El primer paso, el siguiente
escalón, una puerta que se abre, otra que se cierra; un frio intenso, un olor
extraño, decenas de personas buscando su silla enumerada en un papel. Sientes
que todos te miran (algunos sí), la inseguridad que recorre tu garganta, tratas
de disimular… que no se note que es la primera vez que te montas en un pájaro
de estos, imponente y veloz.

Todos van hallando sus asientos,el pasillo despejado y te asaltan mil dudas… ¿quién será el señor que se sentó a mi lado? ¿Dónde estará el baño? ¿Y si me mareo? Debí tomar la pastilla para el mareo, ¡yo y mi mala memoria! Debí ir al baño antes de entrar a la sala de espera…

Empezó a andar este aparato y el
nudo en la garganta no deja respirar, ¿y si se cae? Dios que susto! Mis manos
empiezan a sudar, me aferro a la silla; como si después de caer de tan alto
importara si me agarro o no a ella… el vacío en mi estómago cuando empieza
despegar, cierro los ojos, ¿será que si los abro se cae? Segundos interminables
hasta que alcanza la altura deseada. Abro los ojos un poco más tranquila, sigo
pensando que el señor de al lado tiene cara de gruñón, mejor no lo miro. Tomo
la decisión de distraerme entonces en algo… ¡ya se! leeré la revista del
bolsillo de en frente. Pasan varios minutos y las azafatas comienzan el
servicio. El olor a comida me revuelve el estómago, ¡creo q voy a vomitar! ¡Qué
vergüenza! (Ahora si se darán cuenta que es mi primer vuelo). La bolsa no la
encuentro, busco desesperada en el bolsillo, la encontré, no puedo aguantar
más…

La cara del señor de al lado ahora me parece más gruñón aun, ¡seguro reprochara este vergonzoso espectáculo!
…¡Calma! ¿Es tu primer viaje? Me dice el señor, yo sin poder hablar, tratando
de limpiarme la boca y cerrando la bolsa al mismo tiempo, asiento con la cabeza.
Tranquila ya te acostumbraras, me dice con una sonrisa cordial. (Otra vez me
equivoque, ¡el tipo resulto hasta amable!) Toma un poco de agua, eso te
ayudara, dijo el señor. Gracias, fue lo único que acerté a decir.

Ya lo peor pasó, pronto aterrizaremos y se acaba esta incómoda situación, pensé. El piloto nos informa que estamos próximos a aterrizar, ¡por fin! Nadie me había advertido que el vacío se sentiría otra vez, pero al revés, ¡oh Dios! ¿Y si se equivoca? ¿Y si algo falla? ¡Ahora si voy a morir! Cierro otra vez los ojos, más nerviosa que al principio. ¡Que termine esto ya! Quería gritar. Mi compañero toma mi mano, que casi se funde en la silla, de la presión que ejercía en ella. Me desconecto, lo miro y me dice: tranquila ya llegamos. Otra vez con su sonrisa que deja ver lastima, según mi percepción, pero que quiere infundir confianza.
Respiro otra vez…

Se abre la puerta, pero ahora mi miedo es otro… ¿qué encontraré
en esta ciudad desconocida? Deje atrás tantas cosas, tantos sueños rotos… ¿será que aquí podré salir adelante? Espero la maleta mirando fijamente el carrusel, una y otra vez dando vueltas, al mismo tiempo que en mi cabeza lo hacen mis pensamientos. Ya llego la maleta…respiro hondo y salgo del aeropuerto. A lo lejos veo las montañas, los paisajes y el tráfico de la gran ciudad, los edificios; es ahí, en ese instante, que de adentro muy adentro de las entrañas me armo de valor y solo pienso en una cosa: ¡siempre adelante!

Debo recordar los consejos de mi padre…confía siempre en Dios, él nunca te abandona, no te vares, sé recursiva, no desistas y así alcanzaras tus metas. Padre, cuán lejos estas de mí, me haces más falta ahora,
en este instante solo necesito un abrazo tuyo para saber que todo está bien.

Miro a lo lejos y una cara conocida me levanta los brazos, no todo puede ser malo en este viaje. Me acerco y me entregas dos pequeñas flores lila arrancadas de un arbusto cercano, no sé si llorar o reír, pero soy de esos pequeños detalles, de los que enamoran. Me abrazas y siento gran tranquilidad, he llegado al lugar correcto.

Llegamos al apartamento y todo esta meticulosamente dispuesto, limpio; de mujer siempre miramos ese tipo de cosas. Me muestras mi habitación y en mi mente una voz susurra ¨demasiado limpio para ser soltero¨ pero me dejo llevar, ya es suficiente de miedos… ¡no soy una niña!

Dejo la maleta rápidamente y nos disponemos a conocer la ciudad, paisajes hermosos, casas coloniales, aroma a cafetal en el ambiente; él un gran anfitrión contando historias que me enseñan la cultura del lugar, de vez en cuando lanza una pregunta de conocimientos de la región
(para verificar si lo escucho), yo atenta le respondo como en los exámenes orales del colegio, algunas respuestas no las sé pero no importa, él las responde por mí; es que mi cultura mi mar y mi playa son muy diferentes a esta ciudad que renació de las cenizas después de un devastador terremoto, pero que ha sabido crecer corrigiendo los errores del pasado.

Llegamos a un pueblo que parecía suspendido

en el tiempo, todas sus casas conservan la arquitectura antigua, su iglesia
frente a un parque lleno de ancianos pensionados que se sientan a la sombra de
los arboles a recordar sus años gloriosos.

Al entrar a la iglesia sentí algo,que no pude describir, él, siempre él… muy amablemente me acompaño a un altar, pedí un deseo y encendí una vela; no sé si se cumpla pero les juro que algo extraño sentí
ahí, como si Dios si me escuchara. Salimos de ahí y recorrimos varios pueblos más
pero ése en especial, SALENTO-QUINDIO me llamo desde las entrañas de la tierra
para volver. Un fin de semana cuando eres feliz, pasa rápido y regresas a tu

realidad… la que huele a sal, a mar, pero con ecos de café.

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