Desayunos en el campo

Desayunos en el campo

Rosemberg

01/08/2020

La luz del amanecer lentamente se filtra por las ventanas; y el frío de la noche, aún, se hace presente en cada rincón de la casa. 

Llegamos de madrugada, después de un largo viaje. Arribamos al lugar donde debíamos pasar dos meses de vacaciones. 


La puerta del cuarto entreabierta, tardo, dejando pasar, filtrada la claridad; y en el fondo, en el solar, se percibe una silueta,  mirando hacia el horizonte, como queriendo buscar algún recuerdo presente. 


Era Rosendo Buendía, el celador del aposento; y,  quien, como era costumbre, se paraba muy temprano a atizar la leña ardida del fogón de cocinar; y así poder preparar un buen café colombiano. 


El aroma del fragante líquido, que invade toda la casa, mezclándose con el olor silvestre que despide el monte y el mastranto; y en su transitar la brisa, trae la esencia del ganado, la bosta y el eucalipto, que emana de un bosque cercano. 


Ahora, ya levantado, tomo una taza de café, y me dirijo al solar, donde después de saludar, me dispongo a hablar del viaje. 


Con la luz del nuevo día van despertando, de a poco, agotados los presentes; reflejándose en sus rostros una sonrisa divina, que es lo que la casa aviva, por la paz en sus orillas. 

Ya, en la brasa bien caliente, las damas preparan café y entre las piedras, el budare, se calienta a fuego intenso, para montar las arepas, los panes y los aderezos. 


Roto el silencio de la noche, entre anécdotas del viaje y Cantos,  se va llenando el espacio de voces y comentarios. 

La cocina, frente a un comedor muy grande hecho de maderas de pino y amarres, donde nos reunimos todos para poder apreciar lo que en el anafe atañe. 

Janina, amasando la harina y María moldeando la masa, con sus brazos levantados, girándola suave en sus palmas, dándole forma a la pasta, redonda y plana en los costados; ya, el objetivo logrando, las deja caer al budare, para, así, iniciar su asado. 


Mientras tanto, en la mesa sentado, preparo los ingredientes: los tomates y el pimiento, la cebolla y perejil picado;  y Rosendo, en un recipiente, revuelve los huevos a un lado. 


Ya listo el picadillo, vaciamos todo al caldero, poniéndolo a fuego lento; y cuando crece la tortilla le adherimos queso de año, para suavizar un poco y dar un buen gratinado.


Ahora tenemos un concierto de colores, sabores y aroma, donde el humo del fogón se funde con la tortilla, los asados y el café, con leche aromatizado y unos panecillos, dulces, para endulzar la faena. 


Los comensales, esperan, mientras Janina sirve la mesa, colocando una fuente de arcilla con la tortilla y las arepas; y, en bandejas de madera,  raciones de pan y mantequilla, y en unas copas más pequeñas, mojito de aceite de oliva con pulpa de tomate fresco y sal marina. 

Ya sentados a la mesa y ofrecida la oración del día, se disponen a iniciar la fiesta… 

¡Buen apetito!


Se escucha, 

Como un eco….

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