Una vez vacunados, los robots deben asistir a clases de reeducación. Los más viejos, como deferencia de los gobiernos hacia las unidades más antiguas, acostumbradas al trato directo con sus dueños, lo hacen de manera presencial.
No cabe un alfiler en el auditorio. La clase magistral corre a cargo de la anciana doctora que en su día tomó partido por los robots frente a los que abogaban por su exterminio. La misma que —con su distintivo antojo en forma de fresón en la frente— pregunta a la clase si creen que ellos, robots del siglo XXIV, entenderían un cuadro pintado en el XVI o se emocionarían con la música de finales del XX.
Una pregunta retórica para introducir la historia que quiere contar.
En junio de 2319 en el quinto centenario del Museo del Prado, ante la gran afluencia de visitantes humanos y androides, la dirección decidió mantener abierta la pinacoteca veinticuatro horas al día.
—Entonces… la entrada de robots sin acompañante humano se restringe al horario nocturno y la de personas al diurno, ¿no? —pregunta uno de los funcionarios al responsable de seguridad.
—Los robots de hoy en día son inofensivos en lo que se refiere a ocasionar daños en las obras de arte. Solo vendrán a absorber el conocimiento para entregarlo digerido a sus propietarios y, por eso, durante la noche la vigilancia podrá ser mínima. No así con los humanos, sin duda más peligrosos, a los que habrá que vigilar y que solo entrarán al museo durante el día, con la plantilla reforzada.
El primer día del nuevo horario, al caer la tarde, la fila de robots serpentea a la espera de que llegue su turno.
—Sin quejas ni sudores; son máquinas inmunes a la temperatura, silenciosas, sin interacción entre ellas —dice la doctora, quien, a continuación, repasa lo sucedido siglo y medio atrás en Escocia, cuando algunos científicos crearon una generación piloto de robots sensibles, capaces de emocionarse. Un proyecto cuyo objetivo era dotar a las máquinas de alegría, pero que se canceló tras un intento de rebelión contra la especie dominante. La revuelta concluyó con la destrucción de los robots sensitivos, aquellos capaces de crear prototipos auto mejorables.
De vuelta a la historia del Prado, la oradora cuenta que, aquel día, un robot en la fila destacaba del resto por su enorme y tridimensional hemiciclo luminoso de color rojo que coronaba lo que en un humano hubiera sido una cabeza de cíclope. Ese ojo, unido a sus pinzas prensiles y rodamientos desplazadores, evocaba a las unidades de la serie HAL-9000, tan célebre en 2001. Sin embargo, el detalle más llamativo de su indumentaria era otro: el holograma que exhibía en el frontal de su tórax de composite, algo que los manuales de historia habrían descrito como la portada de un periódico en la que una foto ocupaba la mitad de la página junto a un texto a tres columnas, todo bajo el paraguas de un titular en inglés de enorme tipografía, que no pasó inadvertido a los empleados del museo.
—¿Has visto las pintas de ese androide?
—¿Y eso de «Grueso como un ladrillo» que lleva en el pecho? Es como una camiseta de las nuestras.
A las nueve de la noche por fin se abren las puertas del Prado. De su interior escapan una paz y un frescor que los sintéticos visitantes ni aprecian ni agradecen. Integrado en un silencioso desfile, el robot extravagante supera el lector de admisiones e inicia la ruta prefijada. Sin embargo, en la primera esquina se separa del grupo y se dirige a la sala 56A por el camino más directo. Necesita tiempo a solas frente a su cuadro objetivo, como si fuera el único del museo.
Desprecia el resto del tríptico, se escora hacia la tabla de su derecha y el tiempo se suspende cuando su sensor apunta a un lugar muy concreto. Al contrario que sus colegas, no escanea ni realiza tomografías instantáneas, no escruta micra a micra la superficie ni analiza la técnica pictórica del artista. Se limita a contemplar la obra hasta que, de repente, comienza a vibrar, de un modo apenas perceptible al principio, pero de manera compulsiva después. Segundos más tarde, la reluciente esfera roja que le sirve de cerebro implosiona. El robot se apaga para siempre y el silencio se adueña de la estancia.
Cuando sus congéneres llegan en rebaño a la sala de El Bosco, lo encuentran inerte sobre un charco de lubricante, a medio metro escaso del infierno de El jardín de las delicias.
La obra no ha sufrido daños, pero se activa la alarma y se desaloja el museo.
La directora del Prado y su gestor de seguridad comentan lo sucedido mientras esperan a la unidad de la Policía especializada en contingencias robóticas. Tras un primer análisis, el comisario al mando lo cree un hecho aislado. Aun así, la sombra de la revolución que no hace tanto cuestionara la preeminencia de la especie humana flota en el ambiente.
A medianoche se ordena el traslado de los restos del ya bautizado como «robot vintage» a la morgue de androides y dado que su alma —la caja negra— está intacta, los forenses deciden que el volcado de datos se realice mediante un sistema secuencial inverso que permita reconstruir la vida del robot.
—¿Sabemos su fabricante y a quién pertenecía?
