El personaje que dijo tres veces…

El personaje que dijo tres veces…

Enrique Ayuso

16/05/2026

Me ha dicho mi autor que tengo que decir tres veces la misma frase en un relato corto, me dice que la elija yo mismo, pero que tengo que repetirla a lo largo del cuento, o decirla tres veces seguidas, como yo quiera. Así, sin decirme más, me pide la frase que mi personaje repite. Y que sea corta, me dice. Le pido un poco de contexto de la conversación y va y me dice que el contexto y los personajes ya los pone él, que para algo es el escritor, que yo solo tengo que elegirla.

Me ha creado con cuatro trazos: “Un hombre joven, funcionario, profesor de instituto, amigo de la pareja protagonista y enamorado secretamente de ella sin ser correspondido.” Y luego me ha soltado lo de decir lo mismo tres veces, lo que yo quiera y me ha dado un tiempo para pensar.

Si mi amor es secreto, nadie sabe si soy o no correspondido, voy a elegir una expresión de amor a Elena. ¿Elena? ¿Por qué sé que es Elena? ¡Ah! Si soy amigo de la pareja me sé sus nombres y si me sale Elena es que ella se llama así. Y ¿Él? ¿Cómo se llama él? Pues Juan, como se va a llamar, somos amigos desde siempre. Mejor pensado, nada de amor, prefiero mantener el mío en secreto, él sabe más que yo y si me ha dicho no correspondido, me temo que es así, vaya, un hecho del cuento que piensa escribir.

Con lo que diga puedo manejar el relato, puedo hacer que sea un cuento de romanos hablando en latín o mencionando algo histórico. No, eso es lo que él quiere, que ya le veo venir, que he visto mucha toga, mucha túnica y mucho legionario entre los personajes que andan por aquí, que ya sé que es un pedante con la antigua Roma. Además, y pensándolo bien, lo de funcionario y profesor de instituto me corta un tanto las alas, suena muy de aquí y de ahora, no puede ser histórica, tendrá que ser algo que vaya con el mundo actual.

Pero puedo llevar el relato hacia el drama, o mejor a la tragedia diciendo “ha muerto tan joven” o “lo han asesinado.” “¡Eh!, ¡qué te parece si repito eso y tienes que escribir algo trágico, o peor para ti, algo romántico con muchos sentimientos como la he amado desde siempre.” A mí creador le da un síncope si tiene que escribirla tres veces, que yo vivo dentro de su cabeza y le voy conociendo. Mejor no, ni drama, ni romántico.

Estaba pensando en mi frase repetida y en mi amor secreto amor no correspondido y se me ha acercado uno de los romanos que andan como yo por la cabeza de mi autor. Este era bajito y llevaba una toga con su ancha banda de color púrpura sin nada debajo. Me ha dicho que no me esfuerce, que nuestro creador es vago, idea muchos personajes, pero escribe poco. Se me ha acercado mucho y me ha atufado con su aliento de vino barato y ha añadido: “Ya ves cómo está esto de personajes nunca escritos”. Me ha dicho esto último señalando los grupos de personajes que hay por aquí. Unos con elegantes togas muy separados y mirándose con recelo mutuo, otros cuantos, de legionarios y oficiales, otro grupo de gentes diversas pobremente vestidos y muy sucios y otros cuantos grupos de gente de hoy, casi todos con aspecto triste o desgraciado.

Yo le he respondido muy convencido que a mí me escribe seguro. Le he explicado lo que me ha pedido y que estoy secretamente enamorado sin ser correspondido, también le he dicho que estoy seguro de que termina el relato porque ya he reconocido a lo lejos a mi amor secreto y a mi amigo.

Me ha cortado haciendo un gesto muy ampuloso con los brazos y diciendo: “Eso no significa nada, a mí, al gran Catón, me tiene aquí desde hace ya dos años y sé que ha leído sobre mí en todos los libros que me han nombrado, de Plutarco y Dion Casio a un tal Posteguillo. Mucho idear, mucho leer, mucha pedantería, pero poco escribir”. Y ha continuado hablando en un tono de discurso mencionando todos sus méritos y todos los defectos de nuestro escritor. Que son muchos, por cierto.

Se me ha acercado otro de los de la toga, pero este con una elegante túnica bordada debajo, y me ha dicho que no le haga más caso, que Catón es famoso por alargar sus discursos hasta el infinito para impedir votaciones en el senado de Roma, cuando sabía que su facción iba a perder. Y mirándole ha añadido que seguirá hablando durante horas, aunque nadie le escuche.

Luego, muy serio, me ha dicho que Catón tiene razón en lo de que nuestro autor idea mucho y escribe poco. Se ha acercado más y me ha hablado en voz baja, para que solo yo le escuchara, diciéndome: “No quiero desanimar a todos estos” y ha señalado a los romanos, “pero de todos los que han pasado por aquí solo han desaparecido, porque nuestro creador ha escrito sus historias, un patricio con una cicatriz que le cruzaba la cara, un esclavo que participó en la rebelión de Espartaco, un galo cisalpino que decía que ayudó a César a llegar al Rubicón y gentes de varios asedios en fortalezas lejanas. El esclavo volvió a aparecer cuando reescribió el relato, pero cuando lo dio por terminado desapareció de nuevo con todos sus personajes.”

