A veces mordía un trozo de vela y lo masticaba despacio. Nunca me lo tragaba. Las que más me gustaban eran las blancas, aunque las rojas tenían su punto. Le di bocados a las velas hasta que mi madre se dio cuenta: descubrió las del candelabro de plata mordisqueadas por la base. En ese momento yo estaba detrás del sofá.

—¡No! —dijo.

Salió del salón, rápida como una sinapsis, con una de las velas en la mano.

—Amelia, mira esto —le oí decir desde la otra punta del pasillo.

La tía Amelia casi nunca salía de su habitación, tenía una enfermedad desconocida que le impedía moverse con agilidad.

—¡Vaya! Entonces ella es una elegida —oí decir a la tía—. Aunque no tiene porqué ser eso.

—Cómo no va a serlo —mi madre sonó desagradable—. Lo mejor es plantarle cara. Tenemos que…

—Espera, espera. No te precipites.

Yo había salido de mi escondite y estaba detrás de mi madre, ninguna de las dos podía verme. Mi madre puso la espalda recta como las velas que me encantaba saborear. Suspiró, bajó los brazos.

—Que no. No nos hemos librado. ¡IRENE!—gritó mientras se daba la vuelta.

—Estoy aquí mamá —dije.

Ella miró hacia abajo mientras abría los ojos como una lechuza deslumbrada. Se agachó y me puso las manos sobre los hombros.

—Hija. Vamos dentro.

Las dos entramos en la habitación de la tía Amelia. Mi madre subió la tapa del baúl que siempre estaba cerrado y que tantas veces quise abrir. Sacó algo rectangular, se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, hizo un gesto, me senté a su lado. La tía Amelia, con sus extraños movimientos, también se acercó. Mi madre nos enseñó lo que había sacado.

—Estas son nuestras bisabuelas. Tus tatarabuelas —dijo con solemnidad.

—Los tres hombres son los guardianes —dijo la tía.

Mi madre le dio un golpecito en la mano y la miró con ojos de láser. Aquel gesto me hizo reír.

—Esto es muy serio, Irene —dijeron las dos a la vez.

Solté una carcajada que me sonó rara.

—Perdón —dije.

Mi madre volvió a enseñarme la fotografía.

—Hija. Nosotras venimos de personas muy especiales.

—No te asustes —dijo la tía—, no es para tanto.

—Sí, sí lo es. No quiero esconder nada, Amelia, por favor, colabora —dijo mi madre—. Hija… ¿hace mucho que te comes las velas?

—No, no, no. No me las como, solo las mastico, de verdad.

—Eso da igual. ¿Hace mucho? ¿Por qué lo haces a escondidas?

Aquello ya no parecía un juego de los nuestros, ellas no parecían las mismas. Y yo nunca quise morder la velas delante de ellas. Pero no sabía por qué. Ni recordaba cuándo empezó a gustarme.

—No lo sé…

—A ver. Sabes que todo está hecho de algo que se descompone en otro algo y después en otro y todavía en algo más. Ininterrumpidamente.

—Sí —dije con convicción—. Sí, ¿no?

—Pues la cera de las velas es de abejas y tiene un componente que se llama alcohol de miricilo —dijo la tía sin respirar—. Eso es lo que te gusta. A ti y a más mujeres de la familia.

Yo no entendía la relación entre los componentes de la vela y las caras preocupadas de ellas. Pero aquello iba en serio. Mi madre me rodeó los hombros con un brazo.

—Irene. Tienes una mutación genética recesiva.

¿Mutación genética recesiva? En aquel momento esas palabras no significaron nada para mí. Sin embargo me dolieron como tres picaduras de araña y mi madre se dio cuenta.

—Si te faltaran varios dedos. O las manos. O las piernas. Si siempre sintieras dolor. La vida no sería igual, ¿verdad?

—No.

—Pues eso te sucede muy dentro.

—Y tu mutación es mucho más agresiva que la mía —dijo la tía Amelia—. Pero hay una opción. Yo no quise elegirla, me dio miedo.

Me sentí como un grano de polen frente a dos flores. Hubo unos segundos en los que perdí la conexión con ellas.

—Irene, escucha a tu tía —mi madre me zamarreó con suavidad—. Amelia, dile.

—Puedes ser parte del grupo de las bisabuelas mutantes. Tatarabuelas, vaya. Pero tienes que decidirlo ahora.

Yo estaba atrapada en el brazo de mi madre y los ojos de la tía eran dos focos halógenos.

—¿Ahora? ¿Tan de prisa?—dije.

—Tu madre ha entrado en pánico, no se lo tengas en cuenta —hizo un gesto con la mano—. Decide, ¿quieres?

Decidí que sí quería. Entonces la mujer de la cofia estiró el brazo, me agarró del codo y me lanzó al fondo a la izquierda de la foto, entre dos de los guardianes y otras dos tatarabuelas.

Todas mis antepasadas se acercaron a mí, oí murmullos, risas y me desmayé. Al abrir los ojos los colores eran intensos y olía a naranja recién abierta. La chica del abanico estaba a mi lado, dándome aire con él.

—¿Estás bien? —preguntó—. No, no te levantes, tranquila.

—¿Ya se ha recuperado? —dijo otra de ellas.

Detrás llegaron todas las demás, me rodearon.

—Pues sí que se han dado prisa esta vez, es solo una niña.

—Es que es la última, ya estamos todas.

—La han acorralado a la pobre.

—Su madre no ha querido arriesgarla, yo hubiera hecho lo mismo.

—No entremos en eso, no lleva a ningún sitio. Además, todas llegamos muy jóvenes, si no es imposible.

Yo las miraba sin moverme un milímetro. No conseguía saber lo que sentía en ese momento.

—¿Qué soy? —creo que dije, porque no reconocí mi voz.

Ellas se acercaron un poco más.

—¡Bienvenida! —dijeron.

La mujer de la cofia me acarició la cabeza.

—Relájate. Aquí no hay prisa.

Tardé poco en adaptarme a aquel ritmo: cada día me parezco más a mis antepasadas. Desde aquí veo a mi madre y a la tía Amelia cuando abren el baúl y nos sacan. Siempre me dan un beso. Envejecen muy rápido.

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