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¿Abuelita, que horas son? es una canción, interpretada por Libertad Lamarque, que sonaba en mi hogar durante horas y horas. Mi abuela Eulalia, iniciando Alzheimer, se había tomado en serio el identificarse con el personaje, cubrirse con una ruana, lucir su cabello blanco y sentarse en una mecedora, en un rincón, en un jardín, en una casa llena de muchachitos vocingleros e hiperactivos, que le daban la misma veneración que a una imagen santa: regarla de caricias, darle aguaceros de besos y moverla cuando la quemaba el sol o la azotaba el viento.


¡Empezó a llover, metan a la abuela! —gritaba una tía desde el patio trasero.

—¡Acomódenle los cojines a la mamita! —ordenaba mi madre desde su alcoba.

Vivíamos muchos en la casa: mi tío abuelo Libardo, soltero de profesión, cuya sordera le había dejado un hablado lento y fuerte que nos divertía imitar; tía Azucena, la mayor, multiplicada en tres niños y cuatro niñas; tía Magnolia, la del medio, pastora de un rebaño de seis niños y seis niñas; mi madre, Jazmín, la menor, que me tuvo y cerró la fábrica, tal vez por susto de igualar a sus hermanas, quizás por saber que no podría mejorar su obra maestra: yo. Veinte enanitos locos, divididos exactamente en diez por género, empate técnico no programado y escasamente controlado por la Hidra de tres cabezas: nuestras madres. Veinticuatro planetas del sistema hogareño, gravitando alrededor de la abuela, fuente de todo el amor imaginable.


Entre el mayor y la menor solo había trece años. Sí, mis tías eran ametralladoras disparando niños, que distribuían en tres cuartos grandes: uno para las mayores, otro para los crecidos y uno más para toda la cargamenta, durmiendo en camas, colchones, camarotes, cunas y catres; pintados de alegría, armábamos cofradías, ejércitos, alianzas y pequeñas traiciones o emboscadas, que se resolvían en las guerras tirio-troyanas de almohadas.

Los machos engendradores habían desaparecido, no se mencionaban, eran visitas nocturnas que, una vez cumplido su oficio, quedaban marginados. Uno de nuestros juegos preferidos era, cuando mirábamos los álbumes de fotos familiares, adivinar entre los rostros masculinos cual sería el padre de cada uno.


—¡Éste con cara de pescado es el papá de Lilia! —decía Arielito.

—¡Idiota —le gritábamos— es tu papá, porque Lilia es tu hermana!

Arielito buscaba un rostro menos feo y señalaba:

—¡Éste es mi papá, porque yo soy más bonito!

Todos reíamos a carcajadas, menos Lilia, que corría a contarle a tía Magnolia, su madre. De la cocina, en modo automático, llegaba un regaño que producía dos efectos: Lilia regresaba triunfante, por unos segundos, y nosotros le caíamos en pandilla, gritándole: «¡Chismosa, chismosa!». Pasábamos a otro retrato y el juego se repetía, en infinitas variaciones.

De tanto en tanto la abuela amanecía radiante, vivificada. El Alzheimer, aún incipiente, huía ahuyentado por algún ingrediente secreto de una comida, o una frase musical, o el recorrido de una caricia nuestra sobre su cabello blanco. «Niños, vengan», nos llamaba, «les voy a contar algo», agregaba. Y era magia, magia pura saliendo de su boca. Todos sentados frente a ella, arracimados como gusanos, expectantes, veíamos aparecer príncipes, castillos, brujos, dragones, princesas, ogros y lobos, conjurados por la voz de la abuela. Y en cada cuento ella, experta comunicadora subliminal, nos insertaba mensajes:

«La princesa preguntó: —Hada madrina, ¿que dijiste?—. Que el dinero compra el libro, niña, pero no el conocimiento».

—Rumpelstiltskin sentenció: «Recuerda, príncipe, el oro compra el palacio pero no el hogar».

—El mago escribió con su varita mágica: «La plata te dará el escudero, pero no el amigo».

—El dragón miraba al caballero, dudando si comérselo o aconsejarlo. «¿Para que quieres mi tesoro? —le preguntó. «Para ser digno de la princesa» —contestó el hombre. «No olvides que el tesoro te conseguirá la princesa, pero no la esposa», repostó el dragón.

¿Cómo alimentaban a veinticinco personas? ¿Cómo nos educaron y vistieron? ¿Cómo tejieron nuestras vidas, entreverando hilos de alegría y tolerancia? ¿Cómo tuve diecinueve hermanos, de variedad y camaradería inagotable?

Primero murió la abuela; en su ataúd pusimos el disco de acetato con la canción que tanto le gustaba. Después murió el tío, que nunca salió del closet, tal vez por estar cuidando las revistas de hombres desnudos y los innumerables tarros llenos de tornillos, tuercas y puntillas oxidadas que enterramos con él. La casa fue quedando desierta, luego la tumbó el nuevo dueño y allí brotó una industria de construcción, para edificar casitas diminutas, incapaces de albergar una familia, una historia.

Hace ya mucho tiempo separamos nuestros destinos. La abuela, el tío, la Hidra de tres cabezas y una parte de la muchachada son brumas, refugiadas en álbumes familiares y en los encuentros furtivos, cuando por azar nos cruzamos con algún primo:

—¿Te acuerdas? El oro compra la ropa, pero no el buen gusto —nos burlamos de alguien.

Arielito niño mutó a Ariel sirenita. Hoy tiene un esposo, un tipo estupendo, y le recita:

—El dinero compra el cómplice, pero no el compañero.

Alguno, no se cuál, hizo la cuenta de las frases de la abuela: veinte, una por cada uno de sus nietos. Para los que quedamos aún suena la dulce voz de Eulalia, su perfume todavía es caricia de aire fresco, aunque ninguno logra recordar todas sus máximas. Los que han muerto parecen haberse llevado su dote individual de sabiduría. Pronto nos iremos todos, y esas palabras quedaran perdidas.

«Sí, el dinero compra las fotografías, pero no las vivencias» pienso ahora, mientras escucho ¿Abuelita, que horas son? de Libertad Lamarque, en una memoria USB que no se oye lo mismo.



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