Yo iba a un colegio «de pago», allí no había problemas con la ropa, todos íbamos iguales: los chicos con pantalón gris y polo blanco, nosotras el mismo polo, pero eso sí, con faldita plisada de cuadros. En invierno, un suéter azul marino hacía juego con los calcetines hasta la rodilla. Por lo único que rivalizábamos las chicas era por ver quien llegaba mejor repeinada y con el lazo más bonito adornando la cabeza.

Una vez al año bajábamos de nuestro estatus y el colegio organizaba «el día del ayuno». Ese día, nuestras madres no nos ponían almuerzo, lo comprábamos en el colegio: un bocadillo diminuto con aceite y sal. Por aquello pagábamos un euro y aun así, me parecía barato. Con toda la recaudación nuestras monjas llevaban comida a un asilo en los suburbios de Alicante, el Cotolengo.

Comenzaba así el punto de partida de las «Jornadas de Nazaret». ¡Cómo me encantaba participar con el grupo de voluntarios! y no porque no hubiese clase, no, me gustaba pasar la semana en el Cotolengo, con aquellas monjitas tan distintas a las de mi colegio, con personas resignadas y sin ilusión; pero sobre todo, con los niños del asilo, poder compartir sus aulas, jugar en su patio mal encalado y aprender a no tenerles miedo y que ellos no me lo tuvieran. A veces, me sentía mas cerca de ellos que de mis compañeros. En fin, no puede decirse que fuésemos una tropa muy numerosa, pues a pocos padres les hacía gracia ver a sus frágiles retoños compartir experiencias con hijos de drogadictos, ex convictos o desempleados mendigando una oportunidad.

Un día, sin saber cómo ni porqué, pasé a formar parte de la variada fauna de un instituto público. No fue este el único cambio: nuestro chalet se convirtió en un apartamento de dos habitaciones, vi desaparecer cajas y cajas de juguetes, libros y un montón de muebles. Mi mundo se venía abajo, se esfumaba… No había llegado a igualarme a los niños de Nazaret pero para mis amigos del colegio, poco a poco, dejé de existir.

El primer día de clase me temblaban hasta las pestañas. Acostumbrada al uniforme me sorprendió la variedad de colores, y aún mas, la diversidad de razas urbanas y niños extranjeros. ¡Qué haría yo en el recreo! Estaba asustada y perdida. Recibí un tremendo empujón y caí al suelo. Al parecer a nadie le importó, solo una joven, ecuatoriana quizás, de unos quince años, se acercó y sin decir palabra me ayudó a recoger los libros y el plano de las aulas.

A pesar de los consejos de mi madre que apelaba siempre a la primera fila, me senté en una de las mesas del centro –no aspiraba a ser fichada por los profes demasiado pronto–. Al ratito de sentarme apareció Aklla. Con todo el lío de los libros desparramados por el suelo y la excitación del cambio, ni le di las gracias ni me había fijado bien en ella, pero ahora, me parecía una princesa inca. Era muy callada, también era su primer día.

No recuerdo a ningún chico que no volviese la vista al pasar Aklla por su lado. Era una auténtica Virgen del Sol y su presencia me hacía insignificante, a mí y a cualquier Barbie rubia que estuviese junto a ella. A su lado me sentía como en casa. Aklla olía a pan recién horneado, frutas silvestres y un toque de serenidad.

Entre clase y clase nos hicimos amigas, lo que fue una suerte para mí, porque poco a poco volví a sentirme yo misma y, aunque no dejé de pensar en mi fabuloso colegio y amigos uniformados, ya no estaba sola.

Después de las vacaciones de Navidad Aklla casi no venía a clase y pocas veces se conectaba al messenger. Su móvil… apagado o fuera de cobertura. Finalmente, apareció un lunes de febrero, consumida, su precioso pelo, sucio y enredado; y nerviosa, muy nerviosa.

Apenas quiso estar conmigo. En los recreos se escondía bajo las escaleras del primer pabellón. En clase tampoco parecía estar muy atenta, su mirada permanecía perdida y a punto de romper a llorar. Se sobresaltaba y gritaba si alguien la tocaba. Su rendimiento bajó considerablemente y los profesores comenzaron a actuar como si fuese un fantasma.

Con la llegada de mayo, el instituto revoloteaba, volvían los colores animados a nuestras ropas. Por fin desaparecieron los tristes abrigos y las mangas largas de nuestras vidas, de todas excepto de la de Aklla que seguía cubierta de pies a cabeza.

El segundo jueves del mes, como el tiempo acompañaba, el profesor de gimnasia nos llevó a la playa para hacer deporte. Era fantástico jugar al voleibol cuando el sol todavía no quemaba, correr por la orilla, buscar caracolas, conchas… De camino al instituto Aklla cayó redonda al suelo. El profesor nos hizo apartarnos de su lado:

–¡Rápido Juan, acércate a por agua! ¡Maldito móvil! ¡Elena, corre al instituto y que llamen a una ambulancia!

–Don Oscar, ¿no deberíamos quitarle algo de ropa? Parece que se va a consumir de calor.

–¡Vamos allá! Pero… ¡Dios mío! ¿Qué tiene esta criatura en el cuerpo? ¿Alguno de vosotros sabía algo?

La ambulancia no tardó en llegar, para cuando lo hizo, nosotros estábamos en clase elucubrando acerca de lo sucedido con Aklla, que si una paliza de su padrastro, que si había sido su madre o quizás, simplemente, estaba loca de remate y se lo había hecho ella misma.

Hace unos meses llevé a mis hijos al Cotolengo, pues si algo bueno mantengo de aquel colegio de pago son las jornadas de voluntariado. Al llegar a la esquina del asilo, me topé con cinco jóvenes que gritaban y pateaban a una mujer tirada en el suelo.

–¡Pero serán brutos! –Me acerqué a aquella jauría y a empujones los fui separando de ella.

–¿Se encuentra bien? ¿Necesita alguna cosa? Pero…¡Válgame Dios! ¡Jaime, cariño, llama a sor María! –un amasijo de carne y huesos languidecía tembloroso, sus venas, decoradas con una galaxia de pinchazos muertos, suplicaban una última dosis. Aquella mujer ya no olía a pan recién horneado, ni a frutas silvestres con un toque de serenidad. Ahora, casi desnuda, postrada sobre cartones, yacía la Virgen del Sol desterrada por su celoso dios Inca.

–¡Santa María del Niño Jesús! ¿Qué está pasando?

–No se asuste madre, tómela por los pies y entremos.

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