Cuando empezaron los disparos nos refugiamos en las habitaciones de los pequeños. Todos menos los dos vigilantes, que se quedaron detrás del portal, con las armas cargadas. Las habitaciones de los pequeños –ustedes sabrán, sobre todo los de entre ustedes que se han llevado algún bebé– eran dos grandes salas contiguas y comunicantes, así que empujando las cunas de un lado podíamos caber todos como en un gran salón. Eso fue lo que hicimos, empujar las cunas hacia un lado y sentarnos en el suelo, todos los mayores con un pequeñín en el regazo y algún niño gateando por aquí y por allá. Recordarán que las dos habitaciones estaban cerca de la cocina, de la despensa y de la enfermería, bordeando el patio central. Las escogimos por eso, por su posición, porque no tenían paredes comunicantes con el exterior. De los disparos nos llegaría el sonido, pero no los proyectiles. Pronto, muy pronto, los proyectiles dejarían agujeros en los muros y se clavarían en algún rincón de las que habían sido y ya no serían las habitaciones de los mayores, los cuartos de las nounous y la casita de Maman Gladys.
Nos entretuvimos charlando, jugando y canturreando. No era la primera vez que nos encontrábamos en situación de emergencia. Los mayores de entre nosotros tenían su colección de catástrofes y revueltas, mientras que los pequeñines se ponían contentos al vernos todos juntos y al recibir tanta atención, como en una gran fiesta. Ya hacía semanas que habíamos dejado de ir al cole. Cuando Maman Gladys había explicado que esta vez iba en serio, que los bandidos se habían hecho con varios barrios de la ciudad, las nounous que venían del campo habían regresado de inmediato a sus casas, menos Silvina y Thérèse, que no tenían adónde volver. Entonces todavía era posible desplazarse, ustedes lo saben. Los blancos se fueron al principio de todo, cuando nosotros no podíamos imaginar lo que se nos vendría encima. O a lo mejor sí, pero ¿adónde podíamos ir? Qué fácil lo han tenido siempre ustedes para moverse de un lado a otro. Se meten en una guerra y salen cuando les apetece. Vuelven a sus países y presumen de héroes. Salvadores blancos, así se les llama. Eso no lo pensamos nosotros. Nosotros no tenemos tiempo ni energía para pensar, ni para poner etiquetas a los aconteceres del mundo a nuestro alrededor. Nosotros no somos nadie como para juzgarles. Es un hecho.
Al cabo de dos horas Maman Gladys decidió aventurarse fuera de las paredes que nos protegían y se fue a buscar la televisión a su cuarto, con la ayuda de Gustave. Se acuerdan de Gustave, ¿verdad? Siempre al lado de Maman para cualquier cosa que necesitara. Siempre, desde que llegó con seis añitos y un ojo cosido, lo que le impediría salir de aquí, porque ustedes son muy buenos, muy generosos, pero quieren niños con todo en su sitio, eso se puede entender. Colocamos la tele y ajustamos la antena, pero no conseguimos captar ningún canal. Rayas grises y negras bailaban en la pantalla, acompañadas de sonidos y palabras fragmentadas. J’ai peur des araignées, dijo una niña, con voz llorosa. Era Misterline, cinco años y muchos miedos, tantos que ninguno de ustedes había querido llevársela a pesar de estar toda entera y ser una de las más bonitas. Se escucharon risitas. Una chica mayor le dio un abrazo y le dijo que no pasaba nada, que no había ninguna araña, que detrás de la pantalla no había nada. Ni delante. No le dijo que el problema estaba en otro lugar, de momento. Algunos empezaron a musitar, en coro, como siempre pasaba en los momentos de tensión, como cuando venían algunos de ustedes a llevarse a uno de nosotros.
Araignée du matin, chagrin
Araignée du midi, souci
Araignée du soir, espoir
De repente todos estábamos cantando al unísono, modulando la voz para cubrir los disparos, que estaban aumentando en frecuencia e intensidad.
Respondiendo a un gesto de Maman Gladys, Silvina y Thérèse fueron a la cocina y volvieron con biberones, vasos de leche y galletas. Durante un rato los pequeños se quedaron tranquilos. La comida siempre es la primera forma de consolación, sobre todo por los que conocemos el hambre. Pero la comida no nos alcanzaría mucho tiempo. La semana anterior Maman Gladys se había metido en el coche con uno de los vigilantes. Habían vuelto al cabo de una media hora con las manos vacías y ya no habían intentado salir más. No nos podíamos arriesgar a perder a Maman.
Nos habíamos quedado solos. Encerrados. Esperando a que pasara. Ustedes estaban confiados en que pasaría. Eso decían cuando hablaban por teléfono con Maman. Todos ustedes decían lo mismo. Pasará. Las madrinas y padrinos de los mayores, las voluntarias de la agencia, los que estaban tramitando los papeles para llevarse a los pequeños. Lo mismo. Pasará.
Una explosión nos sobresaltó. Se fue la luz. J’ai peur des araignées, j’ai peur des araignées, j’ai peur des araignées. Misterline empezó a llorar. Silvina intentó calmarla. La meció, la acarició, la cubrió de besos. Misterline lloraba sin parar. Los pequeños se contagiaron y poco a poco algunos de los mayores también. Se oyeron golpes en el portal. Se oyeron gritos. Maman sacó una pistola de la falda y salió corriendo hacia el zaguán. Lo último que vimos de ella fue su mano en el pecho de Gustave, empujándolo atrás. Non, tu restes là, tu t’occupes des autres. En aquel momento supimos que no pasaría.
El libro del taller
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