
Lo mejor del amor es al principio. En eso estamos todos de acuerdo.
Conocí a Edwin de chiripa, como ocurre a menudo con las personas que llegan a tu vida y la ponen del revés. Su acento puertorriqueño, su enorme sonrisa y su dentadura prominente, hicieron que me pusiese en guardia en cuanto Joana me lo presentó. De poco sirvió.
Eli, encantada.
Edwin, a sus pies.
Ese día no me pareció especialmente guapo. Nos cruzamos dos o tres veces durante la fiesta de cumpleaños, pero no hablamos. Joana se ofreció a llevarme a casa sobre las once y media y a las doce ya estaba en la cama. Por la mañana tenía un mensaje de texto de un número desconocido.
“A sus pies, señorita Eli”
Nunca me había acostado con un hombre en la primera cita. Hicimos el amor hasta que el alba se asomó por la ventana y Edwin se levantó, se duchó, y se fue. Empezaba el turno a las seis. Por la tarde le escribí, pero nunca contestó.
El día de la cita, tras su mensaje al despertar, nos lo habíamos pasado hablando por WhatsApp hasta quince minutos antes de encontrarnos en Vía Sindicato, a la altura de una joyería minúscula insertada en el portal de una finca de pisos del 1900.
Supe de Edwin de nuevo cuatro meses después, en otra fiesta. Yo estaba en la barra acercando el móvil al datáfono cuando una voz melosa y cantada hizo que me girase.
A sus pies, señorita Eli.
El primer mes tras nuestro primer encuentro y su silencio estuve muy hundida. El segundo, enfadada, y los dos siguientes decepcionada; primero conmigo y con él hacia el final. Fue ver su rostro sonriente y sus ojos clavados en los míos, y toda esa mezcla de rabia, dolor y resentimiento acumulados se transformó en una sonrisa de oreja a oreja en respuesta a la suya.
Por la mañana de ese mismo día me había hecho las uñas y me había depilado enterita. Fue el premio que me di por lograr el mayor triunfo al que una puede aspirar tras cuatro meses en guerra consigo misma. No llevábamos ni media hora de fiesta cuando Edwin se ofreció para acompañarme a casa.
¿Trabajas mañana?
No.
Vámonos.
Fue en lo primero que pensé cuando me propuso acompañarme—a que me había depilado, me refiero. No había olvidado su destreza con la lengua, y qué mejor para que repitiera que un pubis liso y suave.
Pedimos pizza y bebimos cerveza, bailamos bachata y follamos como animales hasta las tres. Al despertar y no verle a mi lado, le llamé. Fuera de servicio. Le escribí y tampoco hubo respuesta. Por la tarde escribí a Joana.
“¿Cenamos?”
“¿El jueves?”
“¿Hoy?”
“¿Edwin…? ¡No te creo!”
Me contó que había salido con una ibicenca tres meses, pero que lo dejaron, y que no le conocía más historias. También me dijo que trabajaba de repartidor.
No supe nada de él durante meses, hasta el miércoles doce de abril, día en que se cumplía un año del adiós de mi madre. Me desperté llorando. Me levanté y, sin ducharme, me puse lo primero que encontré y bajé al estanco. No fumaba desde el funeral. Sola en casa y tirada en el sofá, recibí una llamada.
A sus pies, señorita Eli.
Estaba abajo, en el portal de casa. Me dijo que no había querido tocar el interfono por si dormía. Me costó, pero no le abrí, aunque sí bajé. Fue la primera vez que le vi guapo de verdad. En mis planes no estaba acabar corriéndome seis veces en el aniversario de la muerte de mi madre.
Sobre las cuatro de la mañana, mientras intentaba recobrar el aliento tras el quinto asalto para iniciar el sexto, le pregunté si esta vez se quedaría. Sin decir palabra, Edwin acercó sus labios carnosos y sus blancos y prominentes incisivos a la cima de mis pechos y lamió, succionó y mordió con fuerza hasta hacerme llorar. Pasaba de un pecho a otro mientras mi pregunta flotaba en el aire, pero en lugar de respuestas se oían gemidos y gritos. Se vació sobre mi pubis y sentí un frío repentino.
Me voy, mi amol. Tengo turno.
Por la tarde tenía hora en la peluquería. Mientras me lavaban el pelo, cerré los ojos y se me apareció la imagen de su rostro. Tuve la sensación de que llevaba años sin verlo. Si quiere algo que llame él.
Sabía que lo mejor era olvidarlo. Estaba segura, tanto como las veces anteriores. Nada más llegar a casa, fue cerrar la puerta, sentarme en el sofá, encenderme un cigarrillo y escribirle, segura de que no respondería. No pasó ni un minuto.
