Era lunes 14 de julio de 1969, el cielo lucía opaco y los ciudadanos escuchaban noticias de deportes a esa hora de la noche. Noticia de última hora, “Es necesario que el país se quede sin luz, siguió diciendo el joven locutor, nos atacan, 8000 mil soldados salvadoreños han invadido a Honduras, repetía insistentemente, su voz temblaba por los nervios, fuimos sorprendidos; se le pide a la sociedad que tenga calma” Hubo un silencio sepulcral por varios minutos al instante que todo el país estaba en oscuras. Las casas empezaron a iluminarse con los candiles que poseían o con velas, algunos, especialmente las mujeres y los niños se escondían debajo de las camas, otros llegaron a tal extremo que se refugiaron en las tumbas vacías de los cementerios.

Don Lelo Suazo, quien fuera miembro activo de la huelga del 54, contaba con más de cien años y todavía era un roble un ejemplo para las nuevas generaciones, parecía que él había matado el mismo cronos, dios del tiempo, se paró del viejo sillón de madera, pensó en su amigo don Salvador, oriundo del vecino país !Dios lo salve! Dijo el viejo, apagó la radio; tomó su bordón apoyándose en el suelo, se quitó el sombrero de junco, regalo de su amigo salvadoreño, sus piernas temblaban al momento de pararse, no podían sostener al anciano que medía casi dos metros, lentamente, caminó a la puerta de su casa, era una puerta vieja que al abrirla rechinaba muy fuerte y el sonido se escuchaba desde lejos. El anciano salió a media calle; volteó la mirada al cielo y no vio nada, esperaba ver los aviones que iban y venían tirando bombas, patrañas exclamó con voz colérica y se volvió a introducir a su casa, pensaba en su hijo, Honorio Fernández, soldado militar del Batallón de Ingenieros de Siguatepeque.

La noche de 1969 estaba cálida, 2500 soldados luchaban contra la invasión, mientras la gente dormía sin enterarse de lo que estaba sucediendo en el país. Todavía no empezaba la guerra entre las dos naciones. Al pueblo entero sólo le interesaba el mundial de fútbol de 1970 y preocupados por si ellos llegarían a tal competencia.

El coronel mandó llamar al soldado Honorio Fernández, le dijo usted hoy en la noche saldrá a la frontera a sostener el ataque, haga sus preparativos, expresó el mayor. El joven soldado con voz tenue contestó sí señor, y regresó a su barraca, recordó que se había ese día hecho novio de Angustia Soledad, muchacha campesina, humilde y de buen corazón, tengo que escaparme hoy para verla y darle la noticia que me voy a la guerra, así lo pensó y con la ayuda de sus compañeros que sabían el idilio entre los jóvenes, se prestaron ayudar al soldado para que esa noche se escapara del cuartel.

La joven sorprendida miró a su novio y con admiración le preguntó qué hacía en horas de la noche en su casa, solamente la abrazo besándola en la mejilla, suspiró y después de tomar aire le dijo que tenía que irse a la guerra, prometiéndole que en cada momento le escribiría lo tanto que la quería. La mujer dejó caer unas cuantas lágrimas al suelo entre llanto y abrazos se despidió de su novio, lo santiguó y la silueta del enamorado se desvaneció poco a copo en la oscuridad de la noche.

Honorio con sus compañeros fueron los primero en posesionarse del territorio, su misión era diseñar un mapa estratégico para poder atacar, el soldado enamorado, de su bolsa derecha sacó un lápiz de carbón y una libretita color verde como su uniforme y escribió unas cuantas líneas “Llegamos bien amor, ya estoy listo para morir o vivir, pero me cuidaré por ti” era la primera hora de haber llegado. El sonido de los aviones se escuchaba muy cerca, a unos cuantos metros de distancia se escuchó la voz suave de un soldado que expresó angustiado, sargento, le dieron al cabo Díaz, el sargento lo vio fijamente a los ojos, tranquilo dijo ya no hay nada que hacer, sigamos en parejas. Eran casi las seis de la tarde, las luciérnagas alumbraban el espacio entre la vida y la muerte. Los soldados caminaban en la oscuridad acercándose a la línea fronteriza del Salvador, a lo lejos se escuchaban disparos dispersos, Honorio levantó la mano derecha haciendo una señal para que sus doce soldador a su mando se detuvieran, entre ellos estaba el amigo del sargento Sebastián Alcerro, ellos se habían hecho un juramento que si uno de ellos moría, el que moría tendría que cuidar al otro. Entrada la noche, el sargento ordenó a sus soldados que descansaran y pasaran la noche en la colina del cerro, todo se escondieron en medio de los matorrales, menos Honorio Fernández, que se quedó escribiéndole a su novia, la luz de la luna, cómplice del amor que se profesaban alumbró con más luminosidad. Entre líneas cortas se veía lo que el soldado escribió “ Tengo miedo de morir en esta guerra absurda, nos mandaron a quema roma esos oligárquicos que quieren apoderarse de las tierras, con esa tal reforma agraria que se han propuesto, pero ordenes son ordenes, imagínate que de nuestros jugadores no sabemos nada, dicen que esa es la causa de esta guerra, pero yo creo que no, aquí en la frontera los campesinos dicen que por posesión de tierra, total sólo ellos saben, yo siguieré tratando de sobrevivir, he perdido a uno de mis soldados, con tan mala suerte que un tiro le dio en la frente, Dios lo tenga en su gloria” escribió al momento que colocaba el fusil en una piedra reclinando la cabeza en el suelo quedándose dormido.

