Alfredo siempre le afea su hábito de morderse las uñas. No se las mordió nunca de niña, a pesar de que algunas de sus amigas lo hacían, pero ella siempre quiso tener unas manos bonitas como las de aquellas mujeres que salían en las revistas que leía su madre. Manos con uñas esculpidas en color rojo. Manos de señora. En el pueblo, cuando iba a casa de su abuela, recortaba las revistas que ella apartaba una vez leídas y se hacía coloridas uñas de papel que pegaba con saliva a sus pequeños dedos. Otras veces eran los pétalos de algunas flores los que utilizaba para transformarlos en sedosas uñas. Cuando se casó, su amiga Carmen le hizo una manicura francesa. Ese día no dejó de admirar sus uñas, maravillada. No las reconocía como parte de su cuerpo. Más que aquel vestido color hueso, con una cenefa de margaritas casi a la altura de los pies, que su madre le arregló de la boda de su prima, lo que a ella más le gustó ese día fueron sus manos. Ahora lleva unas uñas desiguales, mordisqueadas hasta ese punto en el que se pegan totalmente a la carne y es imposible levantarlas sin sangrar. Total, qué más da, quién se va a dar cuenta. Sólo Alfredo. Alfredo sí. Alfredo siempre guarda alguna mirada para ella.

-Da asco verte esas manos.

Ella intenta esconderlas en los bolsillos de su bata. Alfredo tiene razón. Son manos ásperas, con olor a lejía, manos torpes, aptas para trabajos gruesos y no para atender objetos o cuerpos delicados.

Fue su amiga Margarita quien le propuso ir con ella a hacerse la manicura a un salón de belleza. Te van a quedar preciosas, ya verás, le animó Margarita y ella dudó. Qué iba a hacer ella con unas manos así, si no salía de casa más que para ir a la compra o a la Iglesia. A Alfredo le gustará verte un poco arreglada mujer, que te has ido dejando y también hay que cuidarse, insistió Margarita. Tenía razón Margarita.

Siempre le ha gustado mirar las manos de los demás, especialmente las de mujeres de dedos finos, con uñas de forma ovalada y pintadas con ese brillo esmaltado que solo sobrevive en manos de movimientos ligeros, suaves, en manos que acarician y hablan. Siempre ha creído que una mujer con esos dedos se convierte forzosamente en una mujer elegante, de las que no se desgastan en trajines de casas y pueden colocarse las medias sin hacerse enganchones, de las que acunan y arrullan. También mira siempre las manos de los hombres, aunque no directamente. Alfredo llevó las uñas limpias el día de la boda. Impolutas. Le costó reconocer esas manos cuando don Emilio, el cura, dijo lo de que se pusieran los anillos. Le parecieron manos de señor de ciudad, de hombre que trabaja con papeles y no de quien recoge y envasa fruta cada día. Por un momento tuvo la sensación de que se casaba con otro.

Cuando don Emilio le fue a dar la comunión se fijó en que la uña del dedo anular de la mano derecha del sacerdote estaba completamente negra, ahuecada y se movía como si fuera a desprenderse de la piel de un momento a otro. Sintió una náusea, cerró los ojos y tragó aquella forma sagrada con la cabeza gacha respirando fuerte para controlar la arcada.

Las manos de su madre siempre tenían padrastros, que ella se obstinaba en eliminar tirando de ellos con los dientes hasta que dejaba al descubierto la piel sonrosada, sangrante en ocasiones. De niña aprendió a intuir su estado emocional mirando tan solo sus dedos. Sin embargo, ella siempre la insistía en que vigilase sus uñas. Había que lucirlas siempre limpias, siempre cuidadas. Era signo de clase social y decencia. Así debía ser. Tenía razón su madre.

Hoy ella no sabía que color elegir, pero la señorita del salón de manicura le ha propuesto un rosa pálido, porque lleva las uñas muy cortas para un tono más atrevido, y a ella le ha parecido bien. Le ha resultado extraño que alguien le tocara las manos, bajo un flexo de latón que, pegado a la cabeza de aquella mujer, iluminaba sus dedos tensos y sus uñas casi sin zonas para limar.

