Un secuestro hacia la libertad

Un secuestro hacia la libertad

Mariposa Amarilla

16/01/2020

(Ana – Foto tomada el 16 de diciembre de 1990)

Aquella tarde Ana dijo que iría hacer una tarea de inglés a casa de una amiga, su madrastra alegaba que debería hacer sus tareas sola.

Ana de tan solo doce años parecía estar pagando casa por cárcel desde que se mudó donde su padre. Llevaba casi cinco años allí y su vida estaba llena de malos tratos y lágrimas a diario.

Salió Ana de casa con la determinación de no volver jamás, tomó una buseta con la ruta programada y una oración en sus labios. Se bajó en el lugar conocido como la Redoma y preguntando fue dando con el lugar de encuentro, allí en el parque Santander, se sentó a ver las palomas y a esperar a Jaqueline.

Tuvo tiempo para pensar en lo que estaba haciendo, dos años atrás había rechazado volver a casa de su papá, pero éste amenazó con demandar por secuestro a su mamá si ella no regresaba, así que no quedaba más que volver a su infierno decorado con falso interés en su bienestar.

Mientras divagaba en sus pensamientos, camino hacía el teléfono y sacó un par de monedas, marcó y espero ansiosa.

-alo?

– hola mamá, bendición

-Dios la bendiga mija, cómo estás?

– bien, estoy bien, solo llame para decirte que no importa lo que pase, no quiero que se preocupe por mí.

– qué vas hacer?

– nada mami, solo este tranquila. Te quiero.

Luego de colgar Ana se encontró con Jaqueline, entraron a la iglesia, le pregunto si alguien sabía que ella estaba allí, Ana negó con la cabeza, le dio instrucciones y salieron.

Jaqueline hizo señas a un taxi que se acercó, subieron atrás y Ana se recostó en sus piernas, no hablaron durante el trayecto.

Al llegar, entraron a una casa, había una mujer joven embarazada, dos niñas un poco más chicas que Ana y una señora, el taxista también bajó y adentro presentaron a Ana cómo Lucía, prima de Jaqueline, se quedaría unos días, pero no podría salir de casa, ya que era un lugar peligroso, dijeron.

Le dieron un lugar para dormir y después de comer, jugaron un rato con las niñas, por primera vez en los últimos cuatro años Ana se acostó sin lágrimas en los ojos.

Allí transcurrían los días, Ana ayudaba en casa, jugaba y pasaba tranquila, lo único que la aburría era no salir a la calle, pero era el costo de mantenerse lejos de su padre y su madrastra.

Pasó una semana, el día después de la posesión de Ernesto Samper como presidente electo, a las cinco de la mañana la casa estaba cercada de policías del Gaula, una dependencia encargada de rescate en casos de secuestro. Entraron y amenazaron a todos los presentes, a Ana la separaron del resto y le dijeron que estaba a salvo, ella asintió con la cabeza y no dijo más nada.

Al llegar a San Mateo, a las oficinas de la policía, su padre la esperaba, lloró y la abrazo al verla. Ana también lo abrazó, los medios sacaron en La Opinión «rescate de menor secuestrada por peligrosa banda»

Tuvo que asistir a declarar sobre lo sucedido, contó su versión.

– yo iba a casa de mi amiga y pasando por la cancha, unas personas me echaron a un carro, no sé más.

Y así por mucho tiempo, Ana estaba convencida que no podía decir más o las consecuencias serían terribles para ella.

Un día luego de un año más o menos se acercó una abogada a pedirle que dijera la verdad, para que a Esneider, así se llamaba el taxista, le dieran una pena más corta. Así que decidió contar en la fiscalía toda la verdad.

– yo accedí a irme de casa, Jaqueline era una chica que estudió en mi colegio y sabía que yo no era feliz en casa, así que me dijo que me ayudaría a escapar, no me secuestraron, yo me quise ir.

– porque vienes diciendo entonces otra versión? Preguntaron los funcionarios.

– porque si mi papá llega a saber lo que hice me va a castigar duramente, esa fue la razón por la que quise escapar y por eso mentí.

Ese día Ana se quitó un peso de encima, pero asumió las consecuencias de su travesura.

La fiscalía llamó a su padre a solas y le contó lo sucedido, debió haberle dejado claro que no podía pegarle a Ana por lo que pasó, sin embargo, Ana descubrió que hay castigos peores.

En casa no se hablaba del tema, pero no podía salir, hablar con nadie, todos eran sospechosos, las visitas a casa de su madre disminuyeron en alto grado y el maltrato dejó de ser físico para ser psicológico.

Ana supo con el tiempo que su padre estuvo hospitalizado durante su «secuestro» y sintió pena por él, aunque fue solo después de dieciseis años, logró conversar con su papá sobre esa situación y así le pidió perdón por haber actuado sin medir las consecuencias de sus acciones.

El papá de Ana acepto su responsabilidad en la situación, diciendo que le comprendía.

A Jaqueline no la lograron atrapar, Esneider fue condenado a veinticinco años de cárcel, Ana nunca sintió remordimiento por haber intentado huir, aunque fue consciente que la sacó barata.

A partir de entonces, Ana asumió que esa era la vida que le tocó vivir, su objetivo era estudiar y salir de allí, por lo tanto tomaría lo que le sirviera y punto.

La familia debería ser un espacio seguro para todos sus miembros, sin embargo, es uno de los lugares donde más infamias ocurren, especialmente a niños/as y mujeres, otra consecuencia de esta cultura patriarcal y adultocentrista, que desvirtúa los derechos de aquellos a quienes menosprecia.

Es hora de educar desde el respeto al otro, el amor propio y los derechos, basta de miedo, violencia y abuso de poder en casa.

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