Querida Tais:

Ya he aprendido a escribir. Te prometí que iba a aprender para contar nuestra historia. Ahora que por fin sé, ya no somos amigos. Pero voy a contarla igual. Primero, para ti, la única del mundo que se la sabe, porque si te olvidas podrás acordarte otra vez. Y sé que ahora quieres olvidarte, ¿a que sí?

Tú y yo nos hicimos amigos en el patio del colegio. De eso sí te acuerdas, ¿no? ¿Te acuerdas de que había llovido y el suelo resbalaba? ¿Te acuerdas de que había muchas nubes? En el recreo siempre vemos pasar aviones. Ese día los oíamos, pero no los podíamos ver. Tú mirabas al cielo y yo te dije: ¿Qué miras?

El avión.

Y yo te dije: El avión está en tu imaginación.

Pero tú no te reíste de la broma ni de mí. Solo te quedaste esperando a ver si me entendías o asomaba el avión, lo que pasara antes. El avión salió de repente entre las nubes, supergrande, pero para entonces tú ya me entendías. Y empezamos a dar saltos y a gritarle: ¡Adiós! ¡Adiós!

Ya está. Así nos hicimos amigos.

Desde aquel día en todos los recreos yo sabía dónde estabas tú, aunque no me fuera contigo porque tenía que correr para que no me dolieran las piernas. Y tú sabías dónde estaba yo, aunque no te vinieras a correr para que no te dolieran las piernas. Y muchas veces nos poníamos detrás del columpio, donde la señorita Antonia no nos veía. Y allí nos hacíamos preguntas.

Yo te hacía preguntas y me daba cuenta de que a veces no sabías las respuestas o no querías decírmelas, porque me contabas trolas. Pero cuando me las contabas tu cara me avisaba: ojo, esto es trola. O sea, que tu boca decía mentiras a veces, pero tu cara me decía la verdad siempre. Yo intentaba hacer lo mismo sin estar muy seguro de la cara que conseguía poner. Por si acaso, ponía los ojos bizcos. Te morías de risa. Pero si la trola te gustaba, te quedabas seria como si quisieras que los ojos bizcos fueran la mentira.

De eso me acuerdo. Ya no me acuerdo de más. Me acuerdo de que un día te prometí que en cuanto nos enseñaran, lo primero que iba a escribir sería nuestra historia.

Tú me dijiste: ¿Cómo acaba?

Y yo te dije: No acaba.

Y no me puse bizco. Y tú te moriste de risa.

Había una niña mayor que nos gritaba ¡Vivan los novios! Me acuerdo de su nombre, pero no lo voy a poner porque no he aprendido a escribir para eso. La niña nos gritaba y nos tiraba hojas y tú te sacudías la falda y a mí me sacudías también hasta que no quedaba ni una hoja. Pero no decías nada. La señorita Antonia lo veía y tampoco decía nada. Esa niña y sus amigas estaban siempre cerca de la señorita Antonia, que las dejaba hacer lo que quisieran, meterse con cualquiera.

Esta es la parte de la historia que no te gusta. Y para olvidarte de ella vas a olvidarte también del avión, de las preguntas y de los ojos bizcos. Pero para eso estoy yo.

La niña mayor vino corriendo adonde estábamos, nos fue a buscar detrás del columpio, donde yo pensaba que nadie nos veía. Vino y nos dijo: La señorita Antonia, que vayáis.

Tú dijiste: ¿Quién?

Y ella dijo: La señorita Antonia, que vayáis los dos.

Así que los dos nos levantamos y fuimos con ella adonde estaba la señorita. La señorita Antonia es más vieja que mi madre. Y es lo contrario de mi madre. Por eso mi madre es Tonya y ella, que es lo contrario, Antonia. Y es casi igual de alta que las niñas mayores, pero con muchas arrugas. La señorita Antonia habla bajito para dar más miedo.

Caminamos detrás de las niñas y entramos al colegio por una puerta verde que no era la de siempre, y llegamos a un pasillo que se parecía al de siempre, pero era un poco distinto. Habían dejado apagadas las luces y solo entraba la claridad que venía de las clases. El pasillo se nos hacía muy largo y me daban ganas de darte la mano, pero sabía que tú no querías, porque iba a ser peor.

Una clase tenía la puerta abierta y entramos. Entrar en la clase vacía mientras todos gritaban en el patio daba un poco de miedo, como entrar en el dormitorio de papá y mamá cuando no están ellos, o cuando están durmiendo, o cuando es muy de noche y se les oye susurrar y hacer ruidos extraños. Piensas que van a decir algo terrible, que se han convertido en personas que no conoces.

Dentro estaba la señorita Antonia, que no es maestra. Entramos y nos pusimos delante de ella como si fuera la maestra que nos iba a preguntar algo que no sabíamos.

Nos preguntó: ¿Es verdad que sois novios?

Ya sé que no lo éramos. Lo único malo de ser tu amigo era esa palabra que cada dos por tres alguien nos echaba encima con un montón de hojas secas. Pero cuando la señorita lo preguntó quise decirle que sí, porque me pareció que era la manera de decirle que íbamos juntos, y que si le hacía daño a uno, nos hacía daño a los dos.

Te miré y te vi tan enfadada que no me atreví a hablar.

¿Vais a casaros?, preguntó la señorita.

Y yo dije: A lo mejor.

Me pareció una respuesta estupenda. Me pareció un avión gigantesco saliendo de entre las nubes con muchísimo estruendo.

Pues venga, empezad a practicar. Tumbaos en esa cama y a hacer cosas de casados.

La señorita señalaba unas mesas que habían puesto juntas para hacer equipos. Yo no entendía lo que quería que hiciéramos, pero tú sí.

Y me dijiste: Ven, túmbate.

Tu frase sonó a la vez de dos maneras: como si me llamaras tonto por no enterarme y como si me pidieras por favor que me pusiera bizco.

Nos tumbamos ahí e hicimos todo lo que nos dijo la señorita Antonia. Tú no cerrabas los ojos, sino que me mirabas como si quisieras esconderte dentro de mí. Y yo me escondía también dentro de ti. Y hacíamos como si nuestras manos no fueran nuestras. Las mías te levantaron la falda y vi tus braguitas de lunares amarillos. Tú me bajaste el pantalón y viste mis calzoncillos un poco manchados. La cama estaba fría, como la del médico que te hace los rayos equis.

Aquellas niñas miraban y yo creo que también querían irse de allí.

Me entraron ganas de pedirte perdón, y pensé que a lo mejor yo también tenía que perdonarte. Pero lo he pensado mejor, Tais. Ya no me importa que sepas que algunas veces los mancho.

Cuando nos dejaron ir tú no saliste corriendo, así que yo tampoco. Caminamos despacio fuera de la clase, y luego nos marchamos por el mismo pasillo de antes. No me diste la mano. No me miraste más. Y ya no me miraste nunca más.

Por eso me he dado prisa en aprender a escribir. Te quería escribir una carta porque ya no podemos hablar. Creo que sé por qué, pero no estoy seguro.

Ahora corres tú más que yo. Cada vez que te encuentro en el patio, echas a correr.

Lo malo de escribir es que, sin mirarnos, no es tan fácil saber lo que es trola y lo que no. Creo que me ha pasado lo que dice mi madre, que de tanto poner los ojos bizcos se me han quedado así.

Yuri

Puntúalo

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS