Ponle 5000 al patas rojas. No 10.000 mejor, el gordo tiene el pico chueco. Venga que no hay riesgo, métele todo al gordo. Cierro en 10,9, 8 – Gritaba el animador mientras mascaba chimó – . ¡Vamos que cierra y empieza el combaaaaaate! ¡No oigo más no oigo más. 3, 2…!-¡50.000 al patas rojas!- Gritó mi papá.

Acto seguido el animador no suena sino suelta la campana, apaga el micrófono y se dirige con cautela hacia mi papá.

Señor ehh…

-Cuéntame galán.

– Pues…es una suma muy alta y no quisiéramos problemas…sería tan amable usted…

Evidentemente la banca de ese potrero que albergaba entre 15 y 20 gallos más unas cuantas gallinas no podía sostener una apuesta de ese nivel así que se tomaban el tiempo para verificar si mi padre realmente poseía tanto dinero encima mientras le intentaban convencer que bajara un poco la suma, pero allí era muy mal visto bajar una apuesta. Se consideraba un acto de cobardía, indigno de una banca repleta de hombres con sombrero y botas altas, aun así los rostros reflejaban el temor a la derrota y no se oponían, al menos explícitamente, a que el combate se pospusiera unos minutos.

El niño con más miedo siempre era yo, sin embargo como señuelo no había otro igual. Vaya que sabía llorar. A los meses cuando mi madre me mostraba las fotos yo chillaba incluso viéndolas recordando que el niño estaba llorando.

Entonces los viejos apostadores se aturdían de verme llorar y me quedaba yo allí tirado con los gallos, ellos se iban a bailar música llanera con las mujeres que recogían el dinero, mientras mi padre estaba en nuestro camión conversando con los dueños de la banca.

Los dueños de la banca controlaban todo.

Mi madre guardó la cámara, me cargó y comenzó el show de mi abuela con mis primos. Los llamó a todos e hicieron una rueda alrededor de los gallos, mi abuela bailaba, mis primos saltaban, los gallos corrían. Mi mamá dejó una rejilla abierta y por allí comenzaron a escapar los gallos y algunas gallinas.

Mi padre siempre guardaba una botella de whisky 21 años en la guantera del copiloto. Y allí se dirigió con los dueños de la banca, veían la botella y les saltaban los ojos. Mi papá saca el elixir y con él un sobre. Les ofrece un poco y ellos beben enloquecidos. Nunca era whisky sino ron barato, pero bajo 35 grados y embriagado quién lo nota, bebían sin parar.

Uno de mis primos cayó al tropezar con una baranda y llamó la atención de un par de apostadores, entre ellos un gordo que no bailaba sino esperaba sentado con una olla de chicharrón en las piernas a que sus dos perros terminaran de engullir sus baldes de chicharrones en el suelo. ¡Oswaldo!-Gritó mi abuela a mi primo– ¡Corre, corre!

¡Se están robando a los gallos!-Gritó el gordo desde la silla-¡Paren la música!-Balbuceó como 20 segundos después. Mucho chicharrón en la boca. Nadie le escuchaba, todos estaban bailando.

Después de mi llanto, seguramente el mejor señuelo natural era el de las mujeres de la banca. Saben mantener a un hombre allí, atrapado en el polvo del vicio. Uno mueve a otro, se pagan y se dan el vuelto. Baile, chicharrón y dinero. Negocio redondo. Corre gallo corre.

Mis primos y mi abuela conducían a los gallos hacia la entrada de la hacienda.

Mi madre y yo llegamos al camión, donde estaba mi padre con uno solo de los banqueros, el otro había bebido tanto que se había ido a orinar.

-El niño se siente mal-dice mi madre-tenemos que irnos.

Señora-eructa el banquero dos-si esto apenas comienza.

Mi padre con la botella en la mano derecha y el sobre en la otra le pone a elegir, el banquero dos coge el elixir. Un sacrificio, pensó mi padre.

El gordo soltó a los perros detrás de los gallos, mis primos y mi abuela.

Es muy riesgoso esto de andar salvando gallos, negro-decía mi madre. – Es mi único día libre-decía mi padre. –Quién me va a despertar mañana.

Mi mamá prendió el camión y lo condujo en retroceso. Mi papá nunca aprendió a manejar.

Ya yo no lloraba, todo me daba mucha risa, incluso los perros que corrían pero muy lento por la cantidad de cochino que guardaban en sus barrigas. Perros grandes pero fofos.

-¿Y si nos llevamos también los perros? –Preguntó mi mamá.

Mi abuela fue la primera en subirse, y tenía un gallo abrazado. Un gallo persigue otro gallo debe ser su filosofía porque subían por la rampa uno a uno junto con mis primos. Subían y subían, excepto por Oswaldo, que se había quedado incluso atrás de los perros.

Cruzamos las puertas y esperamos. Mis primos subieron la rampa. Ya los perros estaban llegando, muy atrás venía Oswaldo y después mucha gente enfadada.

-Qué hacemos- preguntó papá.

-Esperar, no sé- respondió mamá.

-Coño.

Oswaldo tenía 16 años y estudiaba muy interesado en la ciencia…

Oswaldo llegó.

Se subió al camión. Los perros no le prestaron atención, todavía olían a Chicharrón. Mamá arrancó y nos fuimos. Nos fuimos lejos con 8 gallos y una gallina herida, incluidos el gordo y el patas rojas. Mi papá se sacó el bigote falso. Lo logramos.

Al día siguiente fuimos a regalarle los gallos a un señor con vivero, amigo de mi padre. A la gallina herida decidimos sacrificarla y hacer una sopa. Tuvimos que hacer una rifa para sacrificarla, le tocó a Oswaldo.

Mi abuela siempre rezaba antes de comer, y ese día habló de cuánto nos iba a proteger la gallina ante las enfermedades.

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