Cerca del pueblo había un prado y, en medio del prado, una barca. Era una de esas barcas de madera pintada de verde, con capacidad para ocho o, quizá, nueve personas. Tal vez algún día navegó, como se espera de toda barca, pero hoy estaba abandonada, estancada en la tierra, con la carne comida por el tiempo y la pintura verde algo descascarada. Como la infancia ve lo que los adultos han aprendido a ignorar, cada vez que un niño del pueblo paseaba por primera vez por los alrededores, la señalaba: mira allí, hay una barca en el campo, ¡qué cosa tan extraña!, y el adulto más cercano arrastraba, sin darse cuenta, su atención hacia otro lado. No hay nada que ver, le decía. O: siempre ha estado ahí, no tiene ningún interés. O: se hace tarde. Para los aldeanos, la barca era algo que deja de verse, como un verde sobre verde. 

Por eso, nadie la prestó atención, hasta que empezó a hacerlo Lena, la boba. Lena era una vecina del pueblo que no hablaba ningún idioma. Se expresaba con gestos, la boca bien abierta y las vocales convertidas en cantos de pájaros. Se la suponía boba. Como no hablaba ningún idioma, no fue capaz de explicar por qué un buen día, sin motivo aparente, comenzó a visitar cada mañana el prado. Sus dos cuidadores la siguieron y descubrieron que se sentaba frente a la barca, como quien se arrodilla junto a un santo de madera, y pasaba horas hablándola. Esa actitud despertó en el pueblo la perplejidad, la curiosidad, la burla. Nadie antes había adorado algo tan ridículo.

—Quizá le gusta esa barca porque es absurda, como ella misma —sugirió uno de los cuidadores.

—Es cierto —dijo la otra—. Pensadlo. ¡Es una barca en medio de un prado!

Y, tirando del hilo de la memoria, la gente empezó a preguntarse por primera vez cómo había llegado una barca a un lugar así. La vecina más anciana recordó, a todo el que quiso escucharla, que la barca estaba en aquel lugar por un motivo: el prado antes de prado fue otra cosa. Fue un lago. Casi un siglo atrás, contó la mujer, los fundadores de aquel pueblo desviaron el río principal para drenar la tierra y edificar sobre ella. Por eso, las casas estaban construidas en una hondonada y al este, más elevada, había una presa envejecida que hasta aquel día retenía las aguas y las mantenía dentro del cauce de un río artificial. Aquel pueblo era, por tanto, un pueblo con recuerdos, un pueblo que soñaba con el mar, a pesar de que durante cien años varias generaciones de habitantes habían intentado borrar esas nostalgias de pueblo desecado: arrancaron los restos del muelle, cambiaron por metal los faroles hechos de antiguas botavaras, alteraron los nombres marítimos de la geografía (como la antigua Vereda de las Marismas, que pasó a llamarse la Vereda del Mercado) y limpiaron los fósiles de corales y los esqueletos de monstruos marinos, pero la barca había quedado allí. Tal vez por pena, tal vez como se mantiene un lunar en un rostro, dejaron estar a esas tristes maderas, aún entrelazadas, como soñando pasajeros, en su escenario anómalo.

Pero a Lena, la boba, no parecía interesarle la historia ni la geografía, no parecía interesarle nada, al menos nadie había intentado nunca entender qué misterios de la física movilizarían el corazón de aquella mujer de cabello de espiga húmeda, de ojos grandes y bobalicones, de nariz salpicada. Algunos vecinos hicieron el esfuerzo, nunca antes practicado, de intentar entender su loco peregrinaje. Quizá la barca era para ella un signo divino, propuso alguien. Puede que Lena, la boba, viera en sus formas algún tipo de arte, o el rostro de su difunta madre, o el de algún amante ya desaparecido (en el caso, nunca antes contemplado, de que los bobos pudieran amar). Tal vez había encontrado en la madera una marca especial, digna de devoción, como aquellos rostros de vírgenes que aparecían en el moho de las iglesias. Los entrometidos comenzaron incluso a visitar el prado para observar a Lena, la boba, en su inexplicable adoración. Se acercaban, miraban la barca, rastreaban cada centímetro de su madera, buscaban en ella rostros, imaginaban figuras en sus muescas y sus manchas; mientras, Lena los dejaba hacer, algo nerviosa por sus intromisiones. Nadie encontró nada. Se marcharon, dejándola sola con su idolatría.

