Todos los días, don Octavio come en el Club Náutico y la señorita Vidal donde «La Paqui», a 6,50 el menú. Él pide una vichyssoise y, de segundo, besugo al horno . «¡Si no es de hoy, no te molestes!», grita al camarero chascando los dedos.

Siempre llega a la oficina unos minutos después que la señorita Vidal. Ella trabaja absorta en el ordenador y don Octavio pasa a su lado aspirando profundamente. Los agujeros de la nariz se le dilatan: lentejas y pescadilla rebozada… ¡no!, al ajo arriero y sonríe satisfecho. Ya en su despacho se la imagina sola en una mesa, soplando suavemente las lentejas calientes; sonríe al adivinar como quita las espinas y se deshace de una de entre los dientes.

En otras ocasiones se le mezclan los aromas y no logra descubrir inmediatamente el menú, así que la llama al despacho. «Enseguida, don Octavio».

Él camina a su alrededor, oliéndola al principio con disimulo, mientras dicta pedidos y albaranes . La impaciencia crece y se acerca para dibujar círculos alrededor de la cabeza de la señorita Vidal, que consternada, se compone la falda. ¡Por fin lo descubre! ¡Menestra de verduras y san jacobo!

Triunfante la despide y piensa, que un día debería invitarla a comer. De primero, un tataki de atún rojo con balsámico de aceite y jengibre; después, perdiz escabechada y boletus caramelizados. Casi puede ver como muerde la piel blanca de la perdiz y entrecierra los ojos con el sabor agridulce. Don Octavio, también tiene cerrados los suyos.

Al lunes siguiente pasa por su lado, aspira, huele y nada. La llama al despacho con una excusa cualquiera, sin embargo no percibe ningún aroma. Se mueve a su alrededor mientras las fosas nasales aletean deprisa, busca una fragancia que no encuentra. Con la punta de la nariz roza algunos cabellos, pero nada. La despide embarullado. ¿Quizá sea él?, ¿estará constipado? Respira profundo y se suena. No parece ser el problema, por si acaso, se hará lavados nasales. La tarde siguiente ocurre lo mismo: don Octavio comienza a dibujar círculos alrededor de la cabeza de la señorita Vidal, revoloteando como un abejorro, sin importarle que ella, presa de la confusión, ya no sepa a qué tecla dar. ¡No puede más! ¡Es insoportable! «Señorita Vidal, ¿qué tal ha comido ?». «Como siempre, don Octavio, gracias por preguntar» responde con un hilo de voz a punto de romper.

A solas en el despacho navega sin rumbo. «Me engaña, miente», masculla. «¿Qué hace? ¿Por qué no come?» Dibuja incomprensibles garabatos y repite: ¡mentirosa, mentirosa, mentirosa!

Tras pasar la noche en vela, se levanta decidido. ¿Qué más puede hacer?, se convence. A mediodía comprueba, agazapado detrás de un buzón, que un joven la recoge y la saluda con un beso demasiado cerca de la boca.

Por la tarde la señorita Vidal encuentra una nota: «Me he ido a casa, no me encuentro muy bien, creo que estoy enfermando. Como siempre, lo dejo todo en sus manos. Atentamente don Octavio.»

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