Dos quecas y un atole por favor

Dos quecas y un atole por favor

Seis calles cuesta arriba, encaminando mis pasos en dirección al Sol, con sus rayos suaves acariciando mi tensa espalda, y aquel ligero viento que zangolotea mis cabellos rizados, aún guardó en ellos el olor a camelina alborotada y en mi pensamiento cada paso de mi andar diario en aquella comunidad escondida del territorio Michoacano; atrás de las tres montañas que forman la figura del caballo, allá donde las noches son iguales a los días, y los días pasan lentos por la falta de actividad, allá donde parece todo ser eterno porque nada cambia, nada se transforma, nada se va, Allá donde doña Camelia saca su mesa muy temprano «pa´ que no se peguen las cobijas mijito», allá donde prende su asador cuyo aroma informa que ya comenzó el día (incluso antes que el cantar del gallo).

Cuentan los vecinos que lleva haciéndolo 20 años ¿Sus hijos? ya crecieron,y su amor,…su gran amor se ha marchado. Muy temprano en la mañana, poca gente se acumula, pero al transcurrir el tiempo y con el paso de las horas, la gente se amotina, curiosamente se ha corrido el «mito», la mayoría de los turistas que se asoman al poblado, antes de llegar a Cuanajo «el pueblo mágico de la madera», el pueblo arruinado, el pueblo olvidado… se detienen un momento, solo para visitar a la gran dama de larga nagua y andar cortado, manos arrugadas y ojos tristes que sonriente prepara su manjar.

– «Dos quecas y un atole por favor»- se escucha de repente, y una mano taciturna se puede divisar. ¿turno? no se saca, pareciera que todos conocen la rutina.

Casi a diario viajo, mis seis calles cuesta arriba, guiando mis pasos en dirección al Sol, una vez llegada, tomo la esquina de siempre, justo en aquella mesita que se mueve «acomodada» en el rincón con una pata mas corta, si no tienes cuidado correrás el riesgo de tirar el café, espero unos minutos… el olor de maíz cocido invade mi pensamiento, mis entrañas discuten entre tomar el café de olla o aquel rico atole que, mezclado con agua, te llevan a la gloria.

El murmullo no calla, risitas por aquí y que, mas allá, juegan curiosas perdiéndose en la cercanía de las conversaciones, pese a lo complicado que pueda estar mi día y lo agría que pueda ser mi noche, hay algo que puede regresarme a la tranquilidad: el dulce sabor de la tortilla caliente mezclada con el queso fundido, y aquella salsa que, molida con chile bravo,le ayudan a tu gusto a aterrizar en el mundo ¿Los granos de elote? bueno… si los combinas con las rajas de chile poblano te darán un sabor inigualable – ponle cebollita – dice doña Camelia -Pa´que valga el viaje -. Tiene razón ¡Para qué subir seis calles sin probar las cebollitas!

Y así, seis meses he cumplido, viviendo abajo de la sombra de este lugar perdido, heme aquí en esta simple esquina pidiendo «dos quecas y un atole por favor»

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