El transporte de mi niñez

El transporte de mi niñez

Paloma Celada

12/08/2016

Será que me estoy haciendo vieja ─aunque yo no quiera reconocerlo─, será que veo a mi hija cada vez más mayor, será que las tormentas veraniegas me ponen nostálgica, el caso es que últimamente me vienen recuerdos de los veranos de mi niñez con mucha frecuencia.

Recuerdo las vacaciones repartidas entre Galicia y Santander. Recuerdo las playas del Cantábrico con los días de sol ─o de lluvia─ junto a mis primos. Recuerdo los bosques de eucaliptos y helechos donde me solía perder ─literalmente─ y que yo imaginaba llenos de hadas y duendes. Recuerdo las filloas de mi abuela gallega ─nadie las hacía tan ricas, ni las hará, como ella─ y los remedios para las picaduras de abejas de mi abuela paterna ─creo que me hacían más efecto sus palabras tranquilizadoras y su serenidad que los potingues que me untaba─.

Pero sobre todo me acuerdo de los viajes para llegar hasta allí.

Mi padre tenía una moto Vespa con sidecar en la que viajábamos mis padres y yo; recorríamos toda la cornisa cantábrica visitando a la familia y eso nos llevaba un montón de horas en la carretera, pero no importaba porque nos íbamos de vacaciones y no teníamos prisa. El reloj ni se miraba y el mal estado de las carreteras permitía contemplar mejor el paisaje.

La carretera del inicio del trayecto transcurría por la meseta castellana: rectas interminables a través de campos dorados de cereales listos para la siega. Al final del camino la carretera se transformaba y se volvía sinuosa, plena de curvas, bordeando un mar siempre agitado y siempre dando una imagen espectacular.

Recuerdo que dentro del sidecar de la moto yo me sentía segura y protegida del agua o del viento, mientras que mi padre iba conduciendo y recibiendo todas las inclemencias meteorológicas con un estoicismo que a mí, con la inconsciencia de la niñez, me parecía divertido y me hacía mucha gracia. Como si él prefiriera mojarse, en lugar de refugiarse como lo hacíamos mi madre y yo.

En ese sidecar llegamos a viajar cuatro niños. Ahora que lo pienso no sé cómo lo hacíamos, pero el caso es que ahí íbamos todos, supongo que comprimidos pero contentos, a la playa. Una playa rodeada de pinos, donde la marea baja se llevaba el mar muy lejos y hacíamos carreras para ver quién era el primero en llegar al agua.

La imagen de esa moto está unida a recuerdos entrañables, a mi niñez.

Más tarde, mi padre tuvo varios coches, cada vez más grandes, cada vez más espaciosos y potentes, pero creo que nunca he viajado tan cómoda y tan feliz como lo hice en aquella moto.

Ahora me voy de vacaciones en avión, me preocupa que el vuelo tenga retraso, que me pierdan o estropeen la maleta, que haya overbooking

Llego antes a mi destino pero creo que disfruto menos del viaje.

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