Cuando llegó a mi reunión de cumpleaños, contuve la respiración. Llevaba su hermoso pelo azabache en moño, de manera que realzaba un rostro canela y unos mágicos ojos negros. Por si eso fuera poco, un intenso carmesí adornaba sus labios. Vestía un body noventero cubierto con una chompa blanca tejida a croché. Su delgada figura era moldeada con unos jeans ajustados, lo suficiente como para apreciar sin esfuerzo una cintura que podría haber cabido entre mis manos.

El mundo simplemente desapareció para mí.

Recuerdo haber estado conversando muy juntos en la cocina, alejados de todos. Yo no podía creer ni lo mucho que había cambiado ni la suerte que tenía yo, simple mortal, por estar gozando de su compañía de manera exclusiva.

Recuerdo mirarla embobado, sin interesarme por disimular la intensidad de mis sentimientos. Las risas iban y venían y la reunión no era más que un runrún incomprensible de fondo.

Entonces me precipité. Su rouge encendido me tenían hipnotizado con aquella manera traviesa de saborear las palabras antes de posarlas, cual campanillas, sobre mi alma. Al buscar con torpeza sus labios, alzó la mano para mantener la breve distancia que nos separaba. Temí haber perdido su confianza y decidí no presionar más, contrariado.

En ese momento ya sonaban pasos de baile en la sala, así que fuimos a sumarnos a la marea de cuerpos en exploración. Bailamos sí, pero no por mucho.

Sin previo aviso, aquellas manos que antes habían marcado distancia se posaron en mi pecho, aquel rostro canela tomó un cariz misterioso al liberar su cabello y aquella grácil silueta se hizo una sola sombra con la mía. Lentamente, sus mejillas rozaron mi rubor, hasta que su aliento saturó mis oídos. Sus ojos me negaron su profundidad, el ardiente carmesí de su boca se montó en la mía y nuestras lenguas se abrazaron.

¡Qué sentimiento embriagador! ¡Qué sublime milagro humano es aquél que colma el espíritu con el fragor de dos cuerpos! ¡Qué belleza la de dos seres que se reencuentran y que reciben el sello del ansia satisfecha, del temor vencido, de jamás tener que lamentar un “pudo haber sido”!

A lo mejor es mi orgullo el que pretende hacerme recordar voces de admiración y aplausos en aquel momento. ¡Iluso! ¿Acaso podría recordar algo que no sea su cuerpo calentando el mío, su lengua domando a la mía o su cabello oscuro inspirando ya mis primeros versos?

Fue una noche maravillosa, aunque luego de aquello lo nuestro no siguió. En algún verano terminé, sin saber cómo, de su chaperón playero. Verla ahí bronceándose con su bikini naranja fosforescente que hacía un contraste de infarto con su piel morena, era impagable.

Jamás volvió a darme pie para volver a probarnos. Aún hoy, cada vez que la imagino en aquellas heladas tierras a las que decidió emigrar, busco olvidarme de su lejanía recordándome que, por lo menos una vez en la vida, tuve el honor de conocer su boca, su calor y un atisbo de su infinita capacidad para amar.

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