En el tinte perlado del mármol pulido, es reflejo el matiz de ámbar de sus joyas. Miró sus ojos, unos ojos color azafrán; corroídos por el cromatismo. Luego respiró un aroma en el aire, su perfume con esencia a lavanda, que lo cautivaba. Dentro suyo surgió la necesidad voraz de conversarle. Y se le acercó, tomándola gentilmente por el brazo. Ella cuasi de espaldas se volteó; y ahora ambos se conocían por los ojos. En las pupilas nacía la conexión. Las palabras, si surgían, solo estorbaban el espacio; en ondas inútiles del aire, que no cobraban un sentido. O al menos, no expresaban lo que dice una mirada.

Ella, confeccionada entre telas carmín, con un corte –imperio- muy vistoso y femenino. Él casualmente vestido, cegado por el cauce de un impulso que le atrajo. Ella, sentada en el centro del salón, cruzaba sus piernas con fineza; agobiada por tanto barullo y pretensión. Luego esa palma fría le rozó la piel, y le erizó cada raíz de vello en el tronco de su brazo. Lo miró de arriba a abajo y le dijo sin recados: “Me hubiesen gustado unas flores”. A lo que él le dijo: “No sé qué flores te gustan”, sin miedo ni pudor. Pero ella, le dio una chance. Y él, insistente, reafirmó su pregunta a afirmación: “Te gustan los lirios”, le dijo, y logró recuperar su atención. Luego le ofreció servirle orujo en su copa de grappa. Pero ella del alcohol solo rescataba la acidez; y él, del aguardiente su regusto dulce a manzanilla. “Es orujo diluido en hierbas, pensé que te gustaban las flores”, le cuestionó. Ella solo se levantó y se fue. Él la siguió, y salieron al balcón, pudiéndose apreciar desde allí casi toda la ciudad. Pero en él, la altura era un vahído; y en ella, una sacudida fuerte al alma. “Que hacemos acá”, fue lo primero que le vino a la mente. “Acá nos conocimos”, le respondió ella. La gala ahora parecía muy lejos de su tiempo; eran almas viejas circundando otro páramo de belleza.

Ella dio algunos pasos hasta la baranda de concreto, cimada por enredaderas que tupían los techos de flores amarillentas. “Mira estas flores, que lindas son”. Y él las conocía: “Uñas de gato”. Ella lo miró con extrañeza: “Y eso a que viene”, le dijo. Él sonrió: “Así se llaman, uñas de gato”. Ambos, tensos como el primer sorbo de orujo, enredaron sus temblorosas manos arrugadas y bailaron bajo la luz de la luna. Nuevamente en aquel balcón bonito que alguna vez los vio florecer. Él notó el tono azafrán de sus ojos símil al de las flores amarillas. Y entendió, como entienden las flores al paso del otoño, que ahora el lirio se marchitaba: “Aún me persigue tu aroma a lavanda”, fue todo lo que tuvo para decirle. Ella le entendió, ya no eran esos jóvenes de la gala. “El tiempo pasa rápido”, le contestó. A lo que él dijo: “Y se enreda cual uña de gato”.

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