Empathy o la conjura de las hienas

Empathy o la conjura de las hienas

Julio, El capataz, tenía alma de cacique. Autoritario, prepotente, controlador… Hasta había creado alertas en Google con el nombre de sus empleados, porque a él no se le escapaba nada. Asiduo practicante del mobbing, que hubiera bautizado la empresa que dirigía con el nombre de Empathy era de un cinismo insuperable. En la web corporativa decían que su misión era “construir un mundo más humano promoviendo la empatía a escala global”. Sorprendía tanta impostura viendo cómo funcionaba intramuros.

Pablo no fue la primera víctima de acoso en Empathy, pero sería la última y la más sonada. Antes les había tocado su turno a Claudio, Martín, Daniela, Andrea… Una lista amplia de personas que habían tenido la mala suerte de colocarse en el punto de mira de Julio. Ante la ceguera del resto de la plantilla, que no veía nunca nada aunque ocurriera delante de sus mismas narices. ¡Qué habilidad para mirar hacia otro lado! ¿Miedo? ¿Indiferencia? ¿Rivalidad? De todo un poco. El caso es que cuando El capataz ponía a alguien en su diana, ya no tenía otra prioridad. Algo así ocurrió con Pablo.

Todo se desató en una reunión aparentemente rutinaria en la que Julio, fiel a su estilo, empezó a reprochar a Pablo los resultados de su equipo que, por supuesto, no estaban a la altura de sus exigencias. Tras unos cuantos dimes y diretes, algo hizo click en la cabeza de Pablo. “Hasta aquí hemos llegado”, se dijo, y desmontó las acusaciones de Julio una a una, ante la mirada atónita de los demás asistentes, que no daban crédito a lo que oían. Nada fue igual desde entonces. Comenzaron las críticas por la espalda, los desaires, el ninguneo… El guión clásico de los acosadores. 

Lo que nunca hubiera imaginado Pablo era que El capataz encontraría tan rápido el apoyo del grupo que, parafraseando a John Kennedy Toole, bautizó como “la conjura de las hienas”. Les faltó tiempo para empezar a hacerle sombra, ocultarle información, cuchichear, intentar hacerse con sus proyectos… Algunos participaron con entusiasmo en la celada. Otros lo hicieron por miedo a ganarse la antipatía de Julio y pasar a engrosar la lista de espera de futuras víctimas. Pablo había cometido un error imperdonable: cuestionar el poder de un directivo que rayaba la sociopatía. Le cambiaron de sitio buscando abiertamente que todo el mundo lo viera como una degradación, redujeron su jornada y su salario, cuestionaron su trabajo… Pablo comenzó a vivir en un estado de permanente autodefensa.

Acostumbrados a este modo de actuar, lo que no esperaba El capataz ni su corte de palmeros era que Pablo presentara una denuncia. Una vez tomada la decisión de abandonar Empathy, decidió dar un escarmiento a quienes, por activa o por pasiva, habían participado en su acoso. Durante meses recogió fielmente todo tipo de situaciones y comentarios, archivó correos electrónicos y, lo que resultó decisivo en el juicio, grabó conversaciones y reuniones. Todo fechado y descrito meticulosamente. Cuando Diana, su amiga abogada, revisó aquel material, intuyó que allí había caso, así que le pasó el dossier a un conocido laboralista quien, tras analizarlo, les animó a seguir adelante.

El día que llegó la citación judicial, la cara de Julio, El capataz, se congeló. Lo último que imaginaba es que alguien se atreviera a llevarle a los tribunales. Empezó a ponerse nervioso cuando el resto de la junta directiva de Empathy, viendo la que se les podía venir encima, comenzaron a pedirle explicaciones. Ya le habían dicho en infinidad de ocasiones que el día menos pensando alguien se hartaría y pondría una denuncia. O le partiría la cara. O ambas cosas. Intentaron convencer a Pablo para que desistiera, prometiéndole que todo cambiaría. Julio y su troupe dejarían de fastidiarle y recuperaría las condiciones laborales anteriores. Pero, para entonces, Pablo ya había decidido crear su propio proyecto, Letras, una ONG para enseñar a adolescentes de ambientes sociales empobrecidos a usar el lenguaje con eficacia. A fin de cuentas, buena parte de los desarrollos de Empathy habían sido trabajos suyos. Seguiría adelante, pero a partir de ahora en su propia empresa. No estaba dispuesto a seguir compartiendo su vida profesional con aquellas hienas. Necesitaban un escarmiento. Y lo iban a tener.

Un año después Pablo ha recuperado la serenidad perdida. Letras va poco a poco funcionando, a pesar de la crisis. La imagen de Empathy ha sufrido un deterioro irreversible, a consecuencia del tratamiento que recibió el caso en los medios de comunicación y en las redes sociales. La junta directiva cesó a Julio, El capataz, de su cargo. Poco después abandonó una empresa cuyo funcionamiento interno revisan escrupulosamente sus actuales responsables para evitar que algo parecido vuelva a ocurrir. Las hienas siguen en Empathy, pero ya no volverán a hacer de las suyas. Entre otras cosas porque la empresa tiene los días contados. Cosas del karma.

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