A Valentina le hubiese gustado llamarse Marta. O Carola. O Galena, como su abuela. No porque pensara que Marta, Carola o Galena eran nombres más bonitos, si no porque no eran el suyo. El suyo, pensaba ella, era demasiado suyo. Implicaba ciertas cosas, el suyo. Su nombre era una quietud. Era un estanque. Tal vez, si se llamase Marta, o Carola, o Galena, algo se movería por fin.
Mientras su imaginación recorría listas de nombres prestados, Valentina llegó a la parada del 134. En el interior del autobús, la luz aguda atravesaba las caras de los pasajeros y se llevaba un poco de su color. Valentina temió que por mucho que se llamase de otra manera, nada cambiaría realmente. Sentada en el asiento de plástico azul, viajaba con un vacío pequeñito. Como con una burbuja dentro, rellena de algo muy oscuro. Una vibración interrumpió sus pensamientos cuando el nombre de Marisa apareció en la pantalla de su teléfono, junto a una pregunta. «Niña, te pasas hoy?» Marisa. Ese sí que era un buen nombre. Marisa, su vecina. Marisa, su única amiga. Solían pasar juntas las tardes cuando no tenía turno en el hospital. «No me da tiempo. He quedado luego con las compañeras». Mintió. «Mañana?» Esperó el mensaje de su amiga. «Claro!!Diviértete. los jovenes teneisque pasrlo bien!!» Escribió Marisa, junto al dibujito de una mujer que bailaba flamenco.
Las grandes letras luminosas del Cantora Karaoke bañaron de verde y fucsia el interior del autobús y Valentina se apeó en su parada. Cada miércoles por la noche, bajaba las escaleritas de aquel bar, como una madriguera. Allí no era Valentina. No era nadie. Solo era música y penumbra y terciopelo y chupitos de tequila. Allí, en el escenario decadente del Cantora, no existía. Allí podía cantar y desafinar y gritar y vivir delante de tres o cuatro desconocidos que le guardaban su secreto, los miércoles por la noche.
La voz raspada de Marisa recibió a Valentina la tarde siguiente, mientras disponía unos vasos de cristal turbio sobre la mesita de café.
—Ay, hija. Hoy tengo las piernas… —Sonrió con sus ojos redondos—. ¿Lo pasaste bien anoche?
Valentina ofreció una respuesta ambigua y se sentó en el sofá tresillo junto a la butaca de Marisa, con cuidado de no pisar la alfombra de pelo largo. Era el único regalo que Marisa conservaba de su hermana, con la que no se hablaba desde hacía más de tres años. «Volverá», se decía con una convicción cada vez más erosionada y el temor de que un día fuese tarde.
Pasaron la tarde bebiendo pastís rebajado con agua mineral y charlando. Príncipe, el gato gris de Marisa, se deslizaba, sedoso, entre ellas hasta hacerse un hueco en el regazo de Valentina; que escuchaba fascinada historia tras historia, mientras el calor anisado del pastís le trepaba por las mejillas y le calentaba el pecho. La risa agrietada de Marisa retumbaba cada vez más alto en las paredes de papel pintado y las caritas diminutas observaban la escena, desde sus marcos, en el aparador. A veces, Marisa se levantaba, con la ligereza que otorga el licor, y cogía alguna de las fotos. «Mi hermana, ¡qué guapa era!» Decía posando su mirada borrosa sobre el papel blanco y negro con la cara de su otra hermana, la que murió siendo niña. Valentina conocía a esa y al resto de sus hermanas. Y a sus padres y primos. Y a las vecinas del pueblo, que visitaba cada año. Y a Eloy, el maridito espléndido que le duró tan poco tiempo. Pensaba entonces en su familia, la de verdad, la que está lejos y está rota y es como una sombra. Pensaba en su madre, que la llevó de ciudad en ciudad para al final rendirse y marcharse. Pensaba en su abuela, que esperaba junto a su madre, al otro lado de Europa, y que no le había perdonado que se quedara. Pensaba que es mejor una familia prestada, que no conoce, no juzga, no decepciona. Pensaba que es más fácil amar a los muertos de otros.
Acabó esa tarde como todas, con abrazos y besos sonoros y huevos fritos con puntilla. Acabó como un resplandor, como quien llega a la cima de una montaña. Valentina se fue a su casa con la barriga y el corazón y la vejiga llenas. Esta vez, además, con una misión. Marisa se marchaba unos días al pueblo y Valentina sería la encargada de alimentar a Príncipe y regar las plantas.
