Sea un español decente

Sea un español decente

Noelia Sirgo

30/06/2026

No había duda. El bulto que descubrí en mi media cabeza rapada tenía la forma de La Rioja. El peluquero de la mili en el cuartel de Logroño debía de ser recluta desde hacía unas horas, como yo. Se notaba que se estaba acostumbrando a su nueva tarea y usaba la maquinilla lentamente, como si no quisiera fastidiar la orografía de los huesos que iba desenterrando. Así que me había dado tiempo a repasar esa figura tan característica del perro. Me dio por pensar, ahora que empezaba a parecer un tío duro, un soldado, en lo que me había pedido mi madre cuando nos despedimos en el pueblo: «Sé un español decente, Santiago». La verdad es que mi madre no era una persona exigente. No me requería para las tareas del día a día, no me había sugerido que estudiara o trabajara, ni siquiera en las elecciones de 1986 me instó a que votara a fulano o a mengano. Así que me sorprendió mucho que me pidiera algo tan serio. Creo que hubiera preferido que me obligara a limpiar los baños en lugar de verme ahora desentrañando tremenda empresa. Pero claro, estaba feo que yo ahora me hiciera el sueco, sobre todo teniendo en cuenta que tenía que ser español.

Revisé el estado de mi pelo y no aparecían nuevas comunidades autónomas. Tampoco las tenía el peluquero. Aunque no le veía bien el cogote y tal vez hubiera tenido que preguntarle de qué región era para buscar con más rigor, por si resultaba que cada uno tenía el relieve de la suya. Quizá mi madre sabía esto. Sabía que yo tenía la españolidad dentro de mí y tenía que esgrimirla a través del relieve de su querida Rioja, esa tierra que les acogió a ella y a mi padre después de salir por patas de San Sebastián. Pero, ¿esgrimirla contra quién o qué? La verdad es que yo llegué a la mili con la intención de pasar de puntillas uniéndome a la banda de música o, como mucho, metiéndome a aprendiz de cocinero. Mi idea era aprovechar para sacarme el carnet de conducir y seguir con la autoescuela de la familia. Pero resulta que a última hora va mi madre y me pide esto. No valía con ser solamente decente; eso me resultaría bastante fácil. Había especificado que fuera «un español decente».

Leí la placa con mi nombre en el uniforme: Santiago Garmendia Etxebarría. ¿Y si era eso? ¿Y si debía ser un tiarrón español frente a mis apellidos? Mis padres se marcharon a Calahorra cuando las guerrillas de ETA se intensificaron. Eso no gustó a la familia, especialmente a la de mi madre. Siempre decía que su nebatxu se volvió loco. Al parecer mi tío nos etiquetó de traidores y dejamos de ir de visita cuando yo todavía era pequeño. Se ve que fuimos malos vascos.

Ya completamente pelado se veía la silueta del perro riojano, a punto de mordisquearle el culo a Euskadi por la sierra de Toloño. Entonces entró en la sala un oficial que me buscaba. Deduje su rango por su seguridad, pero no lograba ver bien sus hombreras. Hice un saludo torpe y me metí el pulgar en el ojo. Me retiró a un rincón y me preguntó si yo tenía origen vasco. Bajó la voz cuando asentí, con el ojo derecho lagrimoso.

—¿Ha viajado mucho allí?
—No he vuelto desde crío.
—¿Habla euskera?
—No.
—¿Quiere ser usted un español decente?
—Por mi madre que sí, señor.

Solo me había dado tiempo a leer el primer apellido del oficial, González, cuando se giró instándome a que lo siguiera. Me condujo a una zona poco concurrida del cuartel y llegamos a una puerta escoltada por un soldado al que le dijo que yo era el tercero. Entré a una sala que parecía un aula, con dos chicos con las cabezas como tomates. Me sentí agradecido de que, efectivamente, como mínimo había sido el tercer ensayo del peluquero y había salido mejor parado, pero intuía que también iba a ser el tercero de algo más gordo. Estaban de pie, rígidos, mirando algo de reojo. No se movieron cuando entré. Solamente vigilaban una ikurriña, como si les apuntaran con una mira telescópica. Adopté la misma actitud y pronto regresó González con unos libros. Nos cuadramos.

—Señores, saben ustedes que España se rompe. ETA está desollando nuestra piel de toro.

—Sí, señor… —murmuramos, dubitativos.

Yo, en concreto, estaba pensando que el toro, por definición, ya estaba desollado antes de que los etarras nacieran, pero intenté asumir mi responsabilidad más allá de los detalles.

—Valientemente ustedes van a evitarlo.

Pensé que nos mandarían a matar etarras con la Tizona o a descalabrar a alguno con la concha del bastón de Santiago. En cualquier caso, a mi madre le valdría. Sin embargo, el oficial —o, más bien, los señores que cuidaban de España— tenían otro plan.

—Durante varias semanas madrugarán y formarán aquí fila noventa minutos antes que el resto de los reclutas. Tocaremos el himno delante de esta falsa bandera y, sin decirle nada, ni siquiera a su propia madre, aprenderán euskera. —Levantó los libros.

Aquí tocó hueso. Aquello era una bomba o, hablando con propiedad, un cóctel molotov con el que alimentar el ego de mi madre. Aprovecharía para contárselo y aprender de ella, aunque jamás le había oído una palabra en vasco, salvo cuando nombraba a su nebatxu.

—Les enseñaremos cómo habla un vasco, cómo come un vasco, cómo se mueve un vasco y cómo piensa un vasco. Pero no cualquier vasco, sino un abertzale.

Mis compañeros no habían abierto la boca ni se habían movido, pero supe que los tres comprendimos de golpe lo que querían de nosotros. Uno de ellos se sentó, pero González no le reprendió. Eso me sorprendió porque, en las pocas horas que llevaba en el ejército, había aprendido que allí había que permanecer de pie y muy estirado. Si ahora hacía una excepción era porque ninguno de nosotros iba a salir del aula sin más. Éramos su juguete.

—Cuando estén listos los enviaremos a beber txakolis a una herriko taberna y a correr delante de los maderos —dijo esto riendo y entrecomillando la palabra.

El chico que aún estaba en pie junto a mí protestó.

—No tardarán más que unos días en darse cuenta…

González, satisfecho, se mantuvo en silencio viendo su trabajo culminado.

—Efectivamente, ustedes serán txakurras. Su misión es engatusar a los terroristas, distraerlos y malgastar sus recursos. Ustedes le abrirán la puerta de atrás al ejército español para infiltrar a espías veteranos.

—¿Un maldito cebo, un trozo de carne de Burgos al que pegar un tiro? —siguió el soldado.

Aproveché para buscarle en la nuca la silueta de Castilla y León, pero estaba enfadado y se movía demasiado.

—Sí, pero más bien un bendito cebo —corrigió González—. Se graduarán con todos los honores del Estado, incluso antes del tiempo habitual del servicio militar si terminan su misión en Euskadi. Van a ser unos hombres ejemplares, sus hijos se lo contarán a sus nietos. Serán ustedes españoles decentes. Santiago, le veo entusiasmado.

Gora ETA, señor.

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