

Setenta mil años después, alguien seguía mirando.
La linterna temblaba en la mano de Leo. La batería estaba fallando. La cueva olía a piedra mojada y a animales muertos. Llevaba la espalda pegada a la pared, la humedad traspasándole la chaqueta, y el animal de ocre seguía moviéndose en la penumbra. No era una ilusión. Corría aún. Los ojos, dos manchas de carbón, lo sostenían desde el fondo de la roca. Lo miraban.
No era la primera vez que Leo miraba algo que no estaba.
De niño se quedaba horas con la mirada perdida en la pared del comedor. Su madre se fue un martes de enero. Leo tenía siete años. La vio bajar las escaleras con una maleta roja que no recordaba haber visto antes. Ella no miró atrás. Él se quedó en la ventana hasta que el coche desapareció. Luego se sentó en la silla de ella, la del comedor, y no se movió. Su padre lo encontró tres horas después, sin lágrimas, mirando la pared. En la pared no había nada. Eso fue lo que asustó a su padre.
Dos días después Leo encontró debajo de la mesita un pequeño pendiente de plata. Su madre debió de dejárselo olvidado. Lo guardó en una cajita y nunca se lo dijo a nadie. Treinta y cinco años después, la cajita seguía en su mesilla de noche. A veces la abría. El pendiente seguía ahí, esperando.
El buey lo estaba observando y Leo sintió el mismo vacío que aquella tarde de enero.
En el campamento extendió las fotografías sobre la mesa que cojeaba. Trazó el perfil del buey con el dedo. El pliegue de piel bajo el cuello, la ausencia de giba, el ángulo con que el cuerno nacía del cráneo: nada de aquello encajaba con los ejemplares catalogados en miles de kilómetros a la redonda. Leo se quedó en blanco. No era posible. Pero ahí estaba.
Escribió en su diario: No pintó lo que veía. Pintó lo que le faltaba. El trazo del pintor temblaba en la foto, como si el hambre o el miedo le movieran la mano. Leo no supo decidirse.
Canceló conferencias, aplazó el artículo para Current Anthropology, leyó mitologías oromo y viajó a Lalibela, la ciudad de las iglesias excavadas en la roca. Un mundo de pasadizos donde los ecos de los rezos parecían habitar en el silencio de la piedra. Allí, un viejo sacerdote miró las fotos largo rato. Tenía los dedos manchados de betún y una mancha en el ojo que Leo no se atrevió a preguntar qué era.
—Eso no es un animal —dijo—. Es un lamento.
No añadió nada más. Se santiguó lentamente, como si despidiera a un muerto, se dio la vuelta y se fue. Leo nunca supo si realmente había hablado o si lo había imaginado.
Conoció a Ana en Lisboa. Ella era física y dibujaba ecuaciones en servilletas. Se hicieron amantes. Luego, compañeros de viaje. Tenía una cicatriz en la rodilla. Leo le besaba esa cicatriz.
Una noche, en el apartamento de Leiden, Ana le mostró una gráfica de líneas que descendían hacia la nada.
—El universo se está desvaneciendo —dijo—. No para siempre, pero se desvanece.
Leo pensó en el buey.
—Entonces no sirve de nada.
Ana cerró la revista.
—No. Pero lo hacemos igual.
Esa noche Leo no durmió. Dio vueltas a la línea del pintor, a la línea de la gráfica. Las dos temblaban.
Una tarde visitaron el Museo de Arqueología. Leo se paró ante una vitrina que contenía antiguas bifaces achelenses, herramientas líticas almendradas. Los miró largo rato. Luego llamó a Ana y señaló uno pequeño, de unos cinco centímetros, tallado en sílex oscuro.
—La misma paciencia —dijo—. El mismo gesto de tallar hasta encontrar la línea.
Ana lo miró. No dijo nada.
En la tienda del museo, Leo compró una réplica de plata de aquel bifaz. Era diminuta, con un anillo para colgarla. Esa noche, en el apartamento, se lo regaló a Ana.
Ana sonrió y lo hizo. Llevó el bifaz de plata colgado de la oreja durante dos años.
En el apartamento de Leiden, él pegaba reproducciones rupestres junto a las pizarras de Ana, con cinta de carrocero. Una noche ella le dijo:
—Tu pintor intentaba parar el tiempo. Es lo mismo que hacemos nosotros.
Cuando Leo le enseñó la fotografía del buey, Ana tocó el bifaz que colgaba de su oreja.
