De agujeros y túneles.

De agujeros y túneles.

Amparo B.S.

09/07/2026

 

  Vuelta hacia la pared, el pelo despeinado sobre la almohada caliente en la hora de la siesta. La cortina granate de tela pesada amortigua el resol. Por un resquicio se cuela un haz de luz con minúsculas motas de polvo que se agolpan en continuo movimiento. Si con la mano intenta atraparlas, desaparecen.

   Las horas, el aburrimiento, los pies descalzos en la pared suben y bajan. Sus dedos juegan a enredar los flecos de la cortina y acaba clavando la uña del índice en la pared tras los hilos dorados. Rasca la pintura que va cayendo sobre la sábana estampada de flores desvaídas. La yema blanca de polvo, la uña repleta de cascarilla. Se mete el dedo en la boca, con los dientes y la lengua vacía los restos de pintura. Traga saliva y el sabor es seco, parecido al poso de la magnesia que suelen darle para su intestino perezoso. Piensa en algo dulce, un algodón de feria, en algo salado como las palomitas de maíz. Recuerda la última vez que estuvo en el parque de atracciones. Siempre se marea y siempre quiere volver.

   Otra tarde de siesta, la casa en silencio. Tiene que ser buena, estar quieta y callada en la habitación que comparte con su abuela. La uña continúa su envite un poco más. Rascar y profundizar mientras va comiendo lo que excava. Piensa en un helado, en la playa, en el sabor del mar cuando la sorprende una ola. Hacer flanes de arena, ver pasear a su abuela por la orilla con un pañuelo de flores en la cabeza al atardecer.

   El verano se arrastra pegajoso siesta a siesta. El agujero de la pared acoge ya muchas horas de tedio. La niña da vueltas y vueltas dentro de él. Imagina que está en un túnel que no tiene bruja sino un duende que le da la mano y la lleva hasta un arroyo que mana agua con sabor a melocotón. Le habla de un camino, de una casa medio escondida entre los árboles, de una mujer que regala cuentos a los que quieren escucharla.

   La cortina, los flecos, el calor. La abuela dormita en la otra cama mientras escucha la radionovela que se alarga en capítulos sin fin.  Cuando el resol decae y la penumbra del cuarto convida a desperezarse, la niña pregunta ¿vamos a pasear esta tarde, mamá? No es la mamá, chilla el hermano mayor que parece odiarla. La pequeña gorda le trajo tal vacío que está más que enfadado, tanto, que ni la abuela ni el padre pueden con él, su carácter rebelde, su ira.

   La mujer le hace una coleta alta bien estirada y le pone vestido de tirante con limones chiquitos. Suben los cuatro al coche y se dirigen a un pinar junto a las dunas de una playa poco frecuentada. Allí el hermano conduce el auto orgulloso con el padre al lado y se establece cierto vínculo necesario entre los hombres de la casa.

   La abuela y la niña pasean cogidas de la mano. El contacto es firme, tirante.

   Se le mete arena en las sandalias pero no puede detenerse.

   Entre las piñas caídas en el camino ve algunas con piñones pero no se para a coger ninguna.

   Se cruzan con unos niños que juegan a la pelota y quisiera correr tras ella. 

   Tiene sed, pero tendrá que esperar hasta volver a casa.

   A la hora de cenar, la niña pide unas bolitas de queso en el plato de sopa. Ya acostadas, su abuela le contará una vez más la historia de la joven beata Catalina tentada por el demonio junto a la fuente de su pueblo. No le gusta nada ese cuento. Ella se dormirá pensando en las hebras de queso fundido que no terminan de alcanzar su boca, hechas un lío entre la barbilla y la nariz. La cuchara pescando una bolita suave y caliente como si fuera un juego.

   Llega el día de lavar las cortinas y el agujero queda al descubierto. Sin el resguardo de los flecos, lo que fue refugio de la siesta se convierte en elemento delator. Esta niña es tonta de remate, dice el hermano. Pues como no duermes te quedarás sentada junto a la cama de la abuela hasta que ella se levante, replica el padre.

   La silla de mimbre se le clava en algún punto de las nalgas y los reposabrazos son tan estrechos que no consigue apoyarlos bien. Estira las piernas. Las separa. Las encoge. La radio a bajo volumen le acerca las voces de personajes que parecen angustiados. La abuela inspira profundo, no dice nada, está muy cansada. Los ojos cerrados, las manos sobre el vientre hinchado. Una vida dura y la salud quebrada le restan ánimos para tener mayores atenciones con la pequeña. El padre viudo, los dos hijos, la casa que sostiene por costumbre. La mujer no sabe que dentro de unos meses pasará en el hospital sus últimos días entre sábanas blancas de bramante y olor a cloro.

   La niña abandona la sillita y repta por el suelo hasta deslizarse debajo de su cama. El suelo está fresco. Muy quieta escucha la respiración de la abuela dormida. Su índice escoge un punto de la pared sobre el zócalo, la cabeza apoyada en el antebrazo. Rasca con la uña, poco a poco, y come la pintura y chupa el dedo sucio de polvo. Piensa ya en otro túnel y en un elfo que la llevará de la mano hasta un lago de aguas verdes donde se sumergirán por completo.

   

      

   

Puntúalo

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS