Leche con pan migadito

Leche con pan migadito

La niña se mueve a saltitos por el sendero lleno de agujas de pino. Es domingo por la mañana. Ya ha sonado por dos veces la llamada a la Santa Misa en la capilla de San Miguel. Solo faltan los tres toques de campana que dan la entrada al comienzo del oficio.

El gorro le tapa parte de la trenza que cae sobre su chaqueta de los domingos. Va con el estómago vacío porque solo se puede recibir la comunión en ayunas.

Pero hace frio y todo su cuerpo añora leche caliente con pan de maíz migadito, tomado a cucharadas grandes, de esas que rellenan con gula las mejillas.

Primero va en busca de la abuela que cada domingo saca una hogaza redonda y costrosa cocida con lentitud sobre la piedra caliente de la chimenea, debajo de una tapadera cubierta de brasas. 

La hogaza ya está enfriándose sobre un paño áspero de lino, encima de la artesa. La levadura ha creado un pan grande, como la rueda de una bicicleta, con una cruz marcando su corteza. Una cruz dibujada por las manos de la abuela, amasada con receta casera y oraciones, refrendada con ensalmos para que el pan salga esponjoso y  alimente cuerpo y alma a partes iguales.

                                     » San Antón te levede,

                                      San Vicente te acrecente.»

La niña sospecha que la masa que crece es un milagro pequeño  y espera ver algún día un milagro grande. Algo como que Pepito El Pilas, que es un patoso,  un cagao y no se lava nunca por  miedo al agua, camine sobre la corriente oscura del rio Arnoia, como asegura  don Juan Antonio que caminó Jesús en un lago del que no recuerda el nombre.

O que le salga una verruga en la nariz a Manolón El Sapo, uno de su escuela que es un chulito y siempre le tira de la trenza.

O que su madre vuelva del cielo para poder decirle que ha sacado buenas notas, que ya escribe su nombre con letra bonita, derecha y sin borrones.

El mantón de luto de la abuela está sobre una banqueta. Es de lana gruesa. Las envuelve a ambas durante el interminable sermón, y hace más llevadero el frío y la humedad de la capilla.  Huele a alcanfor, pero no  importa. Se está muy bien recostada en su pecho, contra su corazón, oyendo los latidos sosegados, adormecida por el monótono murmullo de las oraciones. 

—Ruega por nosotros pecadores…

Hoy la niña tiene miedo porque se ha  tomado el tazón de leche con pan migadito, sentada a la mesa de hule marrón de la abuela. Si no va a comulgar, Don Juan Antonio le tirará de las orejas delante de todos los de la catequesis. Puede aguantar el tirón de orejas del señor cura, pero se le ponen tan rojas e hinchadas que todos se ríen de ella y  se pasan semanas llamándola Dumbo.

— La paz sea contigo — dice la abuela.

La besa en la frente, a la vez que le separa un mechón de pelo de la cara. Con las prisas no se ha peinado bien. No hay madre que le haga la trenza y la adorne con un lazo. De ella solo queda el cepillo del pelo, y un pasador de carey un poco antiguo que se pone en  Navidad, solo una vez , para no perderlo.

Se arrima más a la anciana. La abuela está delgada. La piel de la cara y de las manos se ve amarilla, los ojos bordeados de arrugas, rojos y cansados.

Cuando los que van a comulgar caminan hacia el altar, la niña se queda quieta en su sitio, paralizada.

—Vamos a comulgar, hija— dice la abuela, dándole un empujoncito para colocarla en la fila.

—No abuela, que no puedo—sisea la niña. —Que he desayunado.

—Tomar un poco de pan de maíz y algo de leche no es pecado— contesta la abuela — ¡Vamos! que Dios no se enfada, que es mi amigo. Ya le explico yo todo después.

La niña se deja convencer y se acerca a recibir la Hostia, temerosa de que al tomar la  sagrada forma, la  terrorífica imagen de San Miguel que aplasta sin misericordia al demonio en el retablo del altar, le envíe un rayo fulminador como castigo. 

—Podéis ir en paz.

—Damos gracias a Dios.

La niña respira con alivio. La misa ha terminado sin incidentes. Sonríe a la abuela cuando salen.

—Tengo que quedarme en la catequesis. Pero luego voy a comer con usté. ¿Qué va a poner hoy de comida?.

—¿Qué te gustaría?. Hoy te dejo elegir.

—  Carne guisada con patatas— dice la niña.

—Bueno, pues eso voy a hacer—contesta la abuela echando a andar.

Se vuelve lentamente cuando la niña la llama.

— Abuela. No se olvide de explicarle a Dios que hoy me mareaba de hambre y tuve que desayunar. Para que me borre el pecado de la lista, acuérdese de darle bien mi nombre: Anita Castro de siete años, que hizo la comunión el día 13 de Junio del verano pasado, fiesta de San Antonio. 

—No te preocupes, hija mía. Hoy mismo voy a hablar con Él. No olvides nunca que Dios y yo te cuidamos — dice  mirándola con tristeza.

La niña se queda un momento quieta, pensando si  correr a abrazarla. Después, moja los dedos en  agua bendita, se santigua y cruza la capilla hacia la sacristía.

A la hora de comer entra de nuevo en la cocina terrena. Hay un buen fuego bajo. Sobre un trébede, en una olla renegrida, se cuece un guiso que huele a quemado.

Roba un pellizco de pan de la hogaza que ahora está sobre la mesa de hule marrón. La abuela solo ha puesto plato y cubiertos para uno.

Con mucho cuidado retira con el atizador el trébede que sostiene la olla.  A la abuela nunca se le quema la comida. Es muy raro.

Cruza el patio y sube las escaleras. Nadie contesta a su llamada. Sobre una silla  de la sala descansa  el mantón  y en el suelo, las botas de invierno. Hay luz en el dormitorio. Ella está sentada al fondo, con la cabeza apoyada en el respaldo de la mecedora y los ojos cerrados. Una leve sonrisa le ilumina el rostro, que parece más joven. Las manos en el regazo sostienen una foto enmarcada. Reconoce el retrato de la abuela, el abuelo Darío y  de su madre, muy joven, que siempre está en la mesilla de noche. 

La abuela no se mueve.  Asustada, acerca el  oído al pecho en el que tantas veces se ha resguardado. No hay latido ni calor. Dos lágrimas le bajan por las mejillas. Se hace mayor de golpe cuando comprende lo que significa hablar cara a cara con Dios, de tú a tú, como un amigo. 

La abuela está con su madre. Es por su culpa. Por un tazón de leche con pan migado.

Una arcada hace que vomite los restos del desayuno y el trozo de pan que acaba de comer. Comprende, desde el entendimiento de su corta edad, que hay olores y sabores que se asocian tanto a los recuerdos que parecen fundirse con ellos. Y que no siempre lo que alimenta el cuerpo es  generoso con el alma. 
Aún no sabe que ningún otro pan que pruebe en el futuro podrá saciar su hambre.

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