
¿Quién anda ahí?
La Segunda Luna ya se mueve hacia las alturas de los cerros Armstrong y yo, todavía, estoy preparándome en la sala interior. Observo las reliquias de la casa y siento mi pequeñez frente a quienes las trajeron en sus noches de ritual. Dudo de mí y me pregunto si aún son necesarias estas pruebas. No sé qué pasaría si no quisiera abandonar a mis madres o a mis hermanos, qué ocurriría si no pudiera dejar esta granja y a mis amigos, ni siquiera una noche. Luego pienso que todos los que fueron antes que yo también tuvieron miedo, y sé que debo hacerlo. Nadie me llamará por el nombre que he elegido si abandono.
Me pongo el traje de soporte siguiendo la rutina de siempre. Mientras, miro por la ventana las extensiones de tierra que, rojas y violetas, se alargan hasta la falda de los cerros. Oigo el viento y me templo con el calor de los últimos rayos de sol que habían entibiado la sala.
Cuando acabo de prepararme, mis madres están ya todas esperándome, serias y silenciosas, como debe ser, con sus trajes ceremoniales y sus tocas negras. Antes de salir, cuentan que el Bastión es una reliquia, está ahí desde la época de la conquista, en el tiempo en que esta parte del mundo se llamaba New Cradle y los antiguos vivían encerrados en cúpulas de aire. Confirman que la prueba es llegar hasta el fuerte y pasar allí la noche. Yo quiero decirles que ya lo sé, pero no se habla antes de volver. Me dicen lo contentas que están por mí, me colocan la radio de supervivencia y el estuche gris, que dejaré mañana en la sala de reliquias con el registro de todo lo que haga esta noche; me dan la caja de víveres y me despiden. Eso es todo, ni hermanos ni fiesta ni amigos. Nada. Es el ritual.
El camino que llevaré corre al principio a la derecha de los prados y de los campos de frutales. Más allá, enseña las cicatrices de las trincheras y las empalizadas que dibujan la antigua frontera colonial, de cuando las Banderías nativas recorrían la zona. Atraviesa luego un arroyo, que en esta época baja hacia el llano sediento rápido y ruidoso, como cascando piedras entre sí, y enseguida se mete serpenteando en dirección al Bastión y la Travesía de los Puentes.
Empiezo a caminar con rapidez. La Franja de Estrellas ilumina mi paso y en poco más de doce pulsos llego al arroyo. Baja más crecido de lo que esperaba y el sonido atruena como huesos rotos en una bolsa. Resoplo mientras cruzo. Remonto el bosque antes del Cantal del Bastión. Mientras espero a que se alce la Primera Luna, con su acerado brillo azul, la única luz que hay la dan las lucípteras que vuelan alrededor. Veo fogonazos y espejuelos de río que danzan enredándose. Por ahora, es suficiente para mí. También miro atrás, a los campos antes del arroyo, donde están los prados y los árboles llenos de fruta, y veo un enjambre de joyas centelleando sobre el suelo húmedo. Parecen ascuas de viento y luces de musgo que puntean el rojo y el violeta de la tierra y se trenzan en su vuelo, como si se despidieran de mí, como si la llanura quisiera atraerme antes de iniciar la subida.
No es tan tarde cuando llego a la última curva antes de entrar jadeando por las Puertas del Este y dar a la Plaza Ancha de la Armería. Nada es como lo imaginaba. Supongo que es por eso el sagrado juramento de secreto: no contar lo que vemos aquí. La plaza es una escombrera de apenas tres edificios de lado, un espacio donde las plantas dejaron de molestar hace mucho tiempo. Sigue habiendo muros arrasados a un lado y otro de las lonjas donde, en su día, debieron estar los depósitos de armas de Colonia. Una cuesta que se ve entre las hileras de unas casas derruidas quizás fuera entonces una calle hacia el fuerte alto, el auténtico Bastión. Del resto, no queda casi nada más; la epopeya de los primeros días, los de la terraformación y luego la tarea colonizadora, se resume en esta pedrera que se ha convertido en una tumba y en un recuerdo inútil. No sé cómo pudieron caer, quién traicionó a los primeros colonos.
