La luz recorre lentamente la estancia, situada en el  piso dieciocho. Sus haces, desplegados en abanico, producen murmullos de desagrado. Que si con la iluminación  indirecta de esta sala es suficiente; que si este tipo de encuentros son desconocidos por la opinión pública, que si el anonimato es nuestra razón de ser…

La luz abandona el lugar.

Los asistentes están sentados en  sillones tapizados con cretona, en torno a una gran mesa rectangular, combinación de caoba y vidrio.

En otro tiempo, en aquel club que no existía, los presentes -todos hombres- vestían trajes oscuros con corbatas en tonos negros, azul marino,  marrones…Siempre con camisas blancas. Ahora, el mismo club que no existe, cuenta con miembros que portan una vestimenta más variada. Más gamas de colores en americanas, camisas, pantalones…También hay varias mujeres, todas ellas con variados trajes de chaqueta y falda.

La luz vuelve a pasearse. Los gestos y los comentarios de desaprobación van en aumento hasta que sus haces abandonan temporalmente la estancia.

Llega un hombre de mediana edad, alto, con barba recortada gris, cabello también gris y traje del mismo color. Las cabeceras de la mesa están libres. El recién llegado deja su maletín en el sillón vacío de la presidencia. Está entretenido en evitar que se le apague su gran puro, que apenas puede sostener a pesar de ayudarse con los dientes.

Aspira y resopla esforzada y nerviosamente hasta que consigue restablecer la brasa. La mira complacido. Su gesto de crispación ha pasado a ser de seguridad.

Es observado con atención. Permanece un rato recreándose, inhalando y exhalando  a semejanza de los latidos de una locomotora de vapor a medio atascar, hasta que  inunda la estancia con un humo gris que contempla con agrado. Otros asistentes se ponen también a fumar: unos también con puros, otros  con cigarrillos, un par de ellos con pipas…El recién llegado se exhibe expulsando pequeños redondeles y un chorro muy estrecho que se va expandiendo hasta que se diluye, confundiéndose con el resto del humo que, poco a poco, va invadiendo el salón. Los gestos de asentimiento son mayoría. El mensaje es que ha pasado el examen. Su manejo del humo es lo suficientemente meritorio como para ser el ponente de la reunión.

Deja el puro en el cenicero y se dirige a la audiencia.

—Hoy no vamos a hablar de acontecimientos nuevos, pues estamos ante unos hechos que, si bien podemos definir como cotidianos, deberían merecer nuestra atención porque se han radicalizado en los últimos tiempos. Hay gobiernos que no saben cómo parar la desobediencia civil…

Otro de los asistentes, sentado hacia la parte central de la larga mesa, interrumpe.

—No saben gobernar, parece que no tienen elaborado un plan para meter en la cárcel a esos antisistema—. A continuación, se queda en silencio y  pone una mano delante de su cara ante la presencia de la luz, que se vuelve a pasear por la estancia.

El ponente, después de dar otra calada para distribuir cuidadosamente el humo hasta conseguir que su rostro quede  oculto, retoma su discurso.

—En este caso, la desobediencia civil cobra especial relevancia en los agricultores y ganaderos que se niegan a aceptar las  restricciones productivas de Bruselas. Y lo que hacen con el excedente es donarlo a la gente que no tiene para comer. Alrededor de ellos hay un movimiento ciudadano cada vez más fuerte y organizado. El voluntariado va más allá de lo que nadie podía prever.

Un grupo de camareros, vestidos de negro, con la mirada aparentemente perdida, aunque pendientes de cada petición, portan carros con bebidas y comida fría.

Desde el otro lado de la mesa suena una voz. Es uno de los asistentes de más edad que, previamente, se había hecho servir un whisky.

—Uno de los problemas de estas sociedades modernas es la falta de valores. En mis tiempos, la desobediencia civil era castigada sin miramientos, con los representantes de la autoridad dando la cara. No se puede vivir de espaldas a la ley…—En ese momento enmudece, porque la luz vuelve a darse otro paseo. Se tapa el rostro con el antebrazo y prosigue.

 —Las leyes están para ser cumplidas. Los gobiernos tienen que ser implacables con esos delincuentes.

El ponente, después de permanecer otro rato con su batalla particular para evitar que se le apague el puro, de atragantarse y expulsar el humo como si fuera una ametralladora necesitada de una revisión, hace referencia a la intervención anterior.

—Efectivamente, pero los gobiernos no solo tienen que ser implacables, además deben  convencer de que se mueven en un único mundo posible, tienen que saber vender cada acción de gobierno.

Según hace estas aseveraciones, expulsa gran cantidad de humo, formando una nube en el  techo que se va expandiendo hasta que, poco a poco, se diluye.

—Este movimiento de agricultores y ganaderos empezó en Grecia y se está extendiendo a otros países, como España. Cada vez están mejor organizados. El voluntariado hace que los alimentos lleguen a muchos sitios. Están desbordando a las organizaciones oficiales, las destinadas a esos menesteres. Y las organizaciones oficiales ya se estaban excediendo en sus funciones, porque se trata de que su labor sea simbólica, de que quede marginada gran parte de la población. Por un lado se tiene que ver que los países que no cumplen  los mandatos de la troika sufren su castigo y por otro, la clara distinción entre ricos y pobres, entre los que vivimos como dios manda y los que pasan hambre.

Hace otra pausa y continúa.

—Además, cada vez hay más médicos que colaboran con estos movimientos, para atender a la población que se ha quedado fuera del sistema. Y algo similar está ocurriendo con la educación.

La luz se vuelve a pasear y la sala se queda en silencio, hasta que el ponente vuelve a tomar la palabra.