Ambas personas resultan ser la misma, una brillante científica, fácilmente reconocible por un antojo en forma de fresón en su frente.
En su primera visita a esa doctora, el comisario le pregunta a bocajarro, para marcar territorio, que si posee copia de los registros vitales del robot. También que si ha tenido algo que ver con lo sucedido en el museo.
—Por supuesto, comisario. Los tengo almacenados desde que lo ensamblé en 2311 hasta la nochevieja pasada, el día que desapareció… o me lo robaron.
—Si los comparte con nosotros se lo agradecería.
—No hay de qué. Y no, no he tenido nada que ver con lo del Prado.
La doctora es una eminencia en el estudio de interfases cognitivas neuronales y sus descubrimientos en el campo del aprendizaje aplicado a la inteligencia artificial son apreciados en todo el universo científico. Decidida a continuar la labor de su madre y de su abuelo con los robots ha renunciado a suculentas ofertas públicas y privadas, cheques en blanco para proyectos de investigación que hubieran sido la envidia de sus colegas. Ella es feliz a su aire, con su música siempre anterior al siglo XXI, que programa en listas de reproducción que la acompañan a todas horas.
—Por ahora, eso es todo. Seguiremos en contacto.
Una vez sola, la doctora extrae una maleta del altillo del recibidor y saca de una vitrina cuadernos de trabajo propios y libros sin duda heredados dado el estado de sus lomos. Lo introduce todo allí junto a una foto tomada en Edimburgo en la que aparecen dos personas y un robot junto al templete de ocho columnas de Calton Hill con la ciudad al fondo. Comprueba que en la maleta está todo lo que quería esconder y la devuelve al altillo, aunque esta vez precisa de una escalera para poder ocultarla en un doble fondo disimulado bajo un sinfín de mochilas, sombrillas de playa y cachivaches varios.
A partir del contenido de la caja negra los técnicos confeccionan el cuaderno de bitácora del robot vintage y reportan que, en el último mes, la unidad se ha mostrado obsesionada con un tema concreto: el infierno. Ha estudiado hasta la erudición cualquier referencia al mismo en la Historia, bien fuera musical, cinematográfica o literaria. Ha desmenuzado letras y música de ‘sus satánicas majestades’, descompuesto La semilla del diablo fotograma a fotograma y diseccionado la Divina Comedia verso a verso.
Con esa información, el comisario vuelve a casa de la doctora.
—¿Sabe que el robot comenzó una nota que nunca llegó a enviarle?
—No sabía nada, ¿puedo verla?
—Mejor se la leo.
Mi querida doctora, en primer lugar, le pido perdón por haber huido de su casa, un lugar donde siempre fui bien tratado.
Creo haber sabido transformar los conocimientos proporcionados y me veo capaz de cumplir mi sueño: ser como usted. Pero aún necesito comprender a su especie.
Desde que lo descubrí, me obsesiona el infierno. Escucho ahora mismo “Orfeo en los infiernos”, la ópera de Offenbach, y pienso que no debe resultar tan terrible permanecer en un lugar cuyo castigo consiste tan solo en no poder disfrutar del néctar o la ambrosía y donde —a cambio— la fiesta y el baile son constantes. Sin embargo, para otros de ustedes, el infierno es espantoso, un cono descendente de nueve círculos, donde se castiga a los condenados según la gravedad de sus pecados: «Quien entre aquí, que abandone toda esperanza».
Utilizar idéntica palabra para dos lugares tan distintos supera la lógica que conforma mi estructura. No lo entiendo y me gustaría que usted…
—Ahí parece que se arrepintió. ¿Qué querría decirle?
—Ni idea, comisario.
—Siempre lo mismo, infierno, infierno y más infierno.
—No sé… Tal vez por eso decidiera contemplar otro más, el del Bosco en el Prado. Lo que no imagino son los motivos por los que esa visión lo cortocircuitó.
—Y, ¿cuáles son «los conocimientos proporcionados»? Debería saber que eso está prohibido.
—Por supuesto. Tal vez se referirá a la música, no sé…
—Nadie lo conocía mejor que usted, doctora. ¿Le importa que leamos juntos la transcripción del diario que han escrito los técnicos a partir de la secuenciación inversa de su caja negra?
—Por mí no hay inconveniente.
Pronto descubren un patrón. Todos los días del último diciembre, se reporta un temblor en la unidad mientras el robot vintage escucha música. Y siempre con un lugar común, sus intérpretes.
—¿Por qué le ponía usted música, doctora?
—Ese era mi proyecto de investigación.
—Siempre la misma banda de finales del siglo XX. ¿Quiénes son?
—¿Recuerda su indumentaria en el museo, el holograma en su pecho a modo de camiseta? Era la portada de lo que entonces se llamaban LPs. El grupo es Jethro Tull y su líder un virtuoso de la flauta. Él los apreciaba mucho.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Es una forma de hablar, comisario. Por ley, los robots no pueden tener sentimientos.
—¿Cree que ese temblor podría ser una muestra de placer?
—¡Que tontería! La unidad no estaba preparada para eso.
