Una ejecución de amor

Una ejecución de amor

La televisión emite recuerdos de un mundo carente de importancia. La pobre distracción que ofrecía se ha desvanecido, convertida en un apático hilo musical. La mujer la apaga. Las últimas visitas se acaban de ir, dejando alrededor del hombre, a modo de flores, palabras correctas con gran carga emocional. Mientras las recitaban sonaban pronunciadas debajo del agua, pero los ojos no mentían. Rara vez lo hacen. Él permanece tumbado boca arriba en su cama, quieto. Hace demasiado tiempo que la existencia se redujo al espacio de su dormitorio.

Ella se le acerca despacio, permitiéndole apreciar cada movimiento. Le sonríe. Piensa que él también lo hace, aunque no puede estar segura. Cuando llega al cabecero se sienta. Con cuidado, le quita la máscara de oxígeno que le cubre media cara. Su mirada expresa el inmediato placer producido por el aire cargado en los labios, hastiados del calor húmedo de la respiración. La falta de aire no tarda en notarse, y un espasmo lo recorre. Con una mano amorosa le acaricia la cara, mientras con su mirada lo abraza, sosteniéndolo en la noche de sus días. Cuando se serena, lo besa, tranquila, como si el tiempo no tuviera fin. Durante los siguientes minutos ambos serán lo único importante para el otro.

Sin levantarse, alcanza unas tijeras guardadas en el cajón esa mañana. Mientras corta la bata de hospital evita tocarle la piel con el metal. Cuando la retira se hace visible el producto de meses de forzosa inmovilidad. Los músculos lucen blandos y pequeños. La piel muestra hematomas, victorias del mal que le recorre frente a los cuidados recibidos. Ella ignora las señales del deterioro, y lo acaricia con el mismo cariño que si hubiera estado en plenitud física. Las manos que él adoraba ver cocinar, pintar y señalar, lo exploran buscando despertar su memoria corporal. Llegan a través del brazo hasta un tubo encargado de anclarlo a esa realidad. Se lo quita despacio, evitando hacerle daño, antes de bajar para retirar también el pañal. Lo deja como hubiera venido al mundo, de haberlo hecho en un cuerpo sin futuro.

El turno cambia. Se va quitando las prendas con las que se presenta ante los demás, mientras la música de una danza mil veces repetida y nunca agotada resuena en su cabeza, para acabar como se mostró ante él hace casi una vida entera. Se coloca encima, aguantando su peso para evitar presionar los debilitados músculos, y se desliza haciendo que su suavidad lo estremezca. La escena le recuerda un aniversario cuando se embadurnaron los dos con aceite, pero a la vez está tan alejada como si aquélla hubiese sido una fantasía callada por vergüenza.

Los labios son ahora artífices y frontera. Él todavía puede notarlos en el cuello, en la barbilla, bajo el omóplato, aunque no pueda abrazarla con su antigua fuerza y unirlos en el ser único que forman. Ella, por su lado, se despide del lunar que le insistía que se protegiera en la piscina, memoriza la cicatriz que le dejó la valla cuando saltó borracho a recuperar su pañuelo, juega por última vez con los pezones que le avergonzaba ver marcados en sus camisetas. Lo que la enfermedad le ha quitado, ella intenta devolvérselo. Le toma la mano inerte y se acaricia con ella. Primero la cara, sosteniéndole la mirada, intentando reprimir la consabida ternura para regalarle algo más subido de tono. A continuación los senos, todavía firmes, cada uno con su nombre individual para no referirse a ellos con un distante «tú también». Se entretiene un momento jugando con los dedos en la honda depresión de mitad del vientre plano, antes de continuar hacia su sexo. Lo apoya en la mano, o la mano en él, no importa, pero la deja ahí para transmitirle su calor. Al agachar la mirada ve con sorpresa una pequeña reacción, incompleta, aunque suficiente para afirmar que aún queda vida en ese cuerpo. Alarga la mano y durante unos minutos recuerda las tardes de caricias mutuas, en la quietud del sofá, con libros abandonados esperando pacientes la vuelta de su momento.

La respiración le cambia, pero es distinta a los jadeos conocidos. Ella se coloca frente a frente, sin apartar su mano, permitiéndole ver mejor su cara, y le sonríe. Él abre apenas la boca. Busca aire. El momento se acerca. Los ojos se le humedecen. Crean pequeños arroyos. Ella no deja de sonreír. No hay palabras entre ellos. No las necesitan. El corazón busca el ritmo perdido. Late a destiempo intentando recuperar el compás. El pecho se agita falto del aire capaz de llenarlo. Con ambas manos coloca la de él contra su corazón. Intenta darle una pausada constancia para que la tome como suya. Su cuerpo, lejos de detenerse en silencio, lucha por mover el segundero un poco más, provocando un pequeño rebote cuando lo consigue. Los ojos dejan de enfocar. Se mueven hacia arriba al tiempo que su respiración no es capaz de completar un movimiento. El temblor se detiene. Una última exhalación

y descansa.

Ella aún intenta mantener la sonrisa. Emplea toda su voluntad en no borrarla por si acaso pudiera verla todavía. Con el acto de cerrarle los ojos, sin razón ya para contenerse, se suelta. Contrae la cara en un sollozo que le provoca temblores. Sus ojos lloran sobre ojos llorados. Ya no está. Su compañero, su contrapeso, es pasado. Se inclina sobre su cara, sin necesidad de aparentar entereza, y se despide con un largo beso.

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