La Primera Luna ilumina por fin la plataforma con un riel de luces. Durará poco, así que observo para no olvidar nada de lo que vea. Estoy parado, descansando sobre los restos de un muro que va perdiendo el calor del día. La plataforma es una meseta en el camino que continúa hacia el baluarte. Ahora se ve mejor lo que había sido. Alrededor de la plaza hay un laberinto de pequeños cobijos hechos con materiales tan desgastados que no puedo reconocerlos. Quizás aquí viviera la primera línea de soldados y colonos que guardaban la zona de los ataques en el tiempo de las Banderías. A lo lejos asoman, con parte de la nobleza de los primeros días, los restos de Colonia. Pienso en si esta peregrinación no será una oportunidad para detenerse en lo que fue su grandeza, observar su ruina y cuidarse de no dar por sentado que hoy ya no pueda suceder lo mismo. Recobrar el compromiso con los prados y bosques, con las montañas y mares donde se jugaron la vida nuestras gentes de antaño.
Sobre la torre del fuerte alto oigo a las grandes chilladoras y a las cuchillas, mientras vuelan ganando altura antes de descender en picado a los huertos, en busca de fruta. Los chirridos de esos pájaros hacen creer que traen algún presagio y vuelvo la vista a la llanura que se percibe cercana. Las sombras de la luz lunar la muestran hermosa y llena de vida. Pienso en las gentes de los cobijos. Y en mí como si yo hubiera debido ser uno de ellos.
La subida a esa fortaleza es la parte más dura: tengo que continuar el camino; la Primera Luna no durará mucho y el Sol aún tardará una buena noche en salir.
He llegado al fortín con suficiente luz para preparar mi vivac. Está casi intacto, con solo algunos agujeros en las murallas y signos de fuego en unas pocas troneras. Y un edificio cerca de la plaza que está derruido. Aquí se encerraron los colonos y los soldados para dar la última batalla a los nativos de las Banderías, protegiendo Colonia y la llanura. Dejaron atrás todo lo que no sirviera para matar y defender el camino a su capital, después de que el poblado de la Plaza de la Armería hubiera caído. Pienso en qué abundaría más durante esa última resistencia, el valor o el miedo, y no creo que importe; ahora, entre estos muros que los recuerdan a todos, héroes o cobardes, no importa. Ese es el significado último de este camino: dormir con los que llevan tanto tiempo dormidos, morir una noche con ellos. La fortaleza es un templo y un cementerio. Miro alrededor y entre los muros intactos y ennegrecidos no encuentro más que un vacío de silencio, sombras y recuerdos que yo no tengo. Me duermo orgulloso de ser quien soy.
Más tarde, poco antes del alba, despierto con una luz que no debería estar ahí.