El fin de semana, Valentina bajó las escaleras hasta la pesada puerta lacada y entró en casa de Marisa. Allí, una nota sobre el aparador explicaba las instrucciones para alimentar a Príncipe y decía, con letra grande y redonda, que había varios tápers con lentejas y albóndigas para ella. La casa, en calma sin las risas de las dos amigas, le pareció a Valentina otro lugar. Sintió que aquellas paredes tan familiares le mostraban un tesoro nuevo y quedó prendada de su descubrimiento. Algo cambió. Los días siguientes bajaba, dejaba sus botines en la entrada y paseaba descalza por los pasillos. Le gustaba el tacto de la madera oscura y el silencio hueco. Observaba todo con ojos renovados. Los vestidos, los álbumes de fotos, la pequeña agenda junto al teléfono. En los armarios acariciaba las sedas, los rasos y los vuelos. Como una recién enamorada, no dejaba de pensar en aquel lugar. Cada tarde, después del trabajo, se colaba en el apartamento y se olvidaba de Valentina. Se ponía los trajes coloridos de Marisa o sus anillos verde esmeralda. Se ponía los rulos mientras leía una revista en el salón o calentaba un poco de leche en el fuego para tomársela en la butaca, con el televisor encendido. Durante el día, contaba las horas para volver a su refugio y estar cubierta de batas de crepé y tapetitos de ganchillo.
Pronto, dejó de ir a su casa a dormir. Cambió su cama de Ikea por el colchón de lana de Marisa y su pijama del Lefties por el camisón largo con pechera de jaretas. Se embadurnaba la cara con una crema espesa y dormía toda quieta boca arriba. El sueño, al contrario que en su casa, llegaba enseguida y, ya al alba, le sorprendían unos finos alambres de sol. La mañana era una procesión escaleras arriba, con el duelo de dejar a su Marisa encerrada en el primero. Era la vuelta al autobús abarrotado, los zuecos de colores chillones, el sándwich de pollo frío y el descanso para el café.
En la pantallita de su teléfono, un mensaje de Marisa avisaba de un nuevo retraso y la nueva Marisa sintió un huequito en el pecho que crecía y crecía. Se tomó unos días de vacaciones para huir del fastidio del trabajo y poder disfrutar de aquella bendita prórroga. Llena, con una plenitud desbordante, se miró en el espejo de la entrada. Notó que su rubio natural era muy parecido al tinte de su amiga y celebró este hallazgo con un corte de pelo igual al suyo. Encontró después, en la cómoda, una cajita con muchos frascos de laca de uñas y pensó que sus manos grandes y toscas bien merecían un toque de elegancia con alguno de esos rojos vibrantes.
Una noche, sentada en la butaca con los pies en alto para no tocar la alfombra, la nueva Marisa, llevada por un impulso, buscó en la libreta de direcciones el nombre de la hermana olvidada. Una voz rasgada salió de lo más hondo de su pecho y unas palabras de perdón brotaron al otro lado del teléfono. Sabía, dentro, que aquello lo había cambiado todo. Pensó que aquel juego se había hecho real y una alegría nueva nació. Una alegría inmensa, como ella, que era gigantesca y se desparramaba ocupando toda la casa. Pataleaba panza arriba y se reía haciendo vibrar las paredes. Se bañaba en agua tibia y pastís. Llamaba y llamaba con su teléfono nacarado. Y por el cable rizado llegaban más risas y tantas historias de amigas y de primos y de antiguos conocidos.
Un día, cuando la pantallita del teléfono no mostraba más mensajes, Marisa envolvió sus antiguos botines, vaqueros y camisa en un hatillo. La idea de volver a enfundarse en aquellos pantaloncitos de elastano o rozar con sus pies el plástico de las botas le parecía una ordinariez. Un carnaval perverso. Así, se deshizo de sus ruinas tirando el hatillo por la escalera de servicio, mientras la risa le salía a borbotones. Era una risa rota que venía de muy abajo. Riendo sin parar, muerta de la risa, escogió un vestido verde botella de un algodón suavísimo, con falda plisada y cuello redondo, un abrigo de lana y unos zapatos de salón de piel de serpiente, a juego con la cartera de mano. Se puso unas gafas de sol y un pañuelo de seda sobre la cabeza y se fue a la calle. «Marisa», pensó. «Este sí que es un buen nombre».
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