EL CUARTO
Todas y cada una de las noches eran iguales desde que Marta se propuso escribir la maldita novela. Al acostarnos, ella fundía su cuerpo en el mío y lo apretaba fuertemente. En pocos segundos notaba los espasmos de sus dedos sobre mi pecho. Yo me tiraba un buen rato mirando las figuras que formaba la luz de la ventana en la ropa cuidadosamente ordenada sobre la silla de bambú de Ikea que teníamos frente a la cama. Pasado un rato, Marta se giraba por completo hasta darme la espalda. Era entonces cuando yo me giraba al lado contrario y así, espalda contra espalda, pasábamos buena parte de la noche. A las siete, sonaba el despertador, me preparaba en media hora y me iba al despacho. Ella se quedaba en casa buscando inspiración para su novela.
Una noche, cuando apenas había comenzado a notar sus leves espasmos, Marta se levantó de sopetón sin decir nada. Me giré hacia su lado y pude verla como sonámbula, levantándose hacia el escritorio blanco que estaba pegado a su lado de la cama. El espacio entre la silla y el escritorio era estrechísimo y, sin embargo, Marta entró en él con una agilidad imposible, como si no tuviera huesos. Encendió el portátil y se puso a escribir. Las sombras sobre la silla de bambú desaparecieron bajo una mucho mayor, la del perfil de Marta inclinada sobre el teclado. Su cabeza estaba ligeramente adelantada, los hombros tensos y los dedos golpeando las teclas con la regularidad de una lluvia. La habitación parecía haber sido construida únicamente para contener aquella silueta.
Necesitaba descansar, que la lluvia parase, pero no le dije nada a Marta. Esperaba que ese ataque de inspiración le sirviera para dar un empuje al jodido libro en el que llevaba atascada ya bastantes meses. Me puse de espaldas al escritorio y traté de dormir vislumbrando el retrato que teníamos apoyado sobre la cómoda que ocupaba la pared lateral de la habitación. Estábamos en Ortigueira y muy jóvenes. Sería finales de los noventa. No recordaba quién hizo la foto. Marta llevaba una camiseta blanca y unos vaqueros. El pelo muy rizado y mucho más largo. La luz del atardecer enfatizaba el azul de sus ojos, casi transparente. Marta miraba ligeramente fuera del encuadre y me pareció que abría los labios para decirme algo.
A las siete me despertó la alarma. Increíblemente, había conseguido dormir, aunque con la sensación de haber pasado la noche entera mirando el retrato. Ella seguía sentada ante el ordenador.
—Buenos días —le dije al tiempo que bostezaba.
Tras unos minutos sin contestar y sin quitar la vista del ordenador, me dijo:
—Creo que he logrado encauzar la trama.
Fue entonces cuando me decidí a acercarme despacio a su escritorio. De pie, tras su silla, apoyé mis manos suavemente en sus hombros, sin apartar la vista del lunar que tenía en el centro de la nuca.
—Me vino una idea justo cuando empezaba a dormirme y, para que no se me olvidara, me levanté corriendo a escribirla —me dijo mientras levantaba las manos a modo de triunfo.
Me atreví a besarle el lunar.
Ella se giró sobre la silla y me lanzó una mirada de amenaza, con la boca a medio sonreír.
—Hace mucho que no me haces un buen desayuno —me dijo mientras se giraba y me empujaba hacia la cama.
Caí boca arriba. Frente a mí, de pie, y con la mirada fija en mis ojos, se deshizo de su chaqueta tirándola sobre la alfombra. Lentamente, hizo lo mismo con el camisón. ¡Joder, no la reconocía! Durante unos segundos la vi atravesando la luz y desaparecer dentro de ella. Cuando volvió a aparecer, ya estaba sobre mí, desnuda. Puso sus pechos sobre mi rostro y comenzó a descenderlos lentamente por mi cuerpo al tiempo que lo besaba. Yo seguía con los ojos abiertos y, allí arriba, deformados por el acero de la lámpara de techo, nos vi como si fuéramos dos insectos. Mi cuerpo iba subiendo de temperatura al contacto con su piel, y notaba mi pene tan rígido que me dolía, hasta que en breves segundos eclosionó, dejándome la sensación de haber despertado dentro de otro despertar. Ese día no fui al despacho.
Los arrebatos de inspiración de Marta continuaron la noche siguiente, y la siguiente, y la siguiente. Y cada vez fueron siendo más frecuentes: tres una noche, ocho otras. Doce vino a ser lo habitual. El récord llegó a veinte una noche, aunque no sé si los conté de verdad o si el número veinte apareció en una de las sombras de la habitación.
Durante aquellos días dejé de contar las llamadas de mi socio. Al principio apagaba el móvil para dormir; después lo apagaba para no recordar que existía algo fuera del cuarto. Me acostaba húmedo y deseoso de que Marta cerrara el portátil y descargase en mí la energía sexual que le generaban los avances en su escritura. Era una Marta más intensa, más ansiosa, como si todo lo que hubiera escrito durante la noche necesitara continuarlo sobre mi cuerpo. Yo me dejaba arrastrar y le entregaba todo: mis poros, mi vello, mi sudor, mi aliento, hasta lograr elevarme por encima de la lámpara, del techo del cuarto y hasta de la nube que no paraba de llovernos cada noche.
