Con sabor a recuerdos

Con sabor a recuerdos

Al volver a casa después de trabajar, mi madre viendo que temblaba de frío, me propuso tomar una taza de té. Vi en ella una sonrisa de felicidad, que hacía mucho tiempo no mostraba. Era la visita de tía Ester, la sorpresa que me esperaba. Primero sentí un aroma conocido que llegaba de la cocina, pero luego sin saber me asomé y me lleno el alma de alegría, hacía mucho que la esperábamos. En la cocina se encontraba para sorprenderme con el sabor incomparable que solo ella sabe preparar. La abracé como lo hace esta sobrina regalona de la tía.

Es mi madrina y siempre me dio todos los gustos, hasta que se fue a formar su familia a la Ciudad de Córdoba. Ester es hermana de mi madre. Solo ella heredó ese don de hacer una receta, tal cual la elaboraba mi abuela. Son unos bollos, redondos y abultados, que se llaman magdalenas. Es una obra de arte. La misma receta la misma textura y el gusto inconfundible del dulce de membrillo rellenando el centro. Muy pronto olvidé el cansancio acumulado del día. Me llevé a los labios una cucharada de té y el primer trozo de magdalena. Pero al mismo instante en que aquel trozo, tocó mi paladar, me estremecí. Fijé mi atención que algo extraordinario ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió. Me convirtió mi vida en una niña. Saborea mi paladar una sensación inolvidable. La esencia familiar que estuviera en mí, es que era yo misma. . ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y la magdalena. Bebo un segundo trago, que me dice mucho más que el primero. Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor que tenía el pedazo de magdalena que mi tía me ofrecía, después de mojado en su infusión de té verde.

Los domingos por la mañana, mi entrañable abuela, se levantaba de madrugada para fermentar la levadura con leche tibia y azúcar. Luego lo dejaba arriba de la cocina a leña para levar. Hacer los bollos rellenarlos y luego freírlos en grasa de cerdo bien caliente.

Ver las magdalenas me recordó todo, antes de que las probara. Quizás porque había visto muchas en las pastelerías, su imagen se había separado de aquellos lejanos días, era enlazarse a otros mas cercanos.

Esos recuerdos por tanto tiempo abandonados llegaron a mi memoria, pero todo sobrevive nada se va desintegrando. Cuando nada subsiste ya de un pasado, cuando han muerto los seres queridos y se han derrumbado las cosas, somos más frágiles, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca. El olor y el sabor perduran mucho mas y recuerdan, aguardan y esperan sobre las ruinas de todo, soportando sin doblegarse una enorme nostalgia. En la cocina es igual, la receta es la misma, solo se cambia de chef, de generación. El ritual de la comida es siempre una experiencia que tocará cada uno de nuestros cinco sentidos.

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