Quisiera distorsionar los recuerdos, construir con ellos historias fascinantes, expulsar de algún modo toda la oscuridad que me inunda, toda la amargura que se apodera de mi cuerpo por las noches, danzando sin cesar ante mis ojos en un juego macabro tal vez orgásmico pero tan doloroso que indescriptible se convierte. Porque ellas, mis fantasmas de informes figuras se atacan de risa, me señalan y sin piedad alguna, aguijonean mi pasar con insultos de lo que pudo ser y no fue, esto ha sucedido  desde que empezaron partir con sus maletas llenas de ilusiones muertas, con sonrisas convertidas en muecas y lágrimas disfrazadas de luto, pero si soy sincero nunca causó esto la más mínima alteración de mis nervios, me refugiaba en algún libro que caía por casualidad en mis manos y si algún síntoma asomaba sus suaves garras, lo ahogaba con litros de alcohol y un soplo de humo de alguno de mis sesenta cigarros, pero hoy  tal vez causada por una drástica vuelta de la ruleta se reventó el goce de mi tragedia y la fuerza de su inesperada llegada desestabilizo mi particular y extraña paz.

 

Me he despertado sobresaltado a iniciar  la madrugada, una angustia desgarradora se ha inoculado y no encuentro razón alguna a esta violación interna dirigida por mí y para mí, intento levantarme de la cama rápidamente pero mi pesada figura se adhiere al colchón empapado de sudor y un dolor súbito produce un ruido similar a un grito de auxilio, pero ¿que podría mitigar esta agonía? A quien recurrir teniéndole tanta desconfianza a la otredad, vanagloriándome de mi poder sobre esas pequeñas mentes que me rodean a distancia, que analizo con desprecio por su maldad orinal. Afirmo esto porque mi  final se acerca, y de eso no tengo la menor duda, la muerte se insinúa a mí como doncella del siglo dieciséis, sin más posibilidad que un adiós sin receptor, que más esperar de esta vida sino es un es un zarpazo que lo grulla, que lo empuje, que se lo coma sin contemplación, sin pensarlo sin titubear.

 

                                                                                                                                   

                                                                                                                                          ¡Oh! pero que espera, donde los años se convierten en siglos, tantos…96 quizás, aguardando en ascuas las puertas de este último camión de un pequeño pueblo perdido en mapa; empacando en las maletas vacías, recuerdos de un ayer  que  por 

Caminantescuestiones incomprensibles tal vez del azar, lograron anclarme a los amaneceres, posponiendo el adiós. Pero ya es tarde, sonrío plácidamente y pienso, fui un amargado feliz, se cierran poco a poco mis ojos, brotan unas lágrimas desnudas de duelo y parto hacia ellas, en busca de mis ilusiones rotas que renacen.

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