Quince años, una maleta de 21 kilos que guarda la selección de lo que ha sido mi vida hasta ese momento, y un billete de ida a la otra parte del mundo, a una ciudad de la que no conozco más que el nombre. Abrazar a amigos y familiares, y saber que la persona que era hasta ese momento, dejará de existir.

Llegar. Y darme cuenta de que a pesar de que hablamos todos el mismo idioma, yo no entiendo ni la mitad de lo que me dicen. Confirmar que en mi país era clase media, pero aquí soy pobre. Y empezar un proceso de adaptación durísimo, en plena adolescencia, donde todo me parece un drama.

Que puedo decir de esa época. El principio fue dulce y amargo. Fue como nadar desnuda en un océano de agua helada, sintiendo que el dolor me atravesaba como miles de ajugas, pero al mismo tiempo, me daba una fuerza feroz que me empuja a seguir nadando.

Cuando finalizó mi travesía, viví todo con más calma. Poco a poco fui olvidándome de todo. Fui desprendiéndome de mis palabras, de mis amigos, de mis costumbres… fui desvistiéndome hasta quedarme desnuda. A veces me pregunto si lo hice por supervivencia, o simplemente era demasiado joven como para sentirme realmente comprometida con mi vida anterior. O quizás es que lo que llaman identidad no me parece tan importante.

¿Qué significa la pertenencia? ¿Qué contesto cuando me preguntan de dónde soy?

Tengo 33 años, he vivido en 5 países, soy la sexta generación de inmigrantes. A veces pienso en mí y en mi familia como las hojas secas en otoño, volando de un sitio a otro, sin que nada las sujete. Libres de ir a donde quieran, pero a la vez, a la merced del viento. A veces en mis vuelos miro a los árboles y los envidio. Envidio sus raíces, su anclaje a la tierra. Los veo robustos, fuertes, capaz de soportar cualquier tormenta. Me pregunto si el puñado de hojas que siempre ha sido mi familia, también quería ser árbol… Ninguno nos movimos por voluntad propia: guerras, hambre, inseguridad, economías precarias… No. Ninguno elegimos esta vida errante. Pero en mi caso, se convirtió en mi manera de ser, en parte de quien soy. La primera vez me moví con mi familia, pero el resto, lo hice sola.

Tengo 33 años, he vivido en 5 países y soy la sexta generación de inmigrantes. Y me he convertido en una emigrante en todo. Emigro cuando una situación no me hace feliz. Emigro cuando una persona ya no me encaja. Y sobre todas las cosas, siempre intento emigrar de mí. La huida se ha convertido en mi modo de vida. Cuando me asiento en un sitio, algo empieza a crujir dentro de mí. Como si de repente comenzara a convertirme en un árbol, y en mi metamorfosis, mis raíces lucharan por ese anisado encuentro con la tierra, como si buscan fundirse en ella, anhelando tener un lugar en el que por fin quedarse. Pero ese cambio me altera, me desconcierta, y me invade una fuerza opuesta… siento en el pecho las alas de las cinco generaciones que me precedieron diciéndome que siga volando, que nosotros no estamos hechos para quedarnos, que pertenecemos al aire, no a la tierra.

Y cedo… porque al fin y al cabo ya me he acostumbrado a este baile que llevo con la vida, siempre lleno de caras nuevas. Y en cada ciudad, una vida nueva, amigos nuevos que se convierten en mi familia elegida, y nuevas vibraciones… que siguen el ritmo del desorden que llevo dentro. Un desorden al que también me he acostumbrado.

A veces me pregunto si no sigo siendo la misma niña asustada de 15 años, que elige una y otra vez, que toda su vida quepa en una maleta de 21 kilos. Porque al igual que mi familia, quizás no sé quedarme. Porque he volado tanto tiempo, que me da miedo quién seré si echo raíces. Porque puedo reconstruirse cada vez en otro lugar nuevo, y siempre será más fácil que enfrentarme a la persona que ya soy.

Quizás no me doy cuenta que las raíces ya las llevo conmigo. Y que son cada vez más difíciles de transportar. Quizás tenga que tomarme el trabajo de darles un hogar… porque al final de cuentas, las hojas secas sólo duran un otoño.

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