Cuando los villanos comprendieron que aquel hábito de la boba no tenía sentido, supusieron que era peligroso. Y más cuando los niños lograron enterarse del asunto, esquivando las conversaciones en clave de sus adultos. Aunque nunca visitaron el prado de la barca, un éxodo que todos los padres se habían coordinado para prohibirles estrictamente, la barca comenzó a entrar en las conversaciones infantiles. Hasta entonces eran ellos, los niños, los únicos que habían hecho un esfuerzo por aproximarse a Lena y su idioma incomprensible y siempre ninguneado: trataban de escarbar en sus espasmos y ruidos guturales, encontrarles sentido, divisar en ellos el sujeto y el acto e imaginar que con ese lenguaje mágico la mujer conversaba con los pájaros, los peces o la aterradora serpiente mellada. A veces, incluso, lo imitaban. En la escuela, donde se reunían todos los niños, porque apenas eran ocho en todo el pueblo, algunos padres habían notado que dejaban progresivamente de decir palabras y las cambiaban por graznidos. Una mañana, los ocho niños desaparecieron. Después de horas de búsqueda, sus cuidadores hicieron un hallazgo desconcertante: habían subido al valle y estaban con Lena, arrodillados frente a la barca y hablándola en el mismo idioma que ella.

Aquello fue demasiado. Las autoridades del pueblo decidieron intervenir. Trataron de persuadir a Lena, la boba, para que dejara de visitar la barca, pero fue inútil: parecía movida por una necesidad vital. Entonces, los hombres y mujeres del pueblo cogieron los temores colectivos, el miedo al cambio irreversible, el miedo a lo que viene de lejos, el miedo a la pérdida y la podredumbre, y ella los personificó, a su pesar. Los nietos de aquellos que arrancaron el muelle, cambiaron por metal las botavaras y alteraron los nombres marítimos de la geografía, esos nietos que heredaron la urgencia de acallar lo pasado sin advertir que lo que se reprime puede agrietar las piedras y desatarse de golpe y desbordarse en forma de ejércitos de mariposas, visitaron el prado una noche convertidos en una turba espontánea. Iban armados de martillos, palancas y alcayatas. Ante los ojos desesperados de Lena, la boba, destrozaron la barca, con un terrible ruido de huesos que se rompen, dejándola hecha un amasijo de trizas y naufragios.

A la mañana siguiente, desde todas partes del pueblo podía oírse los aullidos de la boba. Se comportaba como si el cielo fuera a desplomarse sobre su cabeza. Todos la ignoraron.

Solo los niños parecieron entender su desconsuelo. Sin palabras la confortaron y acompañaron al valle, en lo que todos creyeron que era un último viaje para velar los pedazos de su objeto adorado. Los adultos, algo conmovidos, les concedieron ese viaje, hasta entonces prohibido. No sabían que, escondidas en las ropas, los niños llevaban herramientas: martillos, clavos, pegamento, un serrucho y varias tablas. Esa tarde, sin que nadie más del pueblo se enterara, Lena y los niños repararon la barca, con una urgencia animal, de vida o muerte.

En la madrugada del día siguiente, desde el pueblo se oyó un bramido. La presa envejecida, que mantenía el río fuera de su cauce natural desde hacía un siglo, se había resquebrajado. Sin aviso, el agua se desbordó con violencia, anegando el valle y el pueblo, y arrasó como una garra gigantesca las casas, los árboles, las estatuas, los comercios y a todas las personas que encontró a su paso. Solo Lena y los ocho niños, montados en su barca, lograron salvarse, y pusieron rumbo a un nuevo lugar, una isla ubicada a varios días de distancia. Hoy, muchos años después, se dice que está habitada por una sociedad nueva cuyos habitantes son capaces de ver el futuro, pero no pueden contarlo: se expresan en un idioma que inventaron ellos y que nadie más es capaz de hablar. 

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