Otra miradita a la cámara. Serás tonto. Y vuelta a repasar los zumos. Sí, seguro que estás muy interesado, sí, majo, sí, el zumo de manzana lleva en la caja la imagen de una manzana, sí. Y fíjate, el de naranja no adivinarías nunca la imagen que lleva: el gran descubrimiento de la tarde. ¿Y ahora a los embutidos? Te vas a aprender los lineales a fondo, ¿eh? Lo malo es que has elegido mal día, chaval, hoy no creo que vayan a coincidir más de cuatro personas en toda la tienda, no es día de grandes compras, no te vas a poder esconder entre la gente, que estamos a últimos, y los que vivimos de un sueldo no hemos cobrado. ¿Qué vas a saber tú de eso? Si te plantarás delante de tu madre y le pedirás dinero como si tu madre fuese una máquina de hacer billetes. ¿Qué vas a saber tú de finales de mes ni de principios?
Y ahora con el teléfono. Qué envidia me dais con esos pulgares voladores. Ahí, ahí sí que se notan los años. Serás capaz de estar preguntando cómo robar en un supermercado de barrio. Consulta eso, listo, consulta cómo llevarse cosas de un súper sin que te pillen. Yo aquí te espero, para dar un toque al jefe en cuanto te acerques a la caja. Se te va a aguar la diversión y el güisqui que, de todas las maneras, echarías a perder mezclándolo con cualquiera de los venenos que bebéis. Toda esa maestría para desactivar la anilla con el sensor podrías usarla en otras cosas, pero no.
¿A quién miras ahora? Ah, que tu amigo te espera a la puerta. Será al que estabas mandando el mensaje. ¿Qué necesitas, apoyo moral? Y te acercas el móvil con esa manera rara que usáis los chavales, como si fuera un apéndice horizontal de vuestra oreja. ¿Qué, recibiendo instrucciones? Como si lo viera: tu amigo será un diablo disfrazado de angelito que te hará comer todos sus marrones y los tuyos de postre. Y él se mantendrá limpio y puro por siempre jamás. Y tú te creerás que has inventado la amistad eterna, que durará hasta que pase algo gordo y él dejará de conocerte ni siquiera de vista.
¿Otra vuelta a los cereales? No te atreves, ¿eh? ¿A quién habrás engañado para que te cosa el falso bolsillo en la sudadera? Si al menos te hubieses ocupado tú, fíjate, hasta tendrías un puntito a tu favor, muy pequeño, eso sí. Y entre dejarte salir con tu botín o avisar al jefe, ya te digo yo que gana lo segundo. Cuando vine a pedir trabajo, el jefe, con ser joven, no me miró con esa cara de desprecio que me has regalado tú al entrar. Solo me preguntó si podía confiar en mí. ¿Qué te parece? Ni titulos ni referencias ni gaitas. Solo confianza. Y yo me tuve que comer unas lágrimas que se me alborotaban en los ojos. Porque aunque tú no te lo creas, la gente de más de cincuenta también tiene derecho a comer, y saca a sus hijos adelante y lucha por ellos hasta dejarse la ilusión carcomida, la alegría pisoteada. Y pelea con las fuerzas derrotadas hasta que el hijo se pierde en una soberbia inocente y estúpida y se cree mayor y poderoso y alza el vuelo y se estrella, porque se ha colocado en los hombros unas alas quemadas, unas miserables alas a las que él mismo ha prendido fuego de antemano. Y la madre tiene que seguir viviendo después de haber perdido la vida. ¿Qué sabrás tú?
¿Y ahora qué haces? ¿Estás decidiendo qué vas a coger para el disimulo? Me vendrás con un chicle, como si lo viera. ¡No, por favor, que se sube la capucha! ¿Te has creído que tienes madera de delincuente? Pasa, pasa a la zona oscura de la sociedad, bastante te importa a ti que tus padres te hayan abierto las puertas del ascensor social, de par en par te las habrán abierto, pero tú te creerás el más listo. No tienes ni idea, le dirás a tu madre. Yo voy a vivir la vida, no como tú, amargada, le dirás a tu madre cada vez que te llame al orden. Y tú no tienes ni idea de que tus palabras se le estarán clavando en la piel como trozos de vidrio. Y seguirán saliendo de tu boca con la misma facilidad con la que lanzas un escupitajo. Y esa seda babosa de tus palabras la herirá como espinas, la atravesará como rayos cargados de ponzoña. ¿Y a ti que más te da?
¿Otra vez con el móvil? ¿Y miras hacia la puerta? Tu amigo del alma te estará metiendo prisa. Y seguirá metiéndote prisa hasta que un día su madre se presente en tu casa a llorar por ti junto a su madre, a proclamar lo buen chico que eras, lo muchísimo que su hijo te quería, tanto que se ha quedado en casa destrozado por lo que te ha sucedido. ¿Quién podía imaginarlo? Si eran uña y carne y mi niño no sabía nada de lo del tuyo. ¡Qué pena tan grande! Y tu madre se quedará inmóvil, muda, culpable de algo que no entiende. Huérfana de ti. Sin saber qué hacer con todo ese amor que ha perdido al destinatario. Pero tú no te preocupes, tú sigue a lo tuyo.
Por fin te has decidido. Te he visto mirarme de reojo, con esa ridícula superioridad de la ignorancia envanecida. ¿Y ahora vas a los lácteos? ¿Qué te vas a meter? ¿Un yogur? No me fastidies. ¡Una caja de leche! ¿Qué es, el señuelo por si acaso te pillan? Buena leche es la que te debería dar el jefe cuando yo le avise.
No lo hagas, chaval, te digo con mi mirada.
Déjame en paz, loca, me contestas en silencio.

El libro del taller
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