“A sus pies, señorita Eli”
Furiosa, respiré hondo y medité durante unos minutos la respuesta más adecuada, incluso se me pasó por la cabeza no responder, pero…
“En mi casa a las ocho y media”
No hubo respuesta ni supe nada de él durante los dos años siguientes, tiempo en el que conocí a Juan; gaditano, de ojos verdes y abogado civil. Respondía a todos mis mensajes y se quedaba, aunque el alba llamase a la puerta. Empecé a soñar a diario. Nunca antes había recordado nada al despertar. Juan se instaló en casa en cuestión de semanas y me pidió matrimonio. Tenía un hijo de cinco años de su primera mujer y una niña de tres de la segunda. Yo no quería hijos, pero los suyos no me molestaban.
Una mañana, en la cola de la oficina de tributos del ayuntamiento, alguien pronunció mi nombre a mi espalda. Me giré, no sin antes secarme con las yemas de los dedos las lágrimas repentinas que me inundaron los ojos.
A sus pies, señorita Eli.
Iba a abofetearle cuando me cogió por la cintura y me besó en la comisura de los labios. Mientras recuperaba la distancia, me susurró al oído.
Tengo libre hasta mañana, mi amol.
¡Juro que lo intenté!
No puedo, tengo guardia.
Empezó lamiéndome los muslos y las ingles, siguió por entre mis pechos y acabó en el cuello. Me acabó de espaldas, mientras mordía la almohada.
Juan llegó a las ocho, como de costumbre, y quería cama. No solía negarme, pero ese día lo hice. Me miró con los ojos vidriosos.
¿Le quieres?
No le veré nunca más.
Fue cierto durante dos años en los que Juan dejó de buscarme al llegar del trabajo, aunque sí lo hacía por la mañana. Yo siempre le decía que sí. El tiempo y la distancia borraban el rostro oscuro y huesudo y la boca caníbal de Edwin de mis retinas y sueños. Su imagen se difuminaba en los duermevelas de antes y después de mis siestas.
Juan volvió a cogerme de la mano al pasear de nuevo. Respiraba aliviada cada mañana al despertar y cada noche antes de claudicar. Olvidar a Edwin no había sido fácil.
Un miércoles de octubre por la mañana llamaron a la puerta. Tenía libre y estaba en la cama leyendo. Un paquete para Juan, seguro.
A sus pies, señorita Eli.
Bajo mi bata no había nada y bajo su uniforme estaba todo. La cama estaba caliente todavía del sexo matutino con Juan, que se había ido a Varsovia y volvía al día siguiente. Siempre que viajaba me escribía todos los días, por la mañana temprano y por la tarde antes de cenar.
Dejé que Edwin se quedara en casa el tiempo que Juan estuvo de viaje. El miércoles entero y la mañana del jueves los pasamos en la cama, fumando al acabar y abrazados hasta volver a empezar. Su cuerpo temblaba al terminar y el mío durante. El jueves a mediodía me levanté y preparé tostadas con aguacate y tomate en rodajas mientras él ponía bachatas en el salón. Juan me escribía y yo respondía.
“Mi vuelo llega a las siete y cuarenta”
Llegó a las nueve. Yo estaba en la cocina acabando de preparar la cena cuando se acercó por mi espalda, me retiró la melena a un lado y me besó en el cuello. Tardé en reaccionar.
¿Cenamos?
… Me cambio y bajo.
Salió en silencio de la cocina y yo me puse de nuevo con el salmón. A Juan le encanta acompañado de verduras al vapor. Pasados unos minutos subí a la habitación y le detuve cuando iba a subirse el pantalón del pijama. Me puse de rodillas frente a él. El suelo estaba frío. Mirándole a los ojos le acaricié y lamí mientras apretaba sus glúteos con mis manos. Él lloraba y yo cerraba los ojos.
Ya en la cama, tumbados y respirando con regularidad, le cogí la mano y nos giramos el uno hacia el otro.
¿Por qué lloras?
Me soltó la mano.
¿Te vas?
Pocas horas antes, en el salón de mi casa, yo miraba el móvil, oí mi nombre y me giré.
Eli.
Estaba recién duchado y con una toalla blanca rodeando su cintura hasta las rodillas.
Me quedo con usted.
¿No tenías turno?
Mirándome a los ojos y sonriendo, respondió al instante.
Hoy no, mi amol.
Hubo un silencio, dos y, a punto de llegar el último, un aroma a Salmón con verduras al vapor se coló en la habitación.
Me quedo.
A veces, lo mejor del amor es al final. En eso ya no sé si estamos todos tan de acuerdo.
El libro del taller
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