Sargento, sargento, los tenemos cerca, levántese, si no aquí quedamos, como un rayo el sargento tomó su rifle indicando que se desplegaran y que dispararon a discreción, hacia frio, algunos disparos no fueron acertados, por allá van se escuchó la voz de otro soldado que gritaba calorosamente. No había bajas, seguían los once vivos.

Amanecía, el sol con el día miércoles, los soldados tenían sueño y hambre. Los soldados salvadoreños en cuarenta y ocho horas habían penetrado 10 kilómetros en el territorio nacional, era el informe que se decía en cadena nacional.

Hacía un sol rechinante, Honorio volvió a tomar el pedazo de papel y escribió unas palabras a su novia “Hoy vi la muerte de cerca, pero sigo vivo” terminó, estaba cansado ya eran tres días de estar al margen entre la vida y la muerte.

Honorio Fernández, sentía frio en la cima del cerro, que hace algunas horas permanecía nublado y húmedo, eran las cinco de la mañana, los otros soldados seguían vigilando, el sargento introdujo la mano en su bolsa y con el pedazo de lápiz y un papel arrugado que apenas se podían apreciar las letras borrados por el sudor de su cuerpo, mi sargento dijo un soldado con una cámara en su cuello, llame a su pelotón necesito tomarles unas fotos expreso, los once jóvenes soldados posaron para el fotógrafo, unos sonreían, otros con caras de preocupación simularon una risa fingida ¡hora de irse! Dijo el sargento, cada quien tomó su rifle y en fila marcharon a la cima del cerro, les esperaba otro encuentro con la muerte, era el día cuarto. La guerra entre Honduras y El Salvador es en el fondo consecuencia de una lucha entre las clases dominantes de los dos países le escribió el joven enamorado a su novia que ignoraba los asuntos políticos entre las naciones.

Llegaron dos notificaciones papá, expreso la joven, dicen que tienes que entregar sus posesiones al gobierno o al alcalde y tenemos que salir lo más pronto posible de este lugar, el señor ya entrado en años tomo el papel lo apretó fuertemente con su mano derecha y lo tiro a la calle, lo que quieren es robarme mis tierras dijo, y re recostó en una silla junto a la puerta del patio.

Amanecía el día viernes 17 de julio de 1969, don Lelo, muy de mañana, encendió la radio “vamos ganando” decía el locutor, son pocos los muerto nuestros, ellos son más, concluyó. Inocentes dijo el viejo, los dos países han sido títeres de los grupos de poder, ¿Por qué no van ellos a morir por la patria? sino que mandan a los soldados a que mueran por ellos” terminó diciendo muy molesto por lo que había escuchado en la radio.

En la noche oscura cubierta por el miedo y el pánico un avión salvadoreño voló sobre la ciudad de Tegucigalpa y arrojó una bomba. Todos la oyeron, la gente elevó la mirada al cielo pidiendo piedad y protección a Dios. Las montañas cercanas repitieron el eco del estallido. El pánico abrazó a todos los de la ciudad. La gente huyó a sus casas; todos los negocios cerraron, muchos carros fueron abandonados en medio de las calle. María Eduviges Arqueta, corría apresuradamente gritando ¡Mi niño! ¡Mi niño! Un silencio se apodero de la ciudad, las luces se apagaron, la ciudad había muerto de miedo y Honduras se hundió en la oscuridad.

En uno de los cerros de la frontera entre Honduras y el Salvador de debatían a muerte los dos bandos, los soldados a cargo del sargento Fernández, luchaban como fieras feroces y así poco a poco fueron cayendo uno a uno hasta solamente quedar seis soldados de los once que empezaron a luchar, el ataque duró más de media hora, Honorio seguía vivo, pero su mejor amigo había muerto, ellos retrocedieron hasta que los aviones de la armada aérea hondureña replegaron el ataque, agotados por el ataque los soldados se escondieron en una zanja hecha por ellos mismos como refugio quedándose profundamente dormidos, solamente el sargento permaneció en guardia toda la noche aprovechando para escribirle a su amada, casi no veía las letras, la noche era oscura y su foco de mano no alumbraba lo suficiente. Ya casi no tenemos municiones escribió, se nos acaba la comida, tengo los pies hinchados de subir y bajar cerros, a veces quiero renunciar a la vida, pero prometí volver a verte y eso me da fuerzas a seguir viviendo, concluyó.

En el territorio seguía el toque de queda, apagaban las luces a las seis de la tarde, los feligreses se alumbraban con candil, velas y ocote, la gente no dormía, permanecía en vela orando y rezando a la Virgen de Suyapa para que el conflicto terminara. La noticia del día era que las personas salvadoreñas ya habían abandonado el país y que las tierras ya pertenecían a los hondureños, fue el titular de los periódicos de la capital.

Era sábado, y casi el medio día, los viejos fusiles sucios y mojados por el sudor, testigos de los caídos en combate, ya no querían responder a los ataques Honorio Fernández y seis soldados sobrevivientes, sonreían al saber que podían regresar a casa, el comandante le dio la orden, ellos se arrodillaron, lloraron agradecieron a Dios por haberlos dejado vivir.

Al llegar a Siguatepeque, el sargento Fernández, saltó del camión, pidió permiso para salir a ver a su novia, eran cien horas de amor y de desesperación por verla, con uniforme y todo, llegó a la casa de su amada, pero no había nadie, tocó la puerta insistentemente sin respuesta,  su amada se había marchado y sólo de dejo un beso de recuerdo.

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