Pasadas unas semanas, o meses, no lo recuerdo, y tras varios arrebatos de la noche, Marta se sentó una mañana desnuda sobre mí. Era un día muy soleado de primavera, por lo que había más luz de lo habitual. Observé que sus costillas estaban mucho más acentuadas, sus brazos muy escuálidos y sus pechos más pequeños y flácidos. Era como si el cuerpo que recordaba hubiera empezado a desdibujarse de ella. Cuando se acercó a besarme, le noté un olor distinto. Más ácido y fuerte, lo que aceleró mi instinto animal. La cogí de la maraña de pelo, la puse boca abajo y la penetré con fuerza. Ella emitió un gemido fuerte y seco. No me podía creer que el placer pudiera ser todavía mayor. Tras recobrar el aliento, me imaginé reflejado en la lámpara de acero, sobre ella, mi víctima, y me entró la risa. El cuarto era como una caja de resonancia que hacía que mis carcajadas fueran infinitas. Noté cómo Marta, que seguía bocabajo, empezó a sacudirse por sus propias risas, contagiando a las mías, y las mías a las suyas. Los golpes en la pared de nuestra vecina aumentaban la intensidad de nuestras risas.
Cuando logramos calmarnos, escuché el sonido de mi móvil. Era mi puto socio. Veinte llamadas perdidas. Dejé el móvil bocabajo sobre la mesilla y fui al baño. Sentado en el inodoro, me vi reflejado en el espejo. Tenía la boca, la barbilla y casi toda la cara manchada de sangre seca, cuarteada. Comencé a arrancármela con los dedos, notando leves pellizcos en la piel. Los dedos también estaban manchados. Manchas violáceas oscuras alrededor de mis ojos. Me levanté y noté que mi cuerpo se había afilado notablemente.
Noté un rugido en el estómago. Corrí a la mesilla a por los restos de pizza. Me metí de golpe el primer trozo que encontré. Marta rebañaba los extremos que sobresalían de mi boca. Me gustó el sabor ácido y amargo. Cogí otro trozo y se lo metí en la boca, y comencé a morder los bordes. Marta llevó su mano a su entrepierna. Me acarició la cara. Noté el calor del fluido, luego frío. Fue embadurnándome con su fluido el pecho, los brazos, la ingle, el pene. —Te voy a devorar —me dijo. Volví a quedarme en casa ese día, y el siguiente, y el siguiente.
Una tarde, Marta se levantó de su escritorio, cerró el portátil con decisión y dijo:
—¡Ya tengo mi novela!
Me pasé toda esa noche leyéndola. La novela me gustó bastante más de lo que esperaba. Noté un fuerte nudo en el estómago. Al amanecer le dije que no la había terminado. La novela sólo podía existir dentro del cuarto.
No paré de ponerle todo tipo de excusas para no decirle que el libro me había gustado: que si estaba cansado, que si necesitaba concentración, que si me dolía la cabeza. Ella dejó de escribir y volvimos a dormir espalda contra espalda.
Al llegar una tarde a casa entré en la habitación y no vi a Marta. Hasta pasado un rato no me percaté de que estaba metida bajo el edredón.
—¿Qué haces ahí metida?
—He recibido una nota de la editorial a la que envié el manuscrito —me dijo sin ni siquiera asomar la cabeza.
—¿Y?
No contestó, pero sus sollozos lo decían todo.
Puse mis manos sobre sus hombros y le dije:
—Tienes que seguir intentándolo.
Clavé las manos con más fuerza sobre sus hombros y repetí:
—Tienes que seguir intentándolo. ¿Me oyes?
—¡Tienes que seguir! —insistí.
—¡Tienes que seguir! ¡Tienes que seguir! ¡Tienes que seguir! —le grité mientras sacudía su cuerpo como si estuviera tratando de sacarla de un paro cardíaco.
Tras un rato sobre la cama, me levanté, precipitándome sobre la cómoda. Caí al suelo y, a gatas, me dirigí al armario. Bajé las cuatro cajas que acumulaban nuestros recuerdos. Saqué todo fuera hasta que por fin encontré el cuaderno. Sobre la tapa azul, con bolígrafo Bic negro, ponía: Atardeceres (Año 1999). Los primeros escritos de Marta. Me acerqué a la cama, se lo dejé a su lado y me fui.
Esa noche regresé del despacho intencionadamente tarde, aprovechando que debía unas copas a mi socio. Abrí la puerta del cuarto. Marta estaba dormida sobre la cama, desnuda y con las piernas abiertas. Sobre la mesilla había un bote de lubricante y el envoltorio del juguete de silicona que le había regalado unas navidades años atrás. El juguete, recién estrenado y todavía húmedo, estaba junto a su mano. Sentí entonces una necesidad urgente de acercarme a ella, de reclamar un lugar en aquel sueño que parecía continuar sin mí. Me quité la ropa y me puse sobre ella. La besé en el cuello, en el lunar. Ella se despertó y me retiró bruscamente.
—Déjame— me dijo en tono de enfado. Se giró y prosiguió durmiendo.
Salí del cuarto. Recorrí el pasillo con la sensación de que nunca alcanzaría el salón. Por fin logré sentarme en el sofá. Al echarme, noté bajo mi cabeza algo rígido. Era Atardeceres, el cuaderno de los primeros escritos de Marta. Me senté y lo puse sobre mis piernas. Abrí la portada y pasé las páginas una a una. Las miraba como si fueran fotografías, en lugar de letras impresas en color negro. No podía leer ni entender nada. Así, hasta que, en color rojo, apareció en grande el título: Verano en Ortigueira. Me quedé paralizado por un rato. Agarré la hoja y la estrujé hasta clavarme las uñas en la palma de la mano. La arranqué, me la metí en la boca y, sin apenas masticarla, me la tragué. Noté cómo los picos de papel se me clavaban en el esófago y cómo, poco a poco, la bola lograba avanzar sobre sus paredes húmedas y pegajosas. Y, cuando alcanzó el estómago, cogí otra hoja y repetí la operación. Luego cogí otra, y otra, y otra, y otra… Hasta que mi propia sangre me hizo toser.

El libro del taller
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