—Esa línea no es ninguna inexactitud arqueológica.
Y nunca volvió a hablar de eso.
Ana tenía un aneurisma de difícil acceso desde los veintinueve años. Llevaba una tarjeta roja con instrucciones: no reanimación, no desconexión diferida. Se lo había dicho una noche de insomnio:
—Un día me voy a caer y no me voy a levantar. No quiero que nadie espere.
El derrame ocurrió un domingo gris. Leo llegó al hospital cuando ya la habían desconectado. Se sentó en una silla naranja que chirriaba. No se movió. Luego pidió verla.
Estaba en una cama baja, con un hilo de sangre seco en la comisura de los labios y otros signos de una intubación precipitada. Sobre la mesilla, la tarjeta roja. Leo la cogió. Pesaba menos que el pendiente de su madre.
Le rozó los dedos. Fríos como una taza olvidada. Trazó con el dedo en el aire una línea temblorosa sobre el cuerpo de Ana. Por un instante, creyó ver al buey correr sobre la sábana.
—Ana —dijo.
Nadie respondió.
Salió. Esa noche, al llegar a casa, encontró el bifaz de plata sobre la mesilla de noche. Ana se lo había quitado antes del derrame, o tal vez se le cayó. No lo sabría nunca. Lo guardó en la cajita junto al pendiente de su madre. Las dos piezas de plata hacían un ruido leve al chocar. Leo cerró la tapa y no la abrió nunca más.
Una semana después, Leo volvió a la cueva.
Bajó solo. La linterna ahora tenía batería nueva. La cueva olía igual. Llegó hasta la pared. Alzó la luz.
Durante un momento, la pared estuvo lisa. Sin ocre. Sin carbón. Creyó ver una mancha gris, como si alguien hubiera pasado una esponja. Los ojos le picaban al mirarla. O tal vez la mancha ya estaba allí desde antes.
Leo no supo si el buey había desaparecido o si nunca había estado. Apoyó la frente en la piedra. Cerró los ojos. Intentó verlo. Vio la oscuridad.
Subió. No dijo nada.
Una noche, borracho, intentó dibujar el buey en la pared del salón. El carboncillo se rompió. La línea le salió torcida. Pasó la mano. La mancha negra no se iba. Tuvo que pintar encima. Quedó una mancha más clara, como una cicatriz.
Publicó un libro. La piel del mundo. Lo llamaron poeta, hereje. A él no le importaba. En una conferencia dudó al dar la datación. Necesitaba que fuera más antiguo, aunque solo fuera por un instante. Se corrigió a tiempo. Nadie lo notó. Pero esa noche, en la habitación del hotel, no durmió. El buey corría, pero la pared se alejaba.
Se retiró a la cabaña de su abuelo en los Alpes. Olía a humedad y a tabaco, como cuando iba de niño. Las estrellas no se apagaban. Eso era lo peor: que nada necesitara de él.
Cada atardecer contemplaba la fotografía del buey. Un día las patas ya no estaban. Otro día, la cabeza. El papel había devorado al buey. Solo ocre. Metió la foto en el bolsillo. La chaqueta tenía un agujero. Cuando la recuperó, apenas se veía el buey. No supo si la foto se había borrado o si el buey nunca había estado tan nítido como él recordaba.
El tiempo se fue haciendo más lento, pero pasaba. Dejó de publicar. Dejó de hablar. Dejó de casi todo. Cada noche, apagada ya la luz, trazaba una línea invisible en el aire.
Un día supo que era el último. La mesa, la taza con el asa rota, la fotografía ya blanca. Pero la cajita con el pendiente de su madre y el bifaz de Ana seguía en la mesilla.
Salió al claro. Era abril. Se sentó en la misma piedra. Cerró los ojos. Pensó en la cueva, en la linterna temblando. Pensó en el sacerdote. En su madre. En Ana, en el bifaz que colgó de su oreja durante dos años. En la línea. Pensó en el buey que ya no estaba en ninguna pared.
Abrió los ojos. El sol estaba bajo, tocando los árboles.
—Vale.
No sonrió. Respiró hondo. Y dejó de respirar.
El silencio fue solo silencio.
Pero la mancha en la pared del salón seguía ahí, aunque ya no hubiera nadie para verla.
Y el buey, allá en el fondo de la piedra que ya no era piedra, seguía corriendo. Y no había nadie que lo viera.
El libro del taller
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