegó la propuesta.

Una mañana de lunes, que bien hubiera podido ser de miércoles o domingo, Enrique salió una vez más a las calles de su barrio con algunos quehaceres impuestos por su conciencia. Los hábitos que dejan 40 años trabajando en la contabilidad de una fábrica de cubiertos y menajes específicos del hogar, habían creado vasta huella, y no podía resistirse a dejar de anotar en una pequeña libreta todo aquello que denominara tarea.

Habiendo tachado ya la tercera, toda vez su mirada había hecho recuento de la barra de pan, los 2 tomates y el cogollo de lechuga, se encaminaba a una cuarta y última cuando un cartel nuevo respecto al día anterior despertó su atención: “Asociación Vecinal del Barrio: Necesitamos tu ayuda”

Sensible a las pocas novedades existentes en el barrio y aún menos a toda propuesta proveniente de la asociación vecinal que tan grandes logros consiguió otrora, siguió leyendo el cuerpo del reclamo:

“Tu, que compartes el día a día con nuestros vecinos. Que ves el deterioro al que cada centro social, educativo y sanitario está viéndose sometido. Que ves como cada vez mas familias aquí necesitan un sustento. Tu, parado, trabajador, estudiante o jubilado, que tienes tiempo y eres solidario, te invitamos a compartir y construir con nosotros un plan de ayuda comunitaria para aquellos que más lo necesitan. Cualquier aportación, será una victoria.

Te esperamos mañana Martes a las 18:30 horas frente al Parque del Dragón.

Unión y solidaridad entre vecinos. Muchas gracias.

* Más información en nuestra Web”

Por más que su cabeza, ampliamente entrenada a la desconfianza a estas alturas, fabricaba excusas y recelos acerca del mensaje que acababa de leer, no encontraba una sola razón convincente para desecharla. Pronto, el gusanillo que construye el túnel por el que se filtra una ilusión, empezaba a causar cosquilleo a su paso por las entrañas de Enrique. Había encontrado una misión, una razón de ser que desde hacía mucho esperaba. Arrugando lentamente la nota con su mano derecha, emprendió rumbo a casa, dejando a sus espaldas el cartel que traducía su cuarto recado del día: Loterías y Apuestas del Estado.

Conquistó a pie esta vez la segunda planta de su edificio, comprobando que la fatiga provocada por escalar tamaños escalones era inferior a la satisfacción personal de superar aquel reto cotidiano. Tantas veces se había decantado por el lado del ascensor, que no había tenido la oportunidad de reparar en que su vecina Juanita del Segundo E, se ejercitaba en su rellano con ayuda ahora de un andador.

  • ¡Buenos días Juanita! – le espetó alegremente para ahogar los susurros de su conciencia que amenazaban con sonrojar sus carrillos de un momento a otro por tantas semanas de descuido.

  • Buenos días Enrique. ¿Qué tal su madre, aún sigue en el pueblo?- contestó ella sin vacile pero con la mirada perdida.

Toda vez que esas palabras hubieron puesto en evidencia el deterioro de la salud, también mental de la señora, decidió responder con una escueta evasiva y afrontar sin aliento el último descansillo.

Abrió al fin la puerta de casa y un fuerte olor a basura le abofeteó el rostro. “La bajo después, lo hice anteayer pero con este calor no aguanta ya más de dos días”.

Tomates y lechuga completaban ahora un paisaje todavía paupérrimo en la nevera. La barra de pan revivía el anaquel central, y las llaves descansaban en el cenicero, recuerdo de Rascafría.

Atravesó precipitado el umbral que separaba el estrecho recibidor del salón, y comprobó como los rayos de sol cubrían ya gran parte de piso. Bajó las persianas, enchufó a la red el ordenador, activó el módem y esperó impaciente durante diez minutos hasta que pudo abrir un navegador.

Algo parecía despertar, pero solo el atisbo de una ilusión por cambiar, por actuar, era capaz de advertírselo.

No había novedad, detalles ni concierto en el texto que le ayudaran a entender mejor los medios y los fines que se buscaban, pero la circunspección que acompañaba al mensaje le pareció sobradamente convincente como para tomar la decisión de acudir al día siguiente. Su vista cayó entonces sin darse cuenta sobre la fotografía en blanco y negro de su mujer. No guardaba un lugar honorífico en su hogar, pero sí estratégico, pues siempre que el desaliento y la melancolía arrollaban todo estado de ánimo anterior, su mirada terminaba descansando sobre el retrato de sonrisa eterna, y le robaba unas melancólicas palabras: “Mañana tengo una cita, Carolina. Pero no te apures mi vida, tu ya estarías allí, esperándome.”