—Ahora viene lo peor. Hay una dinámica recaudatoria en el que han empezado a entrar millonarios y políticos. Dirán que no pasa nada, que entre nosotros siempre ha habido algún que otro extravagante…

Recostado en su asiento y con gesto apesadumbrado, prosigue.

—Pero el asunto no acaba ahí. Se está fraguando un acuerdo con las organizaciones, mediante al cual se publicarían los nombres de los donantes. Sería una nueva forma de prestigio que serviría a algunos políticos y empresarios, bien para potenciarse personalmente o bien para potenciar a sus empresas. El problema mayor es el comportamiento previsible de las redes sociales. Seguramente también se publicarían los nombres de los políticos y empresarios que no aportan. No sería de extrañar que en Twiter jugaran continuamente con los nombres de los que aportan y, por deducción, de los que no aportan. ¿Se lo imaginan? ¿Se imaginan lo que supondría para nuestros intereses una sociedad más solidaria que empezase a salir del desencanto?

Entre una humareda cada vez más densa suena otra voz.

—Cada vez hay más gente que se pregunta para qué sirven los gobiernos, las organizaciones políticas, las instituciones oficiales, al estar al margen de estos movimientos ciudadanos que cada vez tienen más medios a su alcance.

La voz de otro de los asistentes se abre paso entre la bruma.

—Hasta el Papa ha tomado partido, defendiendo a los pobres y atacando a los causantes de la pobreza. Todo eso en lugar de hacer lo que tiene que hacer: condenar las leyes del aborto, a los homosexuales, el uso del preservativo…

Cerca de él se oye un lamento.

—El mundo es un lugar cada vez menos seguro.

Un hombre joven, agitando la mano en un intento por quitarse el humo de encima, con el cabello corto y de punta en la parte próxima a la frente, con camisa rosa y chaqueta verde, toma la palabra en tono preocupado.

—No sé si tenemos que idear otras estrategias. Si tenemos que seguir con los planteamientos tradicionales a la hora de comprar deuda de los distintos países…

Interrumpe su discurso porque la luz vuelve a entrar en el salón, mira en el carro de uno de los camareros y se hace con un mando, lo enfoca hacia los amplios ventanales y aprieta un botón. Las persianas se bajan.

—Ya está bien. Así hablaremos más tranquilos —exclama satisfecho.

Solo funcionan unas pocas farolas. La luz ha dejado el  rascacielos e iniciado su recorrido por aquella plaza. La calzada, la acera, las fachadas, están cuarteadas por el abandono.

Un hombre, con un abrigo marrón, sucio, lleno de rotos, mangas remangadas y con un material sobrante que delata su delgadez, no solo aprovecha el paseo de aquella luz, sino que hace una reverencia mirando al lugar de donde procede y, tomándoselo con calma, hurga en un cubo de basura, hasta que fija su atención en un punto del suelo y decide agacharse. Recoge algo.

Los dos voluntarios le observan. El de más edad se dirige a su acompañante.

—Fíjate en el, Joaquín, ése es Severiano. Es mendigo desde hace mucho tiempo. Está hecho a estas situaciones. Si le preguntásemos por la crisis se encogería de hombros y, probablemente, nos diría que el mundo lleva así mucho tiempo, aunque puede que ahora haya más competencia. Se niega a ir a los albergues y sí suele frecuentar los comedores solidarios.

La luz abandona temporalmente la plaza. Severiano se acerca a ellos y ausente, como pensando en otra cosa que le hace gracia, con un cigarro casi entero que ha recogido hace un momento, les pide fuego.  Joaquín, saca con rapidez un mechero de un bolsillo de su chaqueta y se lo enciende. Severiano le observa con su mirada fija e inquietante durante unos pocos segundos —que a Joaquín se le hacen largos—, para acabar con  una leve sonrisa de agradecimiento.

Una mujer y un hombre, con tres niños de entre seis y diez años, se acomodan en los soportales, rodeados de cartones.

Joaquín se dirige a su compañero.

—Pedro, ¿Qué sabes de ellos?

—Es una familia que recientemente se ha quedado sin su vivienda. No puede seguir pagando la hipoteca. Nuestros abogados llevan su caso. Les cuesta mucho aceptar la nueva situación. Van a los comedores solidarios y espero que, en poco tiempo, acepten ir a los albergues.

La luz vuelve a pasearse.

Un hombre está hurgando en un contenedor situado a la entrada de un restaurante. Lleva puesto un abrigo en buen estado. Aprovecha la iluminación temporal, aunque mira con desconfianza a un coche que pasa cerca, desplegando las luces largas.

Pedro dice no saber nada sobre él, aunque hace ver a su compañero que tiene un comportamiento propio de alguien que lleva poco tiempo en esa situación. Mientras la luz vuelve a abandonar el lugar, deciden dirigirse hacia él para asegurarse de que conoce los comedores solidarios que, recientemente, se han formado en aquel barrio, como en otros muchos, así como las distintas opciones de albergues.

Pasado un rato, la luz vuelve y los voluntarios ven a otro hombre. Lleva muletas. Le falta una pierna.

Pedro indica que se trata de Mobutu, un guineano que perdió su pierna en un accidente y que, cuando en el hospital iban a colocarle una prótesis, se volvieron atrás al enterarse de que no podía pagarla.

—En poco tiempo se ha conseguido el dinero necesario. La semana que viene tendrá su prótesis.

La luz abandona la plaza y se pasea por el mar, desplegando sus haces en abanico.

La principal función de aquel faro milenario —testigo de tantas crisis y de tiempos mejores—  es guiar con su luz a barcos y náufragos. Y, una vez culminado su paseo por el mar, es un elemento perturbador para unos y de ayuda para otros: en la llamada tierra firme cada día acompaña a más náufragos.

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