—Y, aunque así fuera inicialmente, ¿no podría haber evolucionado por sí mismo? Tampoco es muy normal que un robot manifieste que su sueño es llegar a ser humano.
—¿Me acusa de algo?
—De momento, no. Pero ¿podríamos escuchar esa música? Tengo una corazonada.
Aqualung, Boureé, Locomotive breath… Guitarras, voces, teclados y baterías hasta completar la discografía del grupo. Al cotejar horarios los temblores siempre coincidían con un solo de flauta de Ian Anderson.
—Eran convulsiones. De haber sido una persona, cualquiera los habría denominado… orgasmos.
—Eso es imposible.
La doctora sabe que el comisario ha acertado y disimula. Ella misma asistió a alguno de los espasmos. Piensa rápido y decide que no le va a quedar más remedio que improvisar una teoría.
—Supongamos que tiene razón y que el desconcertado robot consideraba pecaminosos esos… llamémosles orgasmos. Usemos la lógica binaria de un androide: uno, orgasmo autoinducido igual a masturbación; dos, estudio de la doctrina de la Iglesia sobre el onanismo; tres, confirmación de que eso es pecado y, cuatro, los pecadores van al infierno. Una secuencia lógica.
Por peregrina que suene, al comisario le encaja esa teoría.
—Es una hipótesis, pero incompleta —siguió ella—. No explica lo que pasó en el museo, qué originó su crisis frente al cuadro.
—Entonces hay que centrarse en los detalles del infierno del Jardín de las Delicias. Buscar el punto exacto del cuadro que miraba el robot justo antes del colapso.
—¡Ahí está!, ¡eso fue lo que no pudo soportar!
Al día siguiente, mientras el granizo de una tormenta de verano golpea las claraboyas del Museo, el comisario y la doctora presentan sus conclusiones a la directora del museo, a la ministra de Asuntos Virtuales y al propio presidente del Gobierno acompañado por su séquito.
—Entiendo que ustedes buscan un relato para la opinión pública. Por eso me acompaña la persona responsable del robot. Si alguien puede elaborar una hipótesis es ella.
—Creemos que el robot quedó paralizado al comprobar que uno de los castigos del infierno hablaba de su pecado. Vean un detalle de la tercera tabla del tríptico de El Jardín de las Delicias. Junto al monstruo azul mitad pájaro, mitad hombre que —apoltronado en un trono-retrete— engulle humanos que después defeca a un pozo negro, se puede ver a un pecador condenado para toda la eternidad. En concreto, el castigo de ese pobre desgraciado es la introducción de una flauta por el ano. Precisamente una flauta.
Al oírlo, los cargos públicos giraron la cabeza, entornaron las cejas y ahuecaron las nalgas sobre el asiento.
—Hasta aquí los hechos. Ahora, la hipótesis. Frente al cuadro, el robot no pudo resistir que la misma flauta que tanto placer le proporcionaba al escucharla fuese también un instrumento de castigo eterno. Por otra parte, él sabe que no posee ano y, ante tal paradoja, concluye que su pecado no puede tener castigo y, por tanto, que sus intentos para llegar a ser humano han sido baldíos. Su naturaleza robótica no lo asume y esa incoherencia lo hace explotar.
Un boquiabierto presidente del Gobierno mira atónito a la doctora concentrado en el antojo de su frente.
—Entonces… para usted, se trata de un caso aislado, sin posibilidad de que otros androides lo repliquen —dice mientras se levanta complacido, sin querer entrar en más detalles.
—En principio, sí. Aunque eso nunca puede asegurarse, presidente —responde ella cuando los altos cargos ya enfilan la salida.
—Justo lo que querían oír —le dice el comisario—. Buen trabajo, doctora.
Al llegar a casa, ella saca la maleta que guardó en el doble fondo del altillo y devuelve cada objeto a su lugar original. Pero antes, abraza la foto de Edimburgo y besa a los retratados.
—Si hoy salís de aquí con el aprendizaje de que nunca hay que rendirse, que debéis de intentarlo hasta conseguir vuestro propósito, esta clase habrá cumplido su objetivo. La reeducación solo tiene sentido si os centráis en nuestras virtudes y olvidáis nuestros defectos.
En un aula repleta de robots recién vacunados, la anciana doctora termina su presentación con la escucha del tema Thick as a brick de Jethro Tull a la vez que se proyecta en la pantalla la foto de Edimburgo.
—No hay nada, por muy herméticamente encapsulado que parezca estar, que no se vea influido por el entorno —dice mientras suena la música—. Por eso, la ciencia, el arte y la historia, el pasado y el futuro, siempre se dan la mano. No lo olvidéis, mis queridísimos robots. Y, sobre todo, ayudadnos a que nosotros tampoco lo olvidemos.
Al salir entre aplausos, la doctora sonríe mientras se reafirma en lo que aquel día confesó a los protagonistas de la foto después de sacarla de la maleta: «esta vez han estado a punto de pillarme, pero lo del museo me demuestra que cada día estoy más cerca de alcanzar lo que vosotros casi conseguisteis».
El libro del taller
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