Yema Quemada

Yema Quemada

Piky Pelaez

07/09/2020

Mi abuela era mágica. Todo en sus manos se volvía posible. No usaba hechizos, pócimas o una barita. Tenía el preciado don de transformar lo que tocaba en algo sabroso y encantador.

Por Ej: «a los trajes viejos con olor a naftalina»; los convertía con su máquina de coser en floridos vestidos de princesa con perfume a rosas. 

A los «restos de lanas apolilladas con olor a moho»; les daba vida en muñecas de trapo de largas trenzas con coronas de frutos silvestres y aroma a jazmines. 

A las «sábanas gastadas»; las adornaba con pinturas de frutales. Por las noches, arrullaban nuestros sueños mientras olíamos el perfume de los duraznos y frutillas bordados en ellas.

Entre tantos sabores y olores, lo que más nos atrapaba de la abuela era lo que hacía en la cocina.  Sin dudas su lugar predilecto. Bueno…creo que el de todas las abuelas.

De acuerdo a la receta de ese día, nosotros sabíamos a que sabrían sus besos. Que aroma tendrían su piel y su pelo gris.
Un día; la abuela olía a azúcar. Otro; a miel. Al siguiente; a cacao, mantequilla o tostadas…. 

Esa mañana, nos reunió a todos en la cocina diciendo que finalmente revelaría su más preciada receta: «la yema quemada con sabor a ron». 

Era un postre que, como por arte de magia, convertía  un día triste y monótono, en otro divertido y lleno de risas. Algo tenía esa receta que despertaba en nosotros esas emociones. Con los años supe que era el ron el que nos ponía tan dicharacheros.

La abuela ya estaba vieja y muy enferma. Quizá por eso decidió revelar la receta.
Nos llevó a todos a la cocina. Nos sentó alrededor de la mesa y comenzó a sacar distintos alimentos de unos frascos rotulados: «azúcar», «leche», «huevos», «maicena», «ron», «aceite», y «fósforos».
– ¿Saben cuál es el ingrediente principal de ésta yema quemada? – preguntó.
– ¡Los huevos!– dijo mi hermano mayor.
– No – respondió.
– ¡La leche! – dijo mi hermana menor.
– Tampoco -contestó.
– ¡El ron!- dije yo.
– ¡No!-insistió.

-El ingrediente más importante es el amor con el que hagan la receta. Si le ponen grandes dosis de cariño, siempre será un manjar.

¡Vamos a prepararla niños! ¿Listos?
– ¡Sí! – gritamos al unísono.
La abuela nos iba explicando de que manera se obtenía la base para la tortilla de yemas y al mismo tiempo ponía un sartén rociado con aceite sobre el fuego. Luego añadía la mezcla que olía a almíbar perfumada por la esencia de vainilla. ¡Y a esperar que se cocinara de un lado! Cuando estaba a punto, la revoleaba por el aire. Daba varias vueltas hasta caer nuevamente en el sartén. El golpe de gracia lo ponía el chorro de ron encendido formando una llamarada. El resultado: «una costra tiznada en la parte superior. Y un fuerte olor a quemado». 

Esa mezcla sólo olía agradable viniendo de las manos de la abuela. 

Al día siguiente partió al cielo montada en un arco iris de sabores con aroma a flores y humo…

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