A fuego lento

A fuego lento

Caballo blanco

23/07/2020

La melodía de su burbujeo te había mantenido alerta. Debías cuidar la fuga exacta de vapores, no más, de lo contrario, la consistencia y el aroma del potaje se chafarían.

En esas andabas al tiempo que ordenabas el dormitorio, perseguido por la esencia que invadía tu piso.

—¡Pero que bien huele ese guiso, chiquillo! —clamó una vecina por el patio.

Quedaban escasos minutos para que apareciera, y tu madre fue siempre exageradamente puntual; efecto de ser una persona formal. Yo lo sufrí bien. 

En tu caso, era la primera vez que ella visitaba tu casa desde que decidiste independizarte, y necesitabas mostrarle tus progresos.

Aún te faltaba asear el baño y no querías emplear ese líquido multiuso que dejaba un intenso grito de limón; disfrazaría el olor de tus lentejas.

El tiempo apremiaba. Lamentaste haberte acostado tarde y es que, desde que te cambiaron el tratamiento de tu TDA, descansabas mal y la procrastinación invadía tu voluntad.

«¿Me habré pasado con el comino?». Especulaste, al tiempo que reponías las toallas del aseo.

Un poco antes, te habías acercado a la cocina, observado el brillo en el hueso de caña y añadido otra pizca de sal; siempre la sal.

«Estupendo. Le faltan doce minutos». Fue tu conclusión.

Estabas ansioso, y eso en cocina se paga. 

Hijo, en ese momento deseé hacerme visible para poder ayudarte, pero aún no tengo mis alas. De ser así, te habría insistido en que probaras esas lentejas; estaban en su punto, la sal le sobraba. 

Mientras reunías sábanas y toallas para dejarlas en el cesto de la ropa sucia, dejaste de oír aquel gorgoteo. De igual forma, el aroma que durante un buen rato anduvo removiendo tus jugos gástricos se había eclipsado, y también ese vapor húmedo y balsámico acabó por oscurecerse.

—¡Huele a quemado! —gritaste.

Entraste en pánico y lanzaste sábanas y toallas al suelo. Resbalaste al pisar no supiste bien qué. Al caer, te golpeaste en el hombro con la base de la aspiradora. Te levantaste a toda velocidad. Te dolía el golpe, sangrabas y al girar, para entrar en la cocina, abriste los ojos, espantado.

—¡Que se te queman las lentejas, chiquillo! —se lamentó esta vez la vecina—. ¡Vaya pena!

El humo que salía de la olla era gris. El olor delataba que el potaje de lentejas estaba chamuscado, irrecuperable y, al apartar la cazuela del fuego para destaparla, lo constató su color marrón y negro, como un mal tizón.

—¡Dios! —te lamentaste, tapándote la cara. Olvidé bajar el fuego! —reconociste.

Intentaste que la cocina no saliera ardiendo. Abriste todas las ventanas para ventilar la casa y, en ese momento, llamaron a la puerta. Era tu madre. Al verte, sonrió. En su rostro no lograste leer ni el más mínimo reproche; tu madre, desde que perdió el olfato tras aquel accidente de coche en el que perecí, siempre cocinó tanteando el sabor. 

—Hijo —te dijo, entregándote un táper de cristal—. Te he traído unas lentejas con chorizo. Sé que te encantan.

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