De modo que si permanecemos aquí es que somos personajes no escritos, le he dicho y me ha respondido que él, Cayo Sempronio Graco, lleva aquí ya más de tres años porque es de los primeros personajes que ideó. Que cada vez está más completo porque no para de leer sobre él, incluso le menciona cuando se pone pedante. Pero nunca ha llegado a escribir su historia. También me ha dicho que aquí no se está mal, que es cuestión de acostumbrarse.

No le he contestado porque he pensado que él tiene motivos para no querer irse a su relato, morirá en él y aquí sigue vivo de algún modo. ¿Por qué sé que morirá? Pues porque soy profesor de instituto, profesor de lengua. Soy de letras y algo culto y sé que a Graco lo asesinaron a golpes siendo todavía joven. Yo en mi historia no creo que muera, como mucho sufriré por el amor secreto, y ya me las apañaré para elegir algo que me permita ser un personaje molón. Yo sí quiero que me escriba y largarme de aquí.

“¿Sabes a qué nos condenas si no nos escribes?”, le he interpelado casi gritando, “Seguro que lo sabes porque al cabo estamos dentro de tu cabeza.”, he añadido furioso. Y hablando ya sólo para mí he dicho en voz baja: “Parece que te importa poco, maldito seas. ¿Serás capaz de tenerme aquí años pensando lo que tengo que repetir y soportando en secreto el amor no correspondido?”

Me he alejado de los romanos y se me ha acercado un niño gordito muy triste que había estado escuchando la conversación con Graco. Me ha confirmado que lo que ha dicho “el señor de la sábana liada alrededor”, que así le ha llamado, es cierto, que él estuvo por aquí unos días y que luego se fue al relato sobre su acoso escolar, en el cuento sufría mucho por todo lo que le hacían, pero no acababa mal del todo con un “hoy no” en el balcón de su casa. Pero hace poco ha vuelto aquí, porque se ha puesto a reescribirlo, y se teme que esta vez termine peor haciéndole saltar por el balcón desde un quinto piso.

He dejado al niño gordito, que teme que nuestro escritor le suicide, y he paseado entre los demás personajes tristes que pueblan este limbo de pasos perdidos. He visto desparecer de repente a un obispo muy gordo al que seguían a todas partes una monja alta y flaca y un cura muy guapo con un montón de carpetas de archivo. He dicho en voz muy alta mirando hacia arriba interpelando a mi creador: “A estos ya los has escrito. ¿Cuándo escribirás mi relato?”, pero no he tenido ninguna respuesta, solo habla conmigo cuando él quiere.

He pasado junto a un hombre mayor en silla de ruedas al que se le ha acercado un celador y le ha dicho con discreción: “Un pitillito, abuelo.” Luego me he cruzado con otro hombre vestido con un pijama de hospital, o de cárcel, acompañado por otro celador gordo, el del pijama le decía al celador que él no conocía las normas. Otro tipo mayor se iba buscando manchas blancas en la piel y decía qué se le había olvidado con cada mancha, le he preguntado si eso era científico y se ha quedado en blanco, luego me ha dicho que no recordaba de qué estábamos hablando y ha vuelto a mirarse los brazos diciendo: “¿Qué estaba yo buscando?”. En muy poco tiempo, no sabría decir cuánto porque aquí el tiempo creo que discurre distinto, han ido desapareciendo el abuelo de la silla de ruedas y su celador, el del pijama de enfermo, o de preso, con el acompañante gordo y el tipo de las manchas desmemoriado. La verdad es que al verlos desaparecer me he animado un poco y he pensado que el próximo relato que escriba será el mío.

Me he apartado de todos para reflexionar sobre mi situación, he vuelto a pensar en lo que tengo que repetir y en mi amor no correspondido. Al cabo llevo muy poco tiempo aquí y aún es posible que escriba mi historia. La verdad es que, aunque sea un personaje secundario, me gustaría quedar bien, vaya, secundario pero molón. Héroe no me va, pero luchador puede que sí, ya me gustaría decir: “a la lucha por la libertad” o “Viva la revolución.” Si en un relato corto repito algo de eso, al menos dispararé un tiro al aire o lanzaré una piedra diestramente. Decididamente voy a ser un revolucionario, eso es, un activista climático, que es muy de ahora y muy de funcionario y profesor de instituto.

Un tumulto me distrae de mis pensamientos cuando tengo ya en la punta de la lengua la frase de militante climático. Los senadores se están peleando, el pequeño gran Catón al frente de su grupo, con el puño en alto, increpa a los otros, encabezados por el elegante Graco. Dice algo sobre las viejas costumbres y acusa a los otros, a los que llama “populares” como un insulto. No lo entiendo muy bien, pero creo que discuten sobre repartos de tierras y sobre los derechos de los mejores, a los que llaman “optimates”. Parece que los optimates y los populares se odian hasta en la cabeza de mi escritor, aunque sean de muy distintas épocas.

De repente vuelve mi autor y me dice que no, ahora va y me dice que ya no hay relato de amor secreto no correspondido. Me dice que este soliloquio mío, que como él me ha creado es también suyo, le gusta como relato con un personaje que repite lo mismo, que solo tiene que añadir al final lo que le he dicho tres veces cuando me ha quitado mi amor secreto.

–Vaya mierda, vaya mierda y vaya mierda.

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