Más allá de este lugar

Más allá de este lugar

Los días que aparecía un cliente nuevo en el comedor del hotel, me sentaba a observar. Si creía ver una mirada furtiva, un estremecimiento me recorría el cuerpo; si, por el contrario, lo veía comer tranquilo, mi inquietud adelgazaba, aunque nunca desaparecía del todo. Cuando el comedor se quedaba vacío, ayudaba a Lupe a recoger las mesas. Apilaba los platos sucios en la encimera de la cocina y, antes de empezar a fregar, llenaba la pila solo para detenerme en el olor del jabón. Después, me ensimismaba con el sonido del sumidero tragando el agua sucia. Al terminar me lavaba bien las manos, pero la soledad me esperaba intacta escaleras arriba. En mi habitación, los lametones de Auro me despertaban al amanecer. Le dejaba apropiarse del espacio libre en la cama y su aliento caliente me embarraba la cara. Nunca lo aparté: aquel perro era lo único que me quedaba de ella.

La última vez que vi a Zoe subía las escaleras de la recepción. Ha pasado mucho tiempo y todavía recuerdo cómo sus piernas hacían ondular el vestido amarillo que compré en Barajas, antes de tomar el avión a México. Apenas tardé un par de horas en dar parte de su desaparición. Dos policías de Quintana Roo llegaron con el uniforme cargado de humedad y una libreta de espiral. Registraron el baño, revolvieron la ropa del armario y abrieron las maletas vacías. En el cajón de la mesilla encontraron varias cartas y fotos atadas con una cuerda. El comisario que los acompañaba se sentó al borde de la cama y fue pasando los folios. Al rato, sin decir nada, me alargó varios pliegos. Solo leí las primeras líneas antes de volver a guardarlos en el sobre. Un padre no espía a su hija por el agujero de una cerradura.

Escuché preguntas a las que contesté repitiendo idénticas respuestas: «No, no conocía al muchacho de la foto. Tampoco estaba al tanto de la relación que tenía con mi hija». Le expliqué que aquella última mañana, Zoe no bajó a desayunar y qué por eso, subí a buscarla. Después Lupe corroboró mi relato. Los dos habíamos visto lo mismo al entrar en su habitación: una cama sin deshacer, ropa tirada en una silla, las chanclas abandonadas en la alfombra. El interrogatorio se trasladó a la pequeña oficina de recepción. Me preguntaron por su estado de ánimo, por sus amistades, por posibles enemigos. «¿Seguro que no hubo una discusión?», insistía el comisario, mientras anotaba mis negativas en su cuaderno de espiral. Pasaron dos meses y la policía abandonó el caso. Poco les importó que no existiesen razones para una fuga: un padre que apenas ve a su hija no es creíble cuando se queja de negligencia policial.

Las noches ya no eran para dormir. No conseguía hilar más de cuatro o cinco horas seguidas sin despertarme sobresaltado. Huir del miedo es difícil cuando te asomas a la ventana y la oscuridad oculta los caminos. Por eso engañaba las horas acompañado de Lupe. Le hablé de la repentina muerte de mi esposa, de cómo nos cayó encima, a traición. Si dejé a Zoe en México al cuidado de su abuela, fue por su bien. La empresa en la que trabajaba me había ofrecido un importante reto laboral en España y, en esas circunstancias, separarla del mundo que conocía hubiese sido una locura. Regresaba un par de veces al año y compensaba como podía el tiempo de ausencia. Viajábamos juntos. Aquellas vacaciones habían sido nuestro último destino.

Lupe me ofreció una habitación y se negó a cobrarme ni un solo peso. Cada día repetía el mismo recorrido por los caminos de los alrededores. Buscaba huellas en algún arbusto, una cadenita, algo de ropa, quizá uno de sus bolsos de lona. Vivía convencido de que nunca volvería a ver a Zoe si dejaba de buscar.

Aquella tarde una luz pastosa impregnaba el aire de calor. Dormitaba con Auro en un sillón de la terraza cuando el animal olisqueó el aire y, casi al instante, dio un respingo. Con la mano me protegí del sol para enfocar a una figura que me observaba en silencio. Era un chico moreno de manos grandes y secas que sostenía un paquete envuelto en un tosco papel oscuro. Se acercó y, sin decir nada, lo dejó sobre la mesita de metal bajo la que descansaba Auro. Cuando vuelvo a ese momento, las imágenes me alcanzan de nuevo como un disparo; la munición de cada detalle carga contra mí y las secuencias se suceden como balas. Del extremo sobresalía un trozo de tela: las mismas flores amarillas, la punta de un lazo, el ribete rojo del dobladillo. Me dijo que estaba embarazada, que era la única solución porque Zoe tenía miedo. Que lo habían planeado juntos: la huida nocturna, el dinero ahorrado para pagar al médico clandestino. Sus ojos oscuros me miraban de frente, aunque no parecían verme.

—Esto era suyo —dijo señalando el bulto—. He pensado que le gustaría tenerlo.

Se dio la vuelta y echó a andar deprisa, apenas dos zancadas cortas y, de pronto, se giró y por su cara vi caer dos lágrimas brillantes bajo el sol.

—Solo quería protegerla —añadió.

Después de verle marchar, no sé cuánto tiempo me quedé sentado en el suelo respirando, a través de la tela amarilla, un olor rancio y dulzón. Las cabezadas de Auro me obligaron a mirar la luz que me apuntaba a los ojos; entonces, dos brazos se cerraron alrededor de mis hombros, una voz pronunció mi nombre y de alguna forma, quizá arrastrándome, Lupe me condujo al interior del hotel.

Han pasado cuatro años. El tiempo me ha ganado el pulso y, aunque he dejado de soñar con Zoe, el rosario de gestos diminutos que formaban lo que era suele aparecer a largo del día: una chica de pelo largo con las manos en los bolsillos, unas gafas de sol abandonadas sobre una mesa, el azul de una visera.

Al amanecer Auro y yo seguimos con nuestra rutina de bajar a la playa. A esas horas suele estar casi vacía y eso la convierte en un lugar diferente a los ojos de cualquiera, más aún a la vista de los míos que, salvo con Lupe, me cuesta estar en compañía de otras personas. Sin pensarlo, me meto en el agua siguiendo la figura peluda de Auro. Se trata de buscar el equilibrio, de dejarse elevar hacia el cielo por la fuerza ascendente de la ola, sin luchar. Me basta sostener la cabeza erguida fuera del agua para después aceptar como la misma inercia del mar deja caer mis pies sobre la arena.

No sé qué fue lo último que vio Zoe antes de morir, pero este lugar lo compartimos los dos. Aunque las olas sean distintas, el mar sigue siendo el mismo. Salgo del agua, me tumbo boca abajo y, poco a poco, el calor de la arena me traspasa el cuerpo hasta que dejo de temblar.

Pienso que he pasado la vida perdiendo el tiempo en sitios equivocados.

Lo esencial no existe más allá de este lugar.

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