…cómplice de juegos

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Ebria de Vida

06/12/2018

Contemplando fotos viejas, mis ojos se detienen sobre una en particular, una foto tomada ya hace muchos años atrás…

Cada navidad, toda la familia visitaba a quien en su momento sostuvo una familia grande… Mi abuelo. Mis primos y yo simplemente jugábamos sin cesar, la casa del abuelo era como un parque de diversiones, eramos solo unos niños viviendo un tiempo donde la diversión no era más que correr hacia los árboles o jugar con lodo y piedras, pero lo mejor de todo era el sumergirse en las aguas de un río que yacía junto a la casa de mi abuelo, era un océano profundo para nuestros ojos soñadores e infantiles, pasábamos horas y horas allí, hasta que los dedos lucían como rosadas pasas, no queríamos salir de allí nunca, pero movidos por el cansancio o una orden de nuestros padres, quienes no comprendían la maravillosa fortaleza o el inmenso castillo que habíamos construido toda la tarde con los ladrillos de la imaginación, en esas aguas que nos llegaban a la cintura, simplemente nos hacían salir a poner los pies en tierra y dejarlo todo allí, eso provocaba una gran tristeza en nosotros porque en nuestras infantiles mentes eso era lo más cercano a lo que llaman riqueza, no física ciertamente, pero nos hacía sentir como los niños más millonarios del mundo. Cuando volvíamos, completamente empapados, mi abuelo nos esperaba con comida y una cautivadora sonrisa… No se moverá el río, decía, mañana seguirá allí y podrán volver a jugar las veces que deseen… sus palabras eran consoladoras, como si él también cuál cómplice de juego comprendiera el asunto importante que todos sus nietos tenían planeando en aquel río, la misión de simplemente ser niños…

Tiempos aquellos, donde la única responsabilidad era …ser feliz…

Más ahora es momento de despertar a la realidad, los años pasaron, todos crecimos, cada uno de mis primos voló del nido sin mirar atrás, ninguno posó sus ojos en la casa que nos vio crecer o en las aguas del río que nos vio reír y pasar los momentos más mágicos de toda la niñez, ni posaron su mirada en aquel amante cómplice que deseaba tan solo vernos felices, aquel abuelo que ahora mismo yace a dos metros bajo tierra…

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