Olor a cálida bienvenida

Olor a cálida bienvenida

Alex O Connor

26/07/2020

El olor a frutas y hortalizas invadió mi nariz al entrar en el establecimiento. Tras unos eternos minutos esperando, al sol, en la cola de afuera, fue todo un alivio poder entrar. El aire fresco golpeó mi piel. Una maravilla, si no fuera por la asfixiante mascarilla.

Un señor mayor hacía sus compras en el mostrador. Esperé, pacientemente. No me importaba, con tal de no derretirme en la acera.

Cuando se dirigió a la salida, moviendo el aire en mi dirección, su perfume pujó por escaparse. Inundando mis fosas nasales.

Olía a abrazos cálidos, eternas conversaciones literarias y noches ante la chimenea.

La imagen de mi abuelo, sonriéndome, se formó en mi mente. Él abría sus brazos hacia mí, invitándome a una apacible velada en su casa.

–Chico, no tenemos todo el día.

Sacudí la cabeza, regresando al mundo real. El frutero me esperaba.

Caminé, con pasos torpes, hasta la línea a la que podías aproximarte.

¿Qué había venido yo a comprar? Miré los productos. Los llamativos colores saltaron a mis ojos, como si todos quisieran ser comprados. Amarillos, naranjas, verdes… No sabía distinguir lo que estaba viendo. Lo que buscaba. La imagen de mi abuelo se había quedado demasiado estancada en mi mente.

Yo estaba con él, tomándonos un amargo café, junto a mi abuela; no en la tienda.

Terminé pidiendo aquellos productos que siempre solían faltar.

No sé dónde dejé la bolsa cuando llegué a casa. Al ducharme, las gotas enfriaban mi piel, calmándola tras aquel ajetreado día. El jabón dulzón impregnaba la estancia. Pero la nebulosa en mi mente no me dejaba apreciar aquel instante. Quería irme, estar en otro lugar.

Me dejé caer, abatido, en mi cama. El colchón se hundió bajo mis muslos. La almohada se acomodaba, lentamente, al peso de mi cabeza.

Cerré los ojos, dejando que la oscuridad me embriagara. Conocía un ejercicio que siempre me ayudaba a relajarme.

Comencé a tamborilear en mi pecho, alternativamente, mientras recreaba una imagen en mi mente. Me solía retirar a mi lugar seguro: una casita en el bosque. Sin embargo, en aquel momento, había un lugar al que todos mis sentidos querían volar.

Poco a poco, fui construyendo la sala de estar de mis abuelos. Él, en su butaca blanca. Ella, en su antigua mecedora. Dejé escapar el aire, despacio, mientras mis músculos se relajaban contra el mullido asiento. Entre nosotros, estaba su mesita redonda, con tres tazas de café y algunos hojaldres.

Mi abuelo hablaba, con esa grave voz, tan cargada de sabiduría, que siempre me había llenado de confianza. Mi abuela reía, con ese tono de alegría, que iluminaba mis noches más oscuras.

Tomé mi taza, viendo el poso casi vacío. Cuando era pequeño, mi abuela siempre guardaba el final de su café, echándole más azúcar, para mí. Eché más cucharadas, queriendo regresar a aquella época, a ese sabor. Cerré los ojos, para que el café se uniera al olor de la estancia: olor a cálida bienvenida.

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