Dársena diecinueve. “Diecinueve… Con esa edad la única preocupación era encontrar un sitio discreto donde poder meter mano a la Paquita… Bueno, y de vez en vez recoger a mi hermana tras sus funestas visitas a las catacumbas de Sol…Ay Carolina…si no hubieses sido tan testaruda quizás hoy seguirías con vida…y cuánta falta me harías…¡Malditos luchadores de causas perdidas! No saben vivir sin meterse en problemas…”. Estas cavilaciones agriaban de nuevo su humor. Despegó la frente de la ventanilla, apretó con fuerza el sobre que llevaba en las manos, cerró los ojos y dejó reposar la cabeza en el asiento. Con un sonoro suspiro decidió dar tregua a sus pensamientos, intentando llenar de vacío las 5 horas de viaje que distaban a Madrid.

Ser el menor de los hermanos no había sido una ventaja para Joaquín. De natural conformista, no le asustaban los retos de altos vuelos, pero aún menos los peligros de vivir con lo justo y al día, sin la pesada carga de pensar en granjearse un confortable futuro. Estos rasgos fueron definiéndose con creciente fuerza hasta aquellos días, donde parecía recorrer los últimos recodos de su corto laberinto. Y todo empezó con un adiós, el adiós de Carolina.

Ocurrían por entonces varios accidentes del mismo tipo, menos eran los que se sabían. Joaquín, como tantos otros, se resignó a creer el atestado. Eran demasiadas las veces que su hermana había sido víctima de su afán reivindicativo, o en otras palabras, que había pagado cara su indisciplina contra el régimen establecido. Cualquiera que fueran los hechos en realidad, nada ni nadie le devolvería a la vida, y evitaría su completa orfandad cuando solo contaba con veintiuna primaveras. Criado en un internado de monjas primero, y bajo el cobijo de su hermana después, ni unas ni otras doctrinas le sirvieron para encarar las airadas bofetadas con las que le golpeaba la vida. Poco a poco, la evasión de todo y para todo fue ocupando su mente, y encontró en el alcohol su principal alimento. Cuando ella faltó, todo fue consumiéndose. Todo iba haciéndose nada hasta que encontró la carta. La vida obró otro milagro en forma de prórroga.

El autobús estacionó en la dársena veintisiete a eso de las tres de la tarde. El seco calor de la capital azotó su cara y notó de inmediato como a sus axilas y espalda comenzaba a adherirse su arrugada camisa. Con la vieja maleta hecha jirones en una mano y un pequeño papel de cuartilla en la otra, subió las escaleras mecánicas de la estación completamente empapado.

Cinco veces tuvo que preguntar por la dirección, entre evasivas, silencios y huidas disimuladas, encontró una última respuesta de una anciana cuyo origen parecía ser rumano, y que sollozaba por una ayuda junto a la parada de taxis. Le dio una de las monedas que tenía y emprendió fiel a sus indicaciones el camino al metro.

No tenía ninguna prisa, a decir verdad, nadie le esperaba.

Media noche en vela, ora por el calor, parte por las visitas al servicio y parte oculta, pero parte, por los quebraderos que su cita con sus miedos le suscitaba. Optó al fin entre vuelta y vuelta por levantarse media hora antes de que sonara el despertador. Se duchó, afeitó y preparó una cafetera italiana. Mientras tostaba dos rebanadas de pan que esperaban su baño de aceite miró su reloj de pulsera: diez horas, todavía quedan.

El tiempo se hizo interminable aquel día. Pese a que el inicio de su nueva importante labor dejaba vacío gran parte del día, no consideró si quiera la idea de ocupar esas horas con alguna obligación que le distrajera o al menos, que lo llenara. Y siempre que uno se aburre piensa, y siempre que un desdichado se aburre, lamenta.

Entre idas y venidas de recuerdos y futuros fue avanzando el día. Cuando las agujas se erguían ya una sobre la otra, Enrique decidió terminar de engalanarse y salir a la calle rumbo al parque. Pese a llegar con antelación, observó desde la otra acera como un grupo de jóvenes hacían corro y hablaban distendidos en el lugar de la convocatoria. Entre ellos pudo distinguir a Claudia, la mayor de las nietas de su vecina Juanita.

Le venían a la cabeza nuevamente todas aquellas tardes furtivas que pasaba con Carolina. Como ella le hablaba entusiasmada sobre la necesidad de actuar, de comprometerse, de ser un ser social más que individual. Habían pasado ya décadas de aquello, pero entendió ahora que en vida solo podía demostrarle su amor perpetuando sus ideas.

Envalentonado cruzó la calle sin mirar a ambos lados. Atravesó la hilera de bancos metálicos que rodeaban mesas con desdibujados tableros de ajedrez, y se aproximó tanto al corro que éste advirtió su presencia y pareció abrirse lentamente. Cuando solo escasos metros le separaban y se disponía a articular palabra, se detuvo. Apretó firmemente los puños y respiró hondo. De súbito tomó una decisión. Soltó los dedos de las manos, que parecían sudar de vergüenza. Viró el rumbo y finalmente, pasó de largo con paso atropellado hacia su casa.

