El regreso a casa

El regreso a casa

Bagredmar

23/09/2018

Marchaban sin mucho afán por el polvoriento camino, el viento empujaba sus espaldas obligándolos a ir más rápido de lo que deseaban, el calor irradiado del suelo arenoso penetraba las delgadas suelas de sus remendados calzados, la vista hacia el suelo, los ojos entreabiertos, la mente concentrada en cada paso. En un recodo, el sendero se hacía delgado y los arrastraba hasta la sombra tupida de un árbol frondoso, al pie del tronco, varias piedras se mostraban como muebles en una acogedora sala de reposo natural.

Se sentaron, escorados sobre el tronco, disfrutaron un largo rato del frescor de la sombra y volvieron al camino. La noche fue llegando poco a poco, le temían a la oscuridad, pero volver a casa, volver pronto, luego de tanto tiempo, los impulsaba, los animaba; rogaban, eso si, que una hermosa luna y cientos de estrellas iluminaran su camino.

La mala fortuna quiso que la noche fuese la más oscura de todos los tiempos, nubes negras y espesas cubrieron el cielo y el olor a lluvia presagiaba una terrible tormenta, a pesar de eso, continuaban caminando, sin parar, sin pensar. La arena blanca del camino contrastaba con el oscuro ramaje de la vegetación, así llegaron a la medianoche, sin reloj, sin estrellas, lo sabían por el dolor en los pies mientras marchaban, nadie hablaba, todos andaban.

El viento se detuvo de pronto y cayó del cielo, con una impresionante fuerza, una gruesa cascada de agua fría y picante, golpeaba con tanta intensidad que lastimaba la cabeza, los hombros y los pies, pero ellos, acicateados por un extraño miedo siguieron marchando, sin hablar, sin pensar, aferrados a la idea de volver a casa.

Aquel hombre que los guiaba, había hecho el mismo viaje varias veces en su vida, era rudo, seco, sereno, callado y decidido, todos confiaban en él, vivían una época sin luz eléctrica, sin caminos asfaltados, sin señales, sin policías, para ellos, pobres y olvidados, su único medio de transporte eran sus propios pies.

Era de madrugada, todos lo sabían, la lluvia no cesaba, caminaban contra el viento, de pronto un suave hedor, algo putrefacto venía con el viento, terrible olor a muerte erizaba la piel, la lluvia se vuelve tenue, el viento torna en lánguida brisa, la oscuridad se vuelve total, algunos sienten que el viejo guía vacila, otros le ven estremecer, pero no se detiene, no cambia el paso, prosigue, los arrastra, todos tienen miedo, el nauseabundo olor se intensifica, todos se tapan la nariz con ambas manos, menos el viejo, aquel hombre sigue igual, impávido, prosigue marchando, los santos de su escapulario giran alrededor de su cuello, los de la espalda van a su pecho, los de su pecho van a su espalda, el olor se vuelve insoportable, todos quieren correr, pero la firmeza del hombre que les guía les da valor, suponen que sabe lo que hace, suponen que ya ha experimentado esa terrible sensación, suponen que no tiene miedo, suponen que van a llegar a casa, suponen que esposa, madre e hijos los esperan, suponen que son valientes.

En esos tiempos, tener cuarenta años y seguir vivo era digno de respeto y admiración, él cumplía ese día cincuenta y dos, aquellos que guiaba, eran todos rudos marineros que volvían a casa después de seis meses en alta mar, la fortuna los puso en el dilema de esperar otros quince días, para embarcarse de nuevo y no regresar a sus casas o caminar por el solitario sendero, a través del monte, durante todo un día y toda una noche para estar con sus familias. No hubo dudas en la decisión, todos estaban dispuestos a marchar, no les importaba el hambre, el cansancio o la sed, si el más viejo de todos los guiaba, si el más viejo de todos podía, no había razón para dudar.

Frente a él, la oscura sombra del espacio sobre la arena blanca del camino comenzó a tomar la extraña forma de una persona, estaba lejos, pero se acercaba, caminaba hacia ellos, o ellos caminaban hacia él, los escapularios giraban en su cuello, como impulsados por un motor que aún no se había inventado. La forma humana que venía llevaba puesto un enorme impermeable negro, la capucha cubría completamente su cabeza, no se notaban sus pies, tampoco era visible el vaivén del natural caminar, parecía flotar por el camino hacia ellos, el olor nauseabundo llenaba todo el monte, costaba mucho respirar, aquel grupo de hombres que confiaban en su pericia seguían en silencio, no sabían si miraban lo que él miraba, si sentían lo que él sentía, pero los pasos de todos habíanse sincronizado de tal manera, que un paso suyo pisaba la arena al mismo tiempo que el paso de todos, eran un extraño ejército de mojados marineros que solo querían volver a casa.

Estaba seguro, lo que se acercaba no era humano, detrás de aquella figura fantasmal, otros como ella le seguían, todos cubiertos de negro, todos flotando en el aire, todos perfumados de muerte, decidió fingir que no los notaba, quizás ellos, en verdad, por estar muertos, no notaban a los vivos, tal vez solo eran un ejército de seres que también regresaban a casa.

Los hombres detrás del guía se alinearon para dar paso a aquellos que venían, bajaron la cabeza en señal de respeto, solo el viejo se mantuvo firme, fingiendo que no los notaba, en el cenit del acercamiento, el guaral de los escapularios se partió en pedazos, el ejército de fantasmas paso a su lado, parte de ellos flotaban entre las ramas, fueron segundos interminables, detrás del último ser una lluvia intensa se desataba, el viejo sintió mil puñaladas en sus piernas, el miedo, tanto rato sostenido, lo desmayò.

El ladrido de un perro lo despertó, estaba sucio y empapado, desde allí se podía ver la empalizada de cardones que rodeaba su casa, un niño descalzo y apenas vestido con un pantaloncito corto le preguntó:

  • Papá¿qué te pasó?
  • Nada mijo, me vine anoche, solo quería regresar a casa.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS