-¡Que no te he dicho! -gritó el padre mirándole a los ojos-. ¡Que no te vas a poner el implante!

          -¿Y por qué no? -contestó el hijo retándole con la mirada-. ¡Me prometiste un Sensiphone para la comunión!

          -Un móvil sí, pero nada de implantes de microchips en el cerebro. Con un puerto USB tienes de sobra, como yo.

          -¡Pero es que eso es de viejos! ¡Yo lo quiero con Wifi! ¡No quiero llevar un cable colgando!

          -Que no lo vas a poder desconectar… Qué vas a estar aún más controlado…

          -Pero es que el Fifa 55 ya sólo se puede jugar así. ¿Qué quieres?¿Que me aísle de los amigos? ¡Que voy a ser el único!

          -¡Pues os vais a jugar a la calle!

          -¿A la calle? ¿Qué calle?

              El padre no contestó. Se dio cuenta de la estupidez que había dicho a su hijo demasiado tarde.

              Buscó alrededor del salón cómo salir del paso dignamente y, justo entonces, el sonido de la campana de notificación de su Sensiphone lo salvó. Miró la pantalla del móvil y mostrándosela de frente, se dirigió a la única habitación del apartamento.

              Mientras tapaba el pequeño ojo de buey bajando la persiana de acero, pensó en el implante que le había pedido. Recordó cómo, casi treinta años antes, durante el primer covid, él había tenido la misma discusión con su padre. Entonces le pidió un Smartphone con Whatsapp, y también usó aquello del “aislarse de los amigos”. Ahora, se repetía la historia.

              Amigos… Quizás podría pedir consejo a alguno. Enseguida se quitó la idea de la cabeza, ya no quedaba casi nadie, a la mayoría se lo había llevado la radiación por delante. ¿Qué hacer? ¿Dejar que su hijo se inserte el implante para mantener a los amigos, a pesar de quedar expuesto a empresas, gobiernos y algoritmos? ¿O prohibírselo para que tenga un poco más de libertad, desconectando el cable del móvil, pero con el riesgo de quedarse solo? Se rascó la cabeza varias veces, y en una de ellas, su índice tropezó con el puerto USB detrás de la oreja. “Ya está”, concluyó, “Sé quién tiene la respuesta”.

              Entusiasmado, buscó el cable de datos en el revuelto cajón de la mesilla, y levantando el lóbulo con cuidado, se insertó la clavija metálica. El otro extremo lo enchufó al Sensiphone, pulsó dos veces sobre la app, y se tendió a lo largo de la cama.

    Cerró los ojos:

              Apareció frente a él su Escritorio Personal y, fijando la mirada, abrió la carpeta de sus Autores Favoritos. Se desplegó entonces la imagen de un café literario: El Gran Café Gijón. Enseguida, sintió como se le despejaban mente y cuerpo con el intenso aroma de la cafeína. Comenzó a moverse entre las mesas de contertulios, y se dirigió a la de Elena Garro, Julio Cortázar y Saint- Exupéry, que charlaban amigablemente. Miró a la escritora, ella le devolvió la sonrisa, se disculparon ante los demás, y fueron juntos hasta la biblioteca. Una vez allí, recorrió la gran estantería y tomó el libro de cuentos La semana de colores. Eligió el octavo, El Duende, y la pantalla se difuminó, cambiando todo suavemente:

              El padre se encontró en el jardín, junto a la fuente. Atardecía, y al fondo, se recortaba la silueta de la torre de la iglesia. Cogió un poco de agua entre las manos y sintió su frescor recorrerle los brazos. Pasó después bajo las jacarandas, disfrutando de su aroma dulce y suave como la miel. Cuando llegó a la casa, un canto de pájaros le dio la bienvenida. Se acercó a la celosía de la enredadera y comenzó a trepar, como otras veces, hacia los tejados. Cuando llegó arriba, se sentó junto al canalón de agua y esperó, contemplando el horizonte. Algunas estrellas querían salir, pero el ocaso aún las empequeñecía. De pronto, sintió un ruido a su espalda. Unas tejas se movieron y el pico de un gorro rojo apareció entre ellas.

              -Buenas tardes, Duende -saludó levantando la mano.

              -Buenas -respondió este, quitándose el gorro y secándose el sudor de la frente- Por aquí corre un poquito más el aire, ¿no?

              El hombre asintió con la cabeza y una vez el Duende se sentó a su lado, le explicó el motivo de la visita. Tras unos segundos interminables de silencio, el Duende le contestó que la solución estaba arriba, junto a la chimenea. El padre no lo entendió, pero obedeciendo, se puso en pie y comenzó a subir. Sus pies resbalaban entre las tejas y en un tropiezo, se volvió hacia el Duende:

              -Ten cuidado donde pisas…-le advirtió preocupado.

              -No, ten cuidado tú –le respondió sin levantar la vista- Yo sigo tus pasos.

              El padre siguió adelante apoyándose con las dos manos y por fin llegó a lo más alto. Sorprendido, descubrió que al lado de la chimenea sólo había un libro con la tapa y las hojas en blanco. No comprendía nada. Se volvió para preguntarle al Duende pero éste ya había desaparecido. En las tejas sólo quedaba de él un resto de sus huellas siguiendo a las suyas. Se tumbó a lo largo del tejado con el libro en la mano y comenzó a pensar. Evidentemente, el Duende le estaba dando la respuesta que buscaba, la tenía frente a él, pero no daba con ella. “Buscar, libro, seguir pasos, huellas…”, se repetía una y otra vez como un mantra. Entonces, de repente, con el fulgor de una estrella lo comprendió todo, y eufórico, pulsó la tecla de escape para salir de la aplicación.

              Abrió los ojos, desconectó el cable, y de un salto, se levantó de la cama. Sujetó la escalera y abrió el altillo del armario. Apartó la ropa y sacó del fondo una gran caja de plástico con la etiqueta LIBROS DE PAPEL. La bajó al suelo, tomó uno de los libros, y se dirigió al salón.

              -¿Ya, papá? -se sorprendió el hijo al verle tan pronto-. Te ha sobrado mucho tiempo de ocio de pantalla.

              -Sí -respondió haciéndose el interesante- pero prefiero aprovechar leyendo un libro.

              -¿Un libro? ¿de papel? -preguntó curioso tomándolo entre las manos- ¿Cómo los de las pelis antiguas?

              -Bueno, tu eras muy pequeño cuando se abandonaron. Al principio llegaron los e-books, y la gente necesitaba espacio en unas casas cada vez más pequeñas. Luego la lluvia ácida, y la falta de papel por la extinción de los bosques, terminó de rematarlos.

              -Pero esto no tiene vídeos, ni enlaces a internet…

              -Si, pero no los necesita. Despiertan tu imaginación y puedes crear en la memoria tus propios vídeos, recuerdos y experiencias.

              -Hum… Pues vaya rollo. No me renta.

              El padre sonrió con paciencia, tomó el libro de las manos de su hijo, y sentándose en el sofá, comenzó a leerlo tranquilamente.

              A la mañana siguiente, al oír la notificación diaria, el hijo le avisó:

              -¡Papá! ¡El turno del Sensiphone! ¡Que empiezan tus ocho horas de ocio de pantalla!

              -Vale, vale, tranquilo. Hoy no voy a usar el móvil. Seguiré leyendo el libro de papel.

              -¿Pero, por qué? ¿Qué tiene ese libro? ¿El Principito? Si es de niño pequeño.

              -No, no lo es. ¿Qué ves aquí?

              -Un sombrero.

              -Pues no, pasa la hoja. Es una serpiente que se ha comido un elefante.

              -Hum… Bah.

              El hijo se centró en el juego de la consola, pero no pudo evitar que de vez en cuando, su mirada volviera con curiosidad al libro.

              Al día siguiente, se acercó de nuevo a su padre:

              -Papá, ¿y ese dibujo de la caja con tres agujeros?

              -Es la casa del cordero. Mira, pasa la página…

              -Ah… ya.

              Al final de la semana, vencido por la curiosidad, preguntó:

              -Papá, ¿me dejas el libro?

              -Todavía no. Ahora viene lo mejor. Cuando termine.

              Y ya el lunes, el padre comenzó a leer un nuevo libro de papel:

              -¿Acabaste el otro? -preguntó el hijo intrigado.

              -Sí. Si quieres, tómalo.

              Entonces, el chico abrió la primera página y descubrió al Principito limpiando los volcanes y los baobabs en su asteroide. Entusiasmado, viajó con él por otros planetas, aprovechando la migración de unas aves silvestres. Conoció también a la rosa, al zorro, al piloto, y a todos los personajes de aquel pequeño libro.

              Cuando acabó de leerlo, se fijó en que su padre hojeaba un Manual de Instrucciones:

              -Papá, ¿esas son las instrucciones del implante del Sensiphone?

              -No, no -rio el padre- Son instrucciones para llorar, cantar y subir una escalera.

              -Ah, pues cuando termines me lo dejas.

              -Vale…

              -¿Sabes una cosa? Creo que voy a esperar un poco para ponerme el implante.

              -Pues me parece muy bien…

              El padre no levantó la vista del libro, pero sonrió satisfecho por dentro:                                                                              

                                             Lo esencial, seguía siendo invisible a los ojos.                                                                                                                


                                                                             – Fin –                    

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