Desde el interior de la planta baja del edificio gris se podía oír el timbre. Joaquín empezaba a impacientarse. Empezaba a arrugar el sobre que sostenía al apretar con fuerza su mano derecha, pero cuando su dedo índice se acercaba al pulsador por tercera vez, la puerta se abrió. Tras ella un joven de aspecto deslavazado le dio las buenas tardes y le ofreció sus disculpas, al tiempo que le echaba un vistazo distraído de pies a cuello. Tras unos instantes de silencio, Joaquín escupió su historia resumida a conciencia durante las muchas horas muertas que había tenido su día. El joven le invitó a pasar, y la puerta se cerró a sus espaldas, dejando temblar levemente el cartel que sobre ella rezaba: “Asociación de alcohólicos anónimos. Distrito Sur”. Ya en el interior fue conducido a una sala de luz brillante y artificial, con una mesa alargada rodeada de sillas de plástico negro. Hueca y huérfana. Joaquín, se sentía en casa.

No sabría decir el tiempo que estuvo dentro, en parte por carecer de reloj, y en mayoría por la grata conversación que Luis, el joven de aspecto deslavazado, le brindaba. Reconfortado por las muestras de cariño y comprensión desinteresada, empezó a sentirse orgulloso de la decisión tomada. No solo había encontrado un lugar en el que cada día tendría una mano sobre la que apoyar sus miedos, sino que la charla había avivado las mejores perspectivas sobre su principal objetivo allí.

Había casi anochecido cuando ambos salieron del edificio. Se despidió aún agradeciendo la prometedora cita que Luis le logró concertar a primera hora del día siguiente, y con una media sonrisa que hacía tiempo no esbozaba, tomó por inercia la dirección opuesta a su nuevo benefactor. No lo recordaba, pero pudiera ser que silbara y chiscara los dedos de ambas manos. Lo que es seguro es que de allí salió con las manos vacías y tarareando “Claudia, qué bonito nombre tienes, Claudia…”

Pasaban las 11 de la mañana y aún seguía en la cama. Como otra forma de castigo, se obligó a levantarse y tomar algo de desayuno. Café recalentado del día anterior y un par de galletas María acompañaron las reiteradas reprobaciones que incesantes, había estado fabricando su conciencia: “Excusas. Si son más jóvenes, son más jóvenes. ¿Acaso tu no escuchabas los consejos de tu abuelo? ¿Acaso no te sirvieron? Lo que pasa es que tienes miedo, y sigues pensando que no vales nada. En eso, estamos de acuerdo”

Preso ya de una desbordante desesperación, unos pasos al otro lado de la puerta le abstrajeron por unos instantes. Atónito por su cercanía, se levantó lentamente y sin saber porqué se acercó sigilosamente, cuidándose mucho de no hacer ruido. Cuando hubo logrado acercar el ojo a la mirilla ya no había nadie. Sin embargo, notó algo bajo su pie derecho. Estaba pisando un sobre. Entre asustado y excitado lo recogió y leyó las únicas palabras que tenía: Joaquín Pérez Cano. Atónito al leer tales apellidos, su corazón cabalgó descontrolado y optó por cruzar el recibidor y el salón hasta tomar asiento. Cogió aire, tragó saliva. Su mirada, otra vez inconsciente, cayó sobre el retrato. Esta vez, no dijo nada.

Preso de los nervios destrozó el sobre por los cuatro costados hasta que en su interior encontró otro sobre de dimensiones más tradicionales. Fue fácil reconocerlo, le bastó con leer el remitente: Enrique Muñoz Molina.

Unos instantes más tarde entendió que las lágrimas que cruzaban los marcados surcos de su cara, no eran provocadas por la emoción de leer sus propias líneas escritas casi cuarenta años atrás, no eran por recordar la última misiva que escribió a Carolina, ni si quiera porque en ellas se despedía de su amada rumbo a Madrid, con hondo dolor y a la postrera suerte, para siempre. No eran, por tanto, debidas a todo el dolor y los recuerdos que le agolpaban en un continuo fluir agitado de emociones. Lo que de verdad le agarrotó el alma, le estremeció desde el último poro hasta el primer pensamiento y le mantuvo pegado durante días a una cuartilla teñida de canela, fue su olor…

Semanas más tarde, en la Asociación, conocí a ambos. Recuerdo cómo Enrique me presentó a Joaquín como su cuñado. No le creí. Hoy, casi seis meses después, sigo sorprendiéndome embobado viéndoles compartir, pintar y saborear las migajas que cada día nos deja. Aún sigo necesitando palabras para explicar lo que estas dos personas consiguen cada día juntos. No es amor, parentesco, afán de lucha o amistad. Es todo esto a la vez.

Por hacer posible esta historia, por dármela a conocer, por ser mi fuente de inspiración… Gracias, infinitas gracias, Claudia.

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