Preparo el traje en modo defensa y voy hacia el foco. La veo brillar temblando entre los muros de la única edificación dañada del fortín. Los escombros forman grietas donde alguien podría esconderse, aunque no debería haber nadie, los nativos libres fueron exterminados cuando vencimos a las Banderías. Todos, salvo aquellos que trabajan en las haciendas y en las fábricas. Nuestros muertos están enterrados en Ciudad Páramo, la nueva capital de la colonia. Es una anomalía, un asombro que no sé si creerán las madres cuando lo cuente. Me acerco con precaución y con el traje a pleno rendimiento. Los sistemas informan de que se detecta una entidad a unos dos pulsos frente a mí, escondida bajo un saliente de escombros. Camino pensando en si esta distracción alterará la validez de mi ritual, si superaré la prueba. Todo quedará registrado en el estuche gris. El traje indica que llegaré a la luz en menos de un pulso. Al poco, veo la luz blanquecina que se proyecta hacia mí deslumbrándome. Los sistemas del traje me enseñan un bucle permanente entre fuera y dentro, como si yo apuntara la luz a un espejo que me la devolviera. Cuando dejo de estar deslumbrado, veo al ser que la sujeta. Parece un nativo de aspecto enfermizo, que anda en cuclillas apoyándose en las manos, con ojos enormes y amarillentos y una boca que gime casi sin sonido, mientras lame las paredes húmedas de las rocas. Oigo decir «kin antba ji» y me estremezco sin saber por qué. El nativo mira hacia mí con sorpresa. Me pregunto cuánto tiempo llevará allí y pienso que, sea el que sea, es demasiado. Ese descendiente imposible de una especie feroz y asesina me mira ahora pidiendo clemencia con sus ojos amarillos, como si yo pudiera reconocerme en ellos. ¿Clemencia en este lugar que es el altar del recuerdo a los primeros creadores de civilización? Sin pensarlo un instante, le disparo cerca de donde está nuestro corazón y lo abandono allí, gimiendo mientras muere. Parece surgir de la tierra un canto como un lamento fúnebre y, en este lugar de memoria victoriosa, siento como si algo de mí también hubiera muerto. Lo descarto de inmediato.
Enseguida sale el sol cruel y me preparo para volver. He borrado de mi mente el recuerdo del nativo, ni siquiera volví la mirada para verlo una última vez cuando dejé su refugio. Allí no debía haber ningún nativo y ya no lo había. Recojo mi pesado vivac y saludo a los muertos del Bastión, conmovido y contento. Luego, en el camino de vuelta, haré lo mismo con los de la Plaza de la Armería. Poco después, cruzo el cauce silencioso del arroyo seco y llego a los llanos agostados. Estoy rodeado de bandadas negras que alzan el vuelo a mi paso sin un graznido. El calor traspasa los filtros del traje de soporte, me asfixia y quema mis hombros. El camino está ahora abrasado y lo siento más largo y estrecho mientras lo recorro con el hiriente sol en los ojos. Me acompaña el silencio del recuerdo de mi experiencia, porque nada debe decirse o pensarse hasta estar con las madres. La carga que traigo de las ruinas del fortín pesa en mi mochila. Cada vez pesa más y debo caminar más lentamente y moviendo los brazos para equilibrarme. Debería tirarla, pero cuando lo intento resulta difícil manejarla, me vence y encorva mi espalda como la de un anciano y ya no puedo enderezarla.
Veo ahora mi aldea. No hay nadie esperándome con ramas ni con agua fresca para la sed. La plaza está vacía y no se oyen los gritos del sacrificio de los animales. He llegado pronto, pienso, eso debe ser, aunque el sol está ya alto. No confiaban mucho en mí. La plaza está desierta y descuidada y no parece que haya pasado solo una noche. Entro en la casa llamando a mis madres y a mis hermanos mientras me quito el traje. No oigo voces, nadie responde. Recojo la mochila y la recorro. La sala de las reliquias está vacía, como el dormitorio de las madres y el de los hermanos, como todas las estancias que abro. No huelo nada, no oigo nada. Es como volver al Bastión entre la oscuridad de la noche sin lunas y el silencio de los montes quemados. Como volver al Bastión entre los fantasmas. Enciendo mi linterna. Cada vez tengo más sed. Busco agua en la cocina, pero el grifo no funciona y solo veo unas gotas que resbalan por la pared. Sobre la mesa, los tazones de las gachas están resecos y una cuchara comida por el orín se sujeta vertical en uno de ellos. El aire entra silbando por las grietas del polímero derruido. La mochila tira de mí hacia abajo y acabo sentado en el suelo, cansado y envejecido. La estancia tiene una atmósfera enrarecida y jadeo para coger un aire que no reconozco. Oigo unos ruidos cerca de mí, como un maligno cuchicheo metálico de pasos que se acercan. Caigo en que ahora soy el amo de la casa y entonces digo: «¡¿Quién anda ahí?!».
El libro del taller
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