Volvía a sentar cátedra. De nuevo. Ese parloteo incesante sobre lo mal que hacíamos los moldes que tenía que usar para sus bizcochos de mierda. Cómo, por nuestra culpa, nunca le quedaban como él tenía previsto. Que si las juntas no cerraban y se le escapaba la masa. Que si el dibujo tenía imperfecciones y por eso se le pegaban.

En la mesa ovalada que apenas cabía en la oficina, cada uno aguantaba como podía el cacarear sin datos para probar sus teorías y la impasividad del jefe una vez más. Mario, mirando la lluvia resbalando por la cristalera sucia. Diego, trasteando con un boli entre las manos. El jefe, revisando correos.

Alargué los brazos, agarré el último molde de pruebas que estaba sobre la mesa y le di en la cabeza. Sonó hueco. Cayó redondo sobre el bizcocho de limón que teníamos de muestra.

El jefe levantó la vista del ordenador. Me miró. El olor dulzón de la sangre llegó a mi nariz.

– Diego, llama al botiquín. Parece que Pedro no se encuentra bien.

– Claro, jefe.

Pasamos al siguiente punto del día. Mario se levantó, y se llevó el molde con él. El jefe volvió a revisar el correo. Una sonrisa cruzó su cara.

Pensé que era una pena perdernos aquel bizcocho. El de limón era el único que se salvaba. Pero de todos es sabido que la sangre y el limón, nunca han combinado bien.

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