UNA NOCHE CUALQUIERA

UNA NOCHE CUALQUIERA

VITRALES DEL ALMA

06/10/2018



Cabalga su caballito amarrando la vida.

Antonio le llamaban.


¡Vestigios de sangre con olor a hielo!

¡Vestigios de hielo con olor a sangre!



Pasadas las diez de la noche, la puerta se cerró a nuestras espaldas y el aire denso presagió horas eternas.


Era un cuarto de cuatro por cuatro metros, paredes blancas y amplio ventanal, cubierto por un velo traslúcido que ondeaba al compás de las emociones. Formaba parte de una extraña edificación, ubicada en lo que hoy se conoce como la hortua, de ésta ciudad capitalina.

La luz mortecina alumbraba la palidez de su rostro, haciendo el panorama más aterrador.

La tapa que minutos antes, estaba abierta, cayó lentamente hasta quedar herméticamente cerrada. El pánico nos invadió.

El olor a flores se extendió por la habitación. La caja fúnebre adornada con grabados decorativos muy hermosos, contrastaba con la vida que llevó.


Imagen de http://paleric.blogspot.com/2011/11/ancient-chamorro-mourning.html.


No entendía, pero estaba ahí, con los ojos cerrados, sin sangre en su rostro ni aire en los pulmones.

¡Pero qué va! Él no me inspiraba miedo, era mi sangre y le conocía. La causa de éste, se miraba a escasos metros, subiendo la escalera. Un ataúd color caoba cuya tapa no ajustaba, exhibía el rostro misterioso de un hombre.

Laura, mi hermanita, se recostó en mis piernas y quedó dormida; incapaz de cerrar los ojos, agonizaba en el mar de mi propia incertidumbre.

Los minutos pasaban y el hielo de los muertos nos circundaba. Eran las dos de la madrugaba, cuando divisé muy cerca una figura masculina. Subía por la calle exhibiendo un rostro de pocos amigos. Manos en los bolsillos, tenis color negro y un saco de lana gris. La luna llena, a esa hora en todo su esplendor, dejó ver el reflejo de un arma blanca. Se miraba cerca del corazón. Apagué las luces y me escondí tras el velo. Quedamos, en medio de una ola de miedo, misterio y obscuridad.

Se paró, justo debajo del ventanal. Observó a lado y lado y espero. El desasosiego me invadió. Imagine a una persona saliendo de su trabajo a esa hora de noche, víctima de ese rufián. Tan absorta estaba, que olvide, me hallaba en medio de dos ataúdes con sus muertos dentro.

Fue un halo de silencio y misterio casi que interminable. De repente, vi a lo lejos otra figura masculina que venía por la carrera. . Mi hermanita dormía plácidamente. Al lado de este sujeto, caminaba lento un perro negro. Tan negro, como el mismo que vi aquella noche que mi hermano murió.

Al llegar a la esquina, cruzó la calle y se acercó sigiloso al sujeto que esperaba. ¿Serán amigos? me indagué. No les escuchaba, pero miraba sus rostros afables. Viré adonde estaban los ataúdes y pensé: pase lo que pase, no puedo huir de este lugar.

Los minutos pasaron y el reloj marcó las tres de la madrugada. Recordé aquellas palabras: “ tres de la mañana, hora del demonio » . Y yo ahí, vigilante y temerosa, mirando pasar lentamente la hora del mal.

Escuché el sonido de un campanario. Oí pasos bajar por la escalera. Quise moverme y no pude. Luego, silencio total. Mis manos sudaban y con ellas, un retazo de mi alma.

El viento agitó y la basura que estaba a ras del piso sobre la calle, subió a un metro de altura. Los sujetos, atornillados al piso detenidos en el tiempo.

¿De dónde? No sé. Vi un sujeto de estatura alta, sombrero, abrigo negro a la espalda y en sus manos un collar, que movía con frenesí. Dicho artefacto brillaba a la luz de la luna, emitiendo extraños y diminutos rayos de luz. Esperé el desenlace de aquella escena dantesca. A lo lejos, un perro grande y negro venia jadeando. ¿A esa hora? ¿Qué era aquello? Cuando el perro se acercó al hombre, vi que éste cruzo presuroso la vía y se abalanzó sobre los rufianes. Fue tal el susto que quede sentada sobre la cama. Sonó el teléfono, y escuche una voz que indagó: ¿Conoce usted a un señor de tales características?


ANTONIO

En la cima de la montaña, muy cerca de la capilla de aquél azaroso lugar, se hallaba él, tendido en el pavimento, envuelto en sangre y aferrado a la última gota de vida.

Como sombra se proyectaba sobre la loza fría, el antiguo campanario de la parroquia la Resurección. Dicho monumento, se mira resplandecer desde la planicie citadina. Su arquitectura lisa y simple la hace casi que imperceptible, salvo su atalaya de imitación colonial.

Lo más llamativo y que perla mi mente de gratos recuerdos,es el atrio. Allí, en pasarela, uno a uno, actores desconocidos, explayaron la genialidad de sus cualidades frente a un público que por su intelecto, no entendía, lo que quisieron expresar. Éste, envuelve en acto mágico la belleza grandiosa de mi gran ciudad. La “Atenas Suramericana.”

En ésa trágica noche, la sirena agigantaba su clamor y el miedo aprisionaba las vísceras. La bóveda celeste cerró y un frío intenso quemó las mejillas.

No muy lejos de ahí, un perro aullaba en cámara lenta.


“No me dejen morir”Vociferó. El que acababa de proferir tal lamentación, era un hombre de cuyos dedos escapaba el último aliento de vida. Esa que por necedad se negó a vivir, y que hoy, se le iba, dejando a su paso un enjambre de hiel y recuerdos.

Esos instantes, tienen el extraño poder de atenazar el corazón y bifurcar el alma.Se siente, se presagia. Es todo y nada a la vez.

Caminé en dirección a mi casa; desee nunca más saborear letal veneno. Era de noche, el cielo tachonado de luceros explayaba en extraño ritual; el reloj marcó la una de la madrugada. Cinco horas pasaron y la dama de frondosa caballera y delicada túnica,emprendió su paso llevando en sus arcas el triste lamento, ese cuya daga filuda y por amor, difuminó en pedazos su corazón.

Un día, una hora, una noche cualquiera, expiró su corazón,

* homenaje a mi hermano fallecido.

FIN.


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