Todo su cuerpo me supo delicioso hasta que probé su alma. Tenía cierto sabor a despedida que no me gustó. Acepté su invitación, a pesar de la amargura que eso podría implicar: era casado. Lo supe porque no se preocupó por ocultar su argolla. Mis papilas gustativas lo reclamaban y eran más fuertes que mi poca inteligencia emocional, siempre buscando imposibles, apostándole al fracaso. Nada lograba quitarme el deseo de cubrirlo con ralladura de coco dulce y un poquito de crema batida. Aquel día tocaba literatura erótica. Yo no tenía idea de escribir, ni él de leer, pero no pudimos dejar de mirarnos; yo recitaba a Kavafis, él repetía a Safo y solo pensábamos en Sade.

Esa noche nos encontramos en un cafecito, al lado de la universidad. Nuestras rodillas se rozaban mientras nos burlábamos de la seriedad del profesor. «Yo vine a divertirme…pero contigo», me estremecí mientras lo veía apagar el celular y su mirada se posaba ávida en mis labios: “son como una Crème Brulée, suaves, dulces, deliciosos”. Le pedí, con voz entrecortada, que los flameara de una vez y entramos en ebullición.

Lo que siguió fue un banquete de caricias. Nuestros cuerpos hervían, sus palabras parecían de miel, aunque solo eran syrup barato; a veces cuesta reconocerlo. Al llegar el amanecer solo quedó pan y agua.

Nunca volvió. Con un escueto mensaje me contó que su esposa lo había descubierto, pero mi apetito por él no me daba tregua. Imaginaba mil recetas donde su piel era la proteína, sus promesas los carbohidratos y su matrimonio la detestable grasa.

«Si no puedo hacerte el amor, tendrá que ser la guerra», dije descorchando otra botella. Comencé por su corazón. Primero lo herví esperando que no quedaran rastros de “ella”, luego lo adobé con especias: hierbabuena, que me recordaba su olor, un toque de curry para darle picante y quínoa para seguir en la onda saludable. Reservé sus labios en Amaretto y Jerez para el postre; encebollé su hígado y puse sus ojos en conserva, para que solo me miraran a mí…

Desperté temblando. No pensaba con claridad, solo sabía que tenía que hacerlo, así mi cuerpo tendría paz y dejaría de añorarlo. Oculta en la oscuridad y con el cuchillo de rebanar en la mano, los vi llegar. Su esposa se bajó del auto y luego él, mi manjar. Una diminuta mata de rizos rojos lo abrazaba, ciega de rabia avancé hacia ellos.

Estaba agotada y no podía encontrar el asiento J8. Por fin lo conseguí y me senté pesadamente. La chica a mi lado refunfuñaba porque quería estar con sus padres, era lo malo de la clase turista.

—¿Quieres estar con mamá? —le pregunté con desaliento.

—No, con papá —contestó secamente.

—Si quieres cambiamos —dije levantándome—. ¿En que asiento está él?

Me acerqué a su puesto y mi corazón se detuvo. Mi placer culpable me dio las gracias sin reconocerme, sin saber que esa mujer que olvidó pudo cocinarlo pero prefirió superar su obsesión y escribir un bestseller.

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