Apenas ha caído polvo de la lima, pero por un momento ella ha sentido que era posible. Envuelta en el olor del esmalte se ha recreado viendo el pincel deslizarse y ha llegado a pensar que tal vez podría volver a gustar a Alfredo, como cuando de novios le decía que todo su cuerpo le parecía bonito. Sólo de recordarlo le sube el calor al rostro y un escalofrío por la espalda. Con esa esperanza ha llegado a casa, pero la ilusión se ha apagado antes de que anocheciera. Tenía razón Alfredo. ¿Qué se le había perdido a ella en ese salón de manicura? Había sido una tontería.

No volvería a escuchar a Margarita, porque la trastornaba y le hacía creer cosas ridículas, como si fuera una niña a su antojo. Sí eso había dicho él, ridículas e infantiles y debía ser cierto, porque ahora mientras se quita el esmalte rosa pálido nota sus lágrimas que se escapan como cuando de niña su madre la reñía por no obedecer al padre al pie de la letra o cuando de novios Alfredo se enfadaba con ella.

Alfredo la ha querido, mucho. Bien de veces se lo dijo su madre. Que no va a haber otro hombre para ti, que si no te quisiera no te rondaría. Tenía razón su madre, porque si no la hubiese querido a santo de qué iba a haber ido él todas las tardes de los domingos a su casa a jugar al dominó con su padre, y por qué si no se quedaba pegado a ella en los bailes de las fiestas de San Blas. Que ella siempre supo que su amiga Paloma bebía los vientos por Alfredo y no dejaba pasar la ocasión de acercarse a él y reírle las gracias, pero a Alfredo se le iban los ojos detrás de ella y eso lo veía Paloma y todo el pueblo. Que hasta su madre se lo decía, válgame Dios muchacha, este Alfredo te va a comer un día con los ojos. Entonces ella no se mordía las uñas, aunque en ocasiones, también tenía padrastros. Aun así, él le pidió su mano a su padre. Y de casados la siguió queriendo. Hasta cuando pasó lo del bebé ella sabe que no la dejó de querer. A su manera, porque cada uno queremos como podemos. Fue entonces cuando comenzó a mordérselas. Alfredo debería habérselo prohibido. Pero él tampoco supo, porque a ver quién va a estar preparado para algo así.

Algunas noches cuando apaga la luz del dormitorio ella le escucha llorar. Llora bajito, para adentro, como hace ella cuando trajina en las tareas de casa o cuando se sienta en la última fila de la Iglesia. Siempre va cuando no hay gente y clava sus ojos en las pocas imágenes que cuelgan de las paredes. Quiere quejarse, sacar su dolor y echárselo en cara al mismo Dios, pero siempre termina llorando en silencio y mordiéndose nerviosa las uñas.

Si entonces él le hubiera dicho que debía dejar de hacerlo se habría esforzado por abandonar esa fea costumbre. Pero nadie le dijo nada y no supo qué hacer con sus manos. Fue ella quien entró a la habitación a despertar al bebé y lo encontró allí tal y como ella misma lo había dejado dos horas antes. Fue ella quien lo cogió en brazos y lo llamo por su nombre, primero en voz baja, luego a gritos, ella quien lo zarandeó intentando inútilmente despertarlo antes de que Alfredo entrara en la habitación alertado por sus gritos. No era verdad. Ella no tuvo la culpa. Se lo arrancaron de las manos y ella comenzó a morderse las uñas hasta sangrar, para que ese dolor amortiguara un poco el otro. Pero siguió doliendo cada vez más. Porque las manos se quedaron definitivamente vacías y no sabía a qué aferrarlas, por eso las trataba a dentelladas, para que no la recordaran el hueco, la ausencia. El último dolor borra el anterior. Si hubiese podido se hubiese arrancado las entrañas, pero no pudo y sólo se la ocurrió maltratar sus manos.

Aún hay noches que se despierta, empapada en sudor, preguntándose qué fue lo que hizo mal. Entonces se las muerde con rabia y se levanta los padrastros, tirando de la piel hasta que los dedos comienzan a sangrar. Muchas mañanas las sábanas amanecen manchadas y Alfredo se queja. Tiene razón Alfredo. La